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lunes, 4 de enero de 2010

Algunos discos recientes

La joven pianista germano-japonesa Alice Sara Ott ha grabado todos los Valses (19) de Chopin para Deutsche Grammophon (4778095). Puede que haya quien no le ve así, pero yo desde luego sí creo que quien interprete a plena satisfacción estas piezas, nada menores, es un gran pianista. Lo mismo pasaría, a mi modo de ver, con la serie de los Nocturnos, de las Baladas o de los Estudios del mismo compositor. Pues bien, éste el caso. Sí, porque es tanto lo que exigen estas páginas maestras que no puede ser que una gran interpretación la haga un pianista mediano, como sí podría ocurrir, a mi modo de ver, con obras de menor enjundia musical. Y prefiero no poner ejemplos... Pues bien, este segundo disco de Ott es una auténtica joya.

Magníficamente bien grabado, y con una sonoridad verdaderamente preciosa y de mil matices dinámicos y de color, Ott extrae de ellos multitud de cualidades escondidas en estas páginas (y que tantos pianistas no hallan...). Por ejemplo, en el Op. 18, que abre el disco (no van en orden cronológico), encontramos ya un perfecto equilibrio entre brillantez y poesía; lo mismo podría decirse del Op. 34/1. En el Op. 34/2 aflora la melancolía, expresada con una modélica elegancia. También sabe ser ligera, graciosa, casi pícara (Op. 34/3; Mi mayor KK IVa 15), sin ser banal o trivial, o brillante, vistosa y elocuente (Op. 42) y sin caer en lo pretencioso. Curiosamente, en el (mal) llamado “Vals del minuto” (Op. 64/1) no hace el tan apropiado, casi exigido, rubato al final; artificio que sí emplea, con delicadeza y contención, en el Op. 70/2. El maravilloso Op. 69/2 suena en sus dedos con pudorosa y elegante tristeza. El raramente tocado Vals KK IVb en La menor, sin número de opus, es convertido por ella en una pieza exquisita gracias a su excepcional delicadeza.

Mi versión favorita de la serie de los Valses sigue siendo la honda, musicalísima, de sonido increíblemente bello, de Claudio Arrau (Philips), pero ésta está entre entre las tres o cuatro mejores que recuerdo, por delante de grandes como Ashkenazy o Zimerman (no en CD, por cierto).

Janine Jansen ha grabado para Decca (4781530) los Conciertos para violín de Beethoven y Britten, curiosa combinación. Paavo Järvi dirige a la Deutsche Kammerphilharmonie en el primero, y a la London Symphony en el segundo. La versión del más genial de todos los Conciertos no me ha aportado nada especial en lo que se refiere a la parte solista (impecable, por otro lado), y la batuta simplemente no me ha gustado, con su sonoridad liviana, su aire también ligero y sus intentos de imitación de los instrumentos originales. Versión, pues, a olvidar (ahí está la larga lista de grandes interpretaciones discográficas, encabezadas para mí por –en orden cronológico– Menuhin/Furtwängler, Menuhin/Klemperer, Perlman/Giulini y Zukerman/Barenboim). Pero la de Britten es sencillamente colosal, al nivel de la que parecía insuperable: la de Vengerov y Rostropovich con la misma Orquesta (EMI 2003, con el Concierto para viola de Walton). ¿Dónde estará el secreto? En Beethoven, Paavo Järvi parece haber querido descubrir algo, sin lograrlo desde luego, pero en Britten, él y su violinista se han implicado y empeñado hasta las cejas en convencernos de que este Concierto es una obra maestra. Creo que lo han logrado, aunque no hayan sido los primeros, sino sólo los segundos.

¿Cómo es posible que la música compuesta por el gran director Igor Markevitch esté tan olvidada? No lo entiendo; ni siquiera su hijo, Oleg Caetani, buen director, parece haber hecho mucho por divulgarla. La grabación de las Obras orquestales completas, realizada hace pocos años por Marco Polo, y ahora reeditada por Naxos a un precio mucho más bajo, me está dejando bastante estupefacto. A quien no quiera emplearse a fondo con toda ella creo que le puede servir como botón de muestra el vol. 3 (8.572153), con el Concerto grosso (de 1928, ¡cuando tenía 16 años!), Cantique d’amour (1936) y L’envol d’Icare (1932), de la que Darius Milhaud dijo que constituía “un hito en la evolución de la música” y de la que Béla Bartók reconoció que había influido en su Música para cuerda, percusión y celesta. Nada más hay que decir, salvo que las versiones de Christopher Lyndon-Gee al frente de la Filarmónica de Arnhem creo que son francamente buenas.

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