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sábado, 6 de febrero de 2016

Eschenbach y Müller-Schott en Ibermúsica



El viernes 5 de febrero tuvo lugar en el Auditorio Nacional un concierto de Ibermúsica a cargo de la Orquesta Sinfónica Nacional de Washington D.C. dirigida por su titular, Christoph Eschenbach. El día anterior habían ofrecido otro (con Phaeton de Rouse, la Sinfonía "Inacabada" de Schubert y la Primera de Brahms) al que no pude asistir, así que comentaré solo el segundo de ellos. Tengo en gran aprecio a Eschenbach, que fue en sus comienzos un pianista notable y que en su madurez se ha revelado como un director de calibre mucho mayor. Ayer, sin embargo, me decepcionó un tanto. Por lo pronto, la Orquesta de Washington no está entre las grandes (¡qué descenso desde sus anteriores destinos como titular en las Orquestas de Filadelfia y París!); la cuerda es francamente buena, pero el viento (está visto que este grupo es más peliagudo, pues escasean las orquestas en las que es excepcional) no tanto, con palpables irregularidades. Ayer me gustaron mucho la concertino, el timbalero, la solista de oboe o el solista de trompa (no tanto el grupo), y me defraudó el flauta principal. El conjunto es brillante, pero no todos los músicos son precisamente muy finos. Creo que, a juzgar por el referido concierto, hay al menos tres decenas de conjuntos sinfónicos superiores.

Y ayer Eschenbach no acertó con la Obertura de Tannhäuser, sometida a cambios de tempo algo forzados y sin la debida elocuencia, fuego y grandeza, sobre todo en la algo apagada coda. El Concierto para violonchelo de Dvorák contó con el cellista alemán Daniel Müller-Schott, de musicalidad indudable, buena técnica y sonido noble pero no muy rico en su paleta. Su prestación fue, en mi opinión, notable, ya que no excpecional. Lo que me descolocó fue comprobar cómo se elevaba hasta la estratosfera en la propina que ofreció, la preciosa y emocionante Oración (creo que de From Jewish Life, 1924) de Ernest Bloch, tocada al parecer en memoria de la madre del cellista, recientemente fallecida. Pero en el Concierto de Dvorák Eschenbach tampoco estuvo muy centrado: volvió a tirar y a aflojar bastante, y no siempre con sutileza, en los tempi y, extrañamente, en los diálogos con el solista apenas moduló la dinámica: todos los acompañamientos sonaban en forte, nunca en otras dinámicas más moderadas, hasta ocultar en muchos momentos al cello: ¿en búsqueda a toda costa de la claridad? No, no es esa la solución. Se produjeron, además, no pocos desencuentros en los diálogos entre el cello y solistas orquestales.

Lo mejor fue, sin duda, el Cuarteto op. 25 de Brahms (para piano y cuerda) en la orquestación de Schoenberg. Aunque volvieron a producirse varios desajustes -parece que Eschenbach es más músico que director- el enfoque me pareció admirable, y el tercer movimiento fue sensacional, con la sección central, Animato, muy encrespada. En el final, Rondo alla zingarese, hizo todo lo posible por mostrar su parentesco con varias de las Danzas húngaras del hamburgués, e incluso con algunas Eslavas de Dvorák. Fenomenal, con la orquesta dando lo mejor de sí, la Danza de los comediantes de La novia vendida de Smetana ofrecida como propina... ¡a la una de la madrugada! (En el intermedio del concierto recibí una trista noticia: la de la muerte, ayer mismo, de Carlos Gómez Amat).

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