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domingo, 26 de febrero de 2017

El segundo concierto para Ibermúsica de Salonen, con Aimard y la Philharmonia



Beethoven

Es siempre un gran placer escuchar a una Orquesta como la Philharmonia londinense; tras disfrutarla anoche (¡a las 22,30!) yo diría que vuelve a ser mi favorita de las británicas. Carece de fisuras y mantiene, o recupera en parte, la personalidad sonora que le caracterizó en su edad de oro -Klemperer, Muti, Sinopoli-, una para mí muy atractiva sonoridad acerada, incisiva y algo cortante. Ayer se prodigaron sus primeros atriles en intervenciones realmente magistrales, desde el veterano oboe Gordon Hunt al jovencísimo -magnífico- flauta anónimo, principales representantes de un grupo de viento madera extraordinario, desde el concertino Zsolt Tihamér Visontay a la principal cellista, Karen Stephenson, la primera viola Yukiko Ogura o el grupo de trompas liderado ayer por otra mujer, Kira Doherty. Formidable, compacto, flexible, admirable desde cualquier ángulo el grupo de los arcos, con unos poderosos y profundos contrabajos. En fin, creo que la Philharmonia se halla entre las diez mejores orquestas europeas (mientras el Reino Unido siga formando parte de Europa...)

Esa-Pekka Salonen, quien pese a sus 58 años sigue manteniendo un aspecto juvenil, es un maestro dominador, de técnica extraordinaria, si bien no deja de ser un intérprete algo desigual. Ayer no me pareció más que muy correcto y competente en el Concierto "Emperador", pero no desde luego un beethoveniano de raza, como suele decirse. A la sonoridad orquestal le faltó cuerpo y rotundidad, así como algo de energía y de fuego a su expresión. Pero (casi) todo estuvo en su sitio, y desmenuzado con notable claridad. Los timbales fueron arcaicos, muy secos, lo que puede no estar mal, pero solieron sonar en exceso y empastar mal con el resto. También eran antiguas las trompetas, que apenas pudieron percibirse en el primer movimiento, si bien estuvieron bien presentes en el tercero. Esta práctica de unos pocos instrumentos originales enmedio de un conjunto de instrumentos modernos me parece, como poco, discutible. Aunque admito que, si los timbales no me hubieran incordiado un poco, en la práctica habría tenido poco que objetar. Me llamó la atención lo francamente bien que estuvo Pierre-Laurent Aimard, experto en el barroco y, sobre todo, en la música del siglo XX, con preferencia por la segunda mitad. No poseyó toda la fuerza debida, se dejó llevar en algún momento (poco, por suerte) por el virtuosismo algo vacuo, y tampoco resolvió siempre con las debidas fluidez y lógica algunos enlaces en las transiciones entre frases. Pero cantó y rubateó las melodías la mar de bien, y, por supuesto, tocó con gran limpieza -no exenta de algún disculpable fallo-. Me esperaba una cierta frialdad que le he achacado en otras ocasiones, pero esta vez no fue así. Tocó de propina dos brevísimas piezas de, al parecer, György Kurtág: la segunda me pareció una auténtica maravilla (anunció "dos miniaturas entre estos dos monumentos", pero no citó al autor...)

...y Richard Strauss
 
El segundo monumento fue nada menos que el impresionante y grandioso poema sinfónico straussiano Así habló Zaratustra, que, también un poco en contra de lo que me esperaba (no me parecía que Strauss fuese uno de los compositores más adecuados al temperamento del director finlandés), me gustó muchísimo. Fue una versión dura, tremenda, poderosísima y algo áspera que me recordó inevitablemente a la sensacional grabación (RCA 1983) de Georges Prêtre con esta misma orquesta (y que no he conocido hasta hace poco, gracias al soplo de un lector). La introducción, misteriosa, inquietante y luego descomunal en su poderío y fuerza telúrica, fue la mejor que he escuchado en mi vida en directo, con unos timbales sañudos en el debido (aunque pocos directores lo hacen) crescendo y rallentando, y un órgano poderoso -nada canijo, como en otras ocasiones- y francamente bien empastado con la orquesta; a lo largo de todas sus intervenciones se le pudo percibir con claridad, lo que se agradece mucho. Más que perderse en delicuescencias sonoras, Salonen fue muy dramático, desasosegante y de intensidad expresiva imponente, con clímax de una fuerza abrumadora. Solo algún reparo: en "De las alegrías y las pasiones" se precipitó para mi gusto un poco, y que las dos tubas sonaron a veces en exceso. En la "Canción de la danza" el primer violín -y las réplicas del segundo- rozaron intencionandamente la caricatura, como la de la "Entrada y danza del sastre" de El burgués gentilhombre.

El concierto, sin propina orquestal, terminó casi a las doce y veinticinco, y eso que, debido a la hora de comienzo de la sesión, se había suprimido -¡lástima, pese a todo!- el Konzertstück para 4 trompas de Schumann, que dura más de veinte minutos: obra que es raro y difícil escuchar en público. En una doble hojita inserta en el programa se anunciaba que en la temporada 2017-18 ¡todos los conciertos comenzarán a las 19,30, ninguno más a las poco civilizadas 22,30! Pero no era ese el anuncio más trascendente: las temporadas de Ibermúsica y Juventudes Musicales se fusionan en una sola. ¿Qué pasará, cómo darán acomodo a los abonados de uno y otro ciclo? Ya se verá...

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