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lunes, 7 de julio de 2014

Los dos conciertos de Barenboim con la Staatskapelle Berlin en Ibermúsica

 
El primero (sábado 5 de julio) fue un homenaje a Richard Strauss por el 150º aniversario de su nacimiento y constó de los que para mí son sus dos poemas sinfónicos más geniales: Don Quijote y Vida de héroe. La versión que hizo Barenboim del primero de ellos difiere considerablemente de la de su disco (Sinfónica de Chicago, Erato 1991), que era más bien dura, áspera y hasta cruel. La del otro día fue bastante más humanista; Don Quijote, personificado por uno de los dos cellos solistas de la Orquesta, el joven Claudius Popp, intensificó aquí por un lado su aspecto lunático, con momentos de exaltación visionaria, y por el otro una faceta más abiertamente idealista, noble y bondadosa, hasta tierna. Admirable Popp, que goza de un sonido pleno y hermoso y que muestra una intención, musicalidad y buen gusto dignos de elogio. Sancho Panza estuvo representado en la magnífica viola, con evidente sentido humorístico, de Felix Schwartz, solista también de la Staatskapelle, conjunto que –pese a algún fallo aislado– tuvo una actuación más que sobresaliente. La visión actual del argentino es más meditativa y menos ácida, si bien en la última batalla faltó para mi gusto un poco de crudeza. Muy, muy hermosa la reflexión final, cuando Don Quijote recobra la lucidez. Tras la muerte de éste, el broche final del clarinete fue de una ternura estremecedora.

He tenido la gran suerte de escucharle a Barenboim tres veces la Vida de héroe: con la Sinfónica de Chicago, con la Filarmónica de Viena (esa vez en Nueva York) y la del otro día. Esta última ha sido la que más me ha gustado, hasta el punto de poder afirmar que es la versión más bella y emocionante que recuerdo, sea en directo (también se la he escuchado a Karajan con Berlín y a Solti con París, entre otros) o en disco. Sin abusar del efectismo, el lirismo y la cantabilidad fueron envolventes y arrebatadores. “Los adversarios del héroe” fue particularmente incisivo (increíbles las maderas, cuyos diálogos se pudieron apreciar con una transparencia pasmosa). “La compañera del héroe” contó con el sensacional violín de Wolfram Brandl, que tuvo una actuación valiente, memorable en ese número, y no menos en el final. “El campo de batalla” culminó en un clímax de inmensa elocuencia, descargando la tremenda tensión acumulada. La interpretación llegó a su punto más alto en el último número, de tan difícil traducción (“Des Helden Weltflucht und Vollendung”: algo así como “Retiro del mundo y realización del héroe”), en el que la batuta dilató mucho el discurso hasta hacernos perder la noción del tiempo y expresando una suerte de transfiguración extática. Con una actuación memorable por su belleza sonora y su empaste, esta es seguramente la actuación más admirable que le haya escuchado en directo a la Staatskapelle Berlin; difícilmente se podía añorar a cualquier otra orquesta. (Es de justicia citar la maravillosa intervención del corno inglés en el último número, a cargo de la joven de Linares, Jaén, Cristina Gómez Godoy, procedente de la West-Eastern Divan Orchestra).




El segundo concierto (6 de julio) constó de otras dos obras que también terminan en piano o en pianissimo, y que igualmente dirigió Barenboim sin partitura (¡incluso la complejísima partitura de Elgar!). Tras varias Sinfonías “Inacabadas” de Schubert que no me habían terminado de convencer, por fin anoche se sacó Barenboim la espina con una interpretación que tocó verdaderamente fondo (tal vez se deba a su reciente estudio de todas las Sonatas para piano completadas de Schubert, que Deutsche Grammophon está a punto de publicar). Lo cierto es que, sin grandes aspavientos ni exceso alguno, hizo un primer movimiento muy dramático y doloroso y un segundo doliente, con un final de nuevo extático, en un difícil equilibrio entre la excelsa belleza melódica de la obra y su no menor hondura expresiva (esto es tan complicado de obtener que para mí se cuentan con los dedos de una mano las grabaciones que lo consiguen).

Hace poco he comentado en este blog la reciente grabación de Barenboim (para Decca) de la Segunda Sinfonía de Elgar con esta misma orquesta; pues bien, anoche volvió a obrar el milagro de planificar la gran partitura con un sentido lógico apabullante y de hallar en ella multitud de estados de ánimo, insistiendo desde luego en el carácter profundamente pesimista, depresivo, de la música. Las pequeñas diferencias con respecto al disco las vi, si acaso, en contrastes aún algo mayores: de lirismo y sensualidad por una parte (¡qué frases de los cellos!) y de violencia y dureza por otra (tremendo, escalofriante clímax del primer movimiento, trepidante agresividad de la percusión al final del trio en el scherzo). La orquesta, con las trompas en primer lugar, volvió a mostrar la formidable buena forma en que se encuentra.



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