Gabriel Fauré
Hace unos días, en un
concierto que Barenboim hizo en Berlín con la Orquesta de la Academia de la Staatskapelle se dirigió al público para decir que se encontraba mucho mejor. Ayer, al salir
a dirigir en la Philharmonie a la Filarmónica berlinesa, se le vio caminar más
seguro y, de hecho, dirigió en pie, y Franck, sin partitura. El público lo
recibió con un especial calor; ojalá se afiance su mejoría.
Me parece que Pelléas
et Mélisande de Fauré lo hacía por primera vez. Enseguida, nada más
comenzar el Preludio, se vio que aquella intepretación iba a ser algo
muy especial: de belleza extrema y espiritualidad como nunca hubiera escuchado.
Se trata, en mi opinión, de la composición orquestal más hermosa y sentida de su
autor. Pero yo no me imaginaba hasta qué punto puede ser una obra tan maravillosa. Predominó una serenidad de última madurez, que solo en la Muerte de Mélisande
se erizó en intenso dramatismo. Ayer mismo, antes del concierto, repasé la
notable grabación de Michel Plasson con la Orquesta del Capitolio de Toulouse
(EMI 1982) y la distancia, la verdad, es francamente grande (he aquí las
duraciones de Plasson y Barenboim: Preludio, La hilandera, Siciliana, Muerte
de Mélisande: 5’12”+2’58”+3’07”+4’40” y 6’00”+2’55”+4’08”+4’35”).
Sin Wagner, pero con un Mozart de repuesto
La primera parte del
concierto constaba también de los Wesendonck-Lieder de Wagner con Elina
Garanca: una lástima que razones legales impidieran su transmisión (según
parece, DG se opuso por haberlos grabado hace poco con la misma mezzosoprano
bajo la batuta de Thielemann). Así que, como el concierto se daba en
directo, Digital Concert Hall optó por rellenar el tiempo con la emisión del Concierto
No. 13, K 415, que Barenboim tocó y dirigió con la Filarmónica de Berlín el
1º de mayo de 1997 en Versalles y que está editado en blu-ray. Versión de la que,
como ya he contado alguna vez, Ángel Fernando Mayo me dijo que era “la mejor
interpretación que había conocido nunca de cualquier concierto para piano de
Mozart”.
César Franck
Conozco dos Sinfonías
de Franck por Barenboim: la que hizo para DG con la Orquesta de París en 1976 y
la que se divulgó en vídeo de agosto de 2021 con la Orquesta del Diván en Salzburgo.
Ninguna de ambas está a la altura de lo que se podría esperar de él (pues su Cazador
maldito y otras composiciones de Franck son modélicas). Pero el Barenboim
octogenario, a partir de su grave enfermedad neurológica, es -por lo que he conseguido
escucharle- el mejor Barenboim de toda su carrera. La Sinfonía en Re menor
de César Franck siempre me ha parecido una de las más admirables del repertorio. Pero
nunca ha sido tan bella, espiritual y emotiva como la de ayer. De una enorme calma (en el tempo
y en el carácter), se desenvolvió con una lógica y una fluidez desconocidas,
mostrando recovecos inesperados gracias a una clarificación máxima de las voces instrumentales, a una naturalidad
en las transiciones realmente insólita. Envuelta a menudo de una dorada luz
crepuscular, transcurrió mayormente en p o pp sin el menor
rebuscamiento o blandenguería. La extática sección del finale poco antes
de coda, con el arpa sobrevolando, fue inolvidable, como la escarpada
conclusión, de significado diría que particularmente ambiguo. Maravillosa tanto la
orquesta como sus solistas, que mostraron especialísima atención y
concentración. Creo que sabían que estaban asistiendo y participando en una
sesión memorable. Tras Franck, los aplausos de un público enfervorizado duraron ocho minutos.
(Duraciones de mi
grabación favorita hasta ahora, la de Giulini con la misma Orquesta, DG
1987, y la de ayer: 20’23”+11’56”+12’14” y 21’22”+12’55”+12’50”).