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jueves, 11 de febrero de 2016

Pappano dirigiendo Conciertos: cal y arena



Parece que las compañías discográficas comienzan a valorar en buena medida a Antonio Pappano, director que hasta no hace mucho grababa solo para EMI. Hace poco han salido un CD suyo del sello Decca y otro de DG. Lo cierto es que el maestro que ha alcanzado con toda justicia una alta reputación en el campo de la ópera no siempre es tan fiable en el sinfónico (y en particular en el concertante), como, entre otros ejemplos, muestran estos discos. En lo que a él respecta, en estos conciertos y obras para solista y orquesta queda bastante claro su acierto en Bartók y en Schumann, y su llamativo desacierto en Brahms. Sin que haya lugar a dudar de su solvencia, el compositor hamburgués le suena en el Concierto para violín bastante liviano, tanto por la sonoridad (la orquesta romana tampoco es ni de lejos la más idónea) como por una indudable falta de tensión, lo que se aprecia sobre todo en el primer movimiento. Janine Jansen, que es una violinista excepcional, dotada de una musicalidad fuera de lo común que la convierten en una de las mejores cameristas de nuestro tiempo, no está tampoco a su altura habitual, convenciendo mucho más por su lirismo que por su intensidad dramática. Diríase que mendelssohniza este gran Concierto, sin duda uno de los más exigentes del repertorio. Mucho más centrada está en el juvenil Concierto de Bartók -con un intenso lirismo y un precioso sonido que me recuerdan a Menuhin- donde puede afirmarse otro tanto de una batuta mucho más en su elemento, en el podio de una espléndida Sinfónica de Londres. Lo que me ha sorprendido es que las tomas de sonido de Decca, sobre todo la de la capital italiana (ésta en público), no son nada del otro mundo, algo poco excusable hoy.

En cambio, parece que a Pappano se hallase muy cómodo con Schumann (CD de DG), pues tanto el Concierto como, más aún, la Introducción y allegro appassionato op. 92 están dirigidos con entusiasmo, fluidez y un afecto lírico muy adecuados, sin buscar una especial trascendencia o seriedad prebrahmsiana (características que, bien enfocadas, pueden resultar también muy apropiadas en estas obras). La Introducción y allegro de concierto op. 134, con razón mucho menos frecuentada, parece no despertar especial interés en sus intérpretes. Mención especial merece el pianista canadiense de padres polacos Jan Lisiecki (n. 1995), sin duda un joven de extraordinario talento, dotado de un mecanismo impecable, de un precioso sonido (no especialmente recortado o percutivo, algo tan frecuente en los jóvenes, sino más robusto y aterciopelado) y de una musicalidad sobresaliente. Su Schumann, nada pretencioso, persigue no tanto la hondura como la belleza, sensualidad y vitalidad, resultando muy natural en su estrecha sintonía con la batuta. Lo que me ha gustado menos es la propinilla: Ensueño, de las Escenas de niños, algo banal, apenas poética. La verdad, esta breve pieza sobraba en el disco.

Las recomendaciones más obvias para todas estas obras siguen siendo las mismas: para Brahms Oistrakh/Klemperer (EMI 1961), Szeryng/Haitink (Philips 1974), Perlman con Giulini (1977) y Barenboim (EMI 1992), Mutter/Karajan (DG 1982)... Para Bartók, sobre todo Chung/Solti (Decca 1984) y Midori/Mehta (Sony 1990), y para el Concierto de Schumann, Arrau con Dohnányi (1963) y Colin Davis (Philips 1981), Zimerman/Karajan (DG 1982) y Barenboim/Celibidache (1991, EMI y DVD EuroArts).

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