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martes, 8 de abril de 2025

El formidable "Ocaso de los dioses" de los Proms 2013

 

Otra imponente sesión operística recuperada

 

Daniel Barenboim dirigió en los Proms londinenses de 2013 El anillo del nibelungo completo, en cuatro sesiones, naturalmente, y esta vez con la Staatskapelle Berlin y el Coro del Covent Garden.

El elenco de la última jornada (el 28 de julio) -la única de la que, de momento, tengo constancia- fue tan extraordinario como el que sigue:

Las Nornas: Margarita Nekrasova, Waltraud Meier, Anna Samuil

Brunilda: Nina Stemme

Sigfrido: Andreas Schager

Hagen: Mikhail Petrenko

Gunther: Gerd Grochowski

Gutrune: Anna Samuil

Waltraute: Waltraud Meier

Alberich: Johannes Martin Kränzle

Las Hijas del Rin: Aga Mikolaj, Maria Gortsevskaya, Anna Lapkovskaya

Con un sonido bastante apreciable, la interpretación (en versión de concierto, por supuesto) transcurrió en silencio expectante y culminó en cada acto con tremendo éxito, con abrumador entusiasmo. No fue para menos. La batuta dio de sí todo lo -muchísimo- esperado, y, de hallarse en condiciones de sonido comparables a los blu-rays de Bayreuth y La Scala, esta sería en mi opinión su versión del Ocaso más puntera, por varias razones de bastante peso: en primer lugar la actuación memorable de la que para algunos ha sido durante al menos esos años “la mejor orquesta wagneriana del mundo” (pese a que algún beckmesser de turno señale con la tiza en la pizarra un ostentoso fallo en una trompa y, después, en una trompeta). Formidable el Coro del primer coliseo londinense. Por lo que respecta a Barenboim, no deja de asombrar un instante su conocimiento, su control, su fuego, su sentido dramático y trágico… ¡absolutamente sensacional! Desde Solti no se había escuchado nada parecido.

Y en segundo y tercer lugar: la Brunilda soñada y el Sigfrido soñado. Una y otro tuvieron una velada memorable, de musicalidad, de entrega, de expresividad, de canto magistral… poseyendo ambos unas voces ideales para sus papeles. Quizá lo más asombroso fue que no mostraron cansancio, que no se reservaron lo más mínimo en ningún momento. Si la soprano sueca ya era para ese momento bien conocida (y yo ya había escrito que es mi Brunilda favorita de toda la era discográfica), el tenor austríaco fue entonces una sorpresa monumental: en una parte tan dura y agotadora (o más) que la de Brunilda, Schager deslumbró de principio a fin a los asistentes, a la crítica y, hoy, a quienes hemos podido escucharle en esa actuación. Hacía mucho tiempo que no se conocía una voz tan extraordinaria para Sigfrido, acompañada de todas las cualidades requeridas (el otro Sigfrido de aquellos años, Lance Ryan, no le llega a la suela del zapato).  

Mikhail Petrenko mostró una voz tronante… que había perdido (¿?) algo de color de bajo; aun así, mete miedo. Gerd Grochowsky siempre me ha gustado mucho; aquí la voz le sonó algo más tremolante que de costumbre. Johannes Martin Kränzle ha sido y es mi Alberich predilecto: magnífico y creíble intérprete sin recurrir a exageraciones trasnochadas. Más que bien (creo que un poquito mejor que en La Scala) Anna Samuil como Gutrune y terera Norna, y ya no en su mayor esplendor vocal pero sabiéndoselas todas la Meier como Waltraute y segunda Norna. Tanto las Nornas como las Hijas del Rin (estas las mismas que en Milán) fueron de auténtico lujo. ¡Esta versión no está publicada, mientras hay tantas otras tan innecesarias y fallidas…!

 

viernes, 2 de junio de 2023

Los cantantes de hace algún tiempo y de hoy

 

En la entrada anterior, Observador se pronunciaba sobre el estado actual de directores, instrumentistas y cantantes. Me gustaría, por mi parte, dar mi opinión sobre estos últimos en relación con etapas anteriores.  

En lo que se refiere a los cantantes, tengo la impresión de que Observador le otorga la mayor importancia a la calidad de la voz -y a su cantidad, o volumen- que al canto propiamente dicho (técnica, línea, legato, etc.) y que a la interpretación (expresión del carácter de los personajes, atención a lo que dice el texto, etc.).

De entrada, yo diría que Franco Corelli -dotado de una voz formidable, tan bella como brillante- que en principio puede parecer muy apasionado, lo que hacía era sobreactuar mucho, exagerando casi siempre un temperamento que a otros nos suena postizo. Mario del Monaco poseía una magnífica voz de gran potencia, pero no era ni muy buen cantante ni muy buen intérprete, en general. De Giuseppe di Stefano solo se pueden salvar los primeros años; pronto arruinó su voz y cantó francamente regular, y hasta mal. Creo que Franco Bonisolli (por lo poco que le he escuchado) no merece estar en esa lista. Y en cuanto a Luciano Pavarotti, más de lo mismo: timbre privilegiado, técnica deficiente, interpretaciones y estlos poco diferenciados. A Ettore Bastianini le ocurría algo similar a su tantas veces compañero discográfico Del Monaco.

Sin embargo, después de todos estos famosos hemos contado y contamos con otros cantantes muy completos en todos los aspectos: la más inteligente soprano-mezzo wagneriana desde que hay memoria, Waltraud Meier, la mejor Brunilda desde que hay discos, Nina Stemme (más creíble y expresiva que Kirsten Flagstad, de voz excelsa, y mejor cantante e intérprete que la poderosísima Birgit Nilsson), al mejor Tristán y Sigfrido desde hace décadas, Andreas Schager (tan buen cantante como Wolfgang Windgassen o Siegfried Jerusalem, pero más propiamente dramático o heroico). En cuanto a mezzos y contraltos wagnerianas, ¿las ha habido antes mejores que Hanna Schwarz, Anna Larsson o Ekaterina Gubanova? Y no son los únicos ejemplos…

¿Y los Wotan? Falk Struckmann o Michael Volle no poseen una voz tan extraordinaria como la de George London, pero en los demás aspectos tienen poco que envidiarle. Para Alberich, Telramund o Klingsor, me parece que Günter von Kannen y Johannes-Martin Kränzle son mejores cantantes y no sobreactúan como Gustav Neidlinger; lo mismo diría los Mimes y compañía de los últimos tiempos -Graham Clark, Peter Bronder, Wolfgang Ablinger-Sperrhacke, entre otros- son mucho más equilibrados que sus antecesores -salvo, quizá, Gerhard Stolze- como los bastante insufribles Paul Kuen, Erwin Wohlfahrt y compañía.

Por no hablar de los bajos: en la supuesta “edad de oro del canto wagneriano” había que soportar a Ludwig Weber o a Josef Greindl. Poco después hizo su aparición otro claramente superior, Gottlob Frick, al que siguieron magníficos continuadores como Martti Talvela, Kurt Moll, Matti Salminen, hasta llegar a René Pape.

En otros terrenos: ¿a quién tiene que envidiar hoy la mezzo dramática Anita Rachvelishvili, a qué anteriores cantantes rossinianos Juan Diego Flórez, Javier Camarena o Joyce DiDonato, etc.? No hay más que escuchar antes a los “insignes” Luigi Alva, Nicola Monti o Giulietta Simionato, hoy intragables en Rossini.  

Y en cuanto a sopranos líricas y lírico-ligeras, el plantel actual es soberbio: Lisette Oropesa, Nadine Sierra, Diana Damrau, Olga Peretyatko, Aida Garifullina o Pretty Yende. Menos o nada ligeras: Anna Netrebko, Anja Harteros, Ermonela Jaho, Sonja Yoncheva… No creo que en ningún otro momento haya habido un grupo de sopranos esta calidad. Para terminar, hay que mencionar a Jonas Kaufmann como quizá el único tenor alemán que ha conseguido ser también universalmente respetado en los repertorios francés e italiano.


martes, 28 de abril de 2020

Gran "Elektra" en el Met; Schumann memorable


“Elektra” de Strauss en el Met con Stemme, Pieczonka, Meier y Owens, Salonen y Chéreau

La misma producción de esta representación de abril de 2016 en el Met neoyorkino había sido vista en el DVD/Blu-ray del sello BelAir, que recoge una función del Festival de Aix-en-Provence de julio de 2013. Una memorable produción de Patrice Chéreau, de escenografía sencilla y geométrica, cuya iluminación es crucial para su resultado y en la que la actuación y la interacción de los personajes constituye un acierto excepcional. Aquella función de Aix la comenté ya el 8 de octubre de 2016 y comparte con esta del Met la batuta de Esa-Pekka Salonen y dos de las cantantes protagonistas: Adrianne Pieczonka como Crisotemis y Waltraud Meier como Clitemnestra. Puedo repetir lo que dije de ellas entonces: “la notable soprano dramática Adrianne Pieczonka, de voz timbradísima, lidia con bastante éxito con su tremenda parte, más corta pero no mucho menos terriblemente difícil que la de Electra. Waltraud Meier, en un estado vocal sorprendentemente bueno a sus 57 años [ahora 60] -¡menuda técnica la suya!-, se aparta por completo de las Clitemnestras viejas zorronas (perdón por la expresión) sobreactuadas (que a veces son formidables, como Astrid Varnay con Karl Böhm), revelando un personaje mucho más complejo e interesante, creo que más creíble ya que también muestra palpablemente su vulnerabilidad, según el magnífico texto de Hofmannsthal para su largo monólogo/dúo con Electra”. 

Pero la gran baza de esta versión es, para mí, la de la mayor cantante/intérprete del papel titular que haya escuchado hasta la fecha: Nina Stemme en una actuación sencillamente asombrosa. No solo su voz dramática es tan bella como potente, sino que canta con su apabullante técnica que le permite, aparte de sus restallantes agudos, de pasmosa seguridad, hacer gala de una increíble maleabilidad y apianar como ninguna intérprete de este temible papel que yo recuerde. Solo por ella ya merecería la pena conocer esta versión. En su breve intervención, Burkhard Ulrich muestra una idónea voz para Egisto, la de un tenor aún lírico pero con un cierto squillo que quizá anuncia un futuro dramático. En cuanto a Eric Owens, Orestes, el barítono-bajo de color posee una materia prima sólida y redonda, pero acusa ciertas limitaciones, distando de alcanzar la capacidad canora y los matices expresivos de Fischer-Dieskau (Böhm) o René Pape (Gatti). 

La dirección de Esa-Pekka Salonen me ha vuelto a desconcertar algo: “a veces carente de toda la debida fuerza, otras se pasa un poco en contundencia, sonando efectista. Pero siempre o casi siempre me produce la impresión de no estar muy familiarizado con Strauss”. Notable la Orquesta del Metropolitan, que, en todo caso, como es natural, no hace olvidar a las grandes formaciones germánicas, de sonido más apropiado. Esta relativa carencia no carece de importancia, pues como es bien sabido la dificilísima parte orquestal de esta ópera es determinante. En todo caso, y pese a sus ciertas debilidades, es un pena que esta versión no esté comercializada, para poder disfrutar de la intérprete prácticamente ideal del rol de Elektra. En mi opinión, ni Inge Borkh, ni Astrid Varnay, Birgit Nilsson, Leonie Rysanek, Eva Marton, Deborah Polaski, Alessandra Marc, Evelyn Herlitzius o Irene Theorin (¡ahí es nada!) la alcanzan.

Nota a pie de página: antológico Schumann
El 24 de este mes de abril Deutsche Grammophon, en colaboración con Medici TV, retransmitieron en abierto, gratis, desde la Sala Pierre Boulez de Berlín sin público, la quinta (y parece que última) actuación de ese músico incansable que es Daniel Barenboim (tras unas gloriosas Variaciones Diabelli, un programa Chopin y dos sesiones de Sonatas para violín y piano de Mozart). Ese día tocó magistralmente dos piezas de las Piezas fantásticas op. 12 y el Quinteto para piano y cuerda, cumbre de la música camerística de Schumann. Para este contó con el Cuarteto de cuerda de la Staatskapelle (de Berlín), ofreciendo la interpretación más bella, más honda y trabajada hasta en los menores detalles que he escuchado hasta hoy. Los componentes del Cuarteto -Wolfram Brandl y Krzysztof Specjal, violines, Yulia Deyneka, viola, y Claudius Popp, cello- estuvieron al nivel del pianista, con actuaciones de enjundia musical asombrosa. No exagero: parece difícil que músicos pertenecientes a una orquesta puedan llegar más lejos. Fue una velada inolvidable que debería ver la luz como DVD/Blu-ray, pues no se ha escuchado nada igual. A ver si DG cae en la cuenta de que, juntas estas actuaciones, sería un documento videográfico interesantísimo al que podría llamar: “Conciertos desde el confinamiento” o algo así. Porque fue filmado con gran acierto, y registrado con un sonido que tampoco exagero si lo califico con un 10.

sábado, 21 de diciembre de 2019

Dos retransmisiones de Richard Strauss


Cuatro Últimos Lieder en Frankfurt

Procedente de una función del 7 de septiembre del año pasado, la propia Radio de Frankfurt ha difundido recientemente una admirable interpretación de los Vier letzte Lieder de Richard Strauss, a cargo de Anja Harteros y la Orquesta Sinfónica de esa Radio (HR Sinfonieorchester) dirigida por su titular, el colombiano Andrés Orozco Estrada (Medellín, 1977), una de las más destacadas batutas de su generación. Ocupa el mismo cargo en la Sinfónica de Houston, y desde 2021 lo hará en la Orquesta Sinfónica de Viena.

Aunque estas excelsas Canciones de Strauss han sido incorporadas por voces tan diferentes como Lucia Popp, Barbara Hendricks o Diana Damrau entre las lírico-ligeras o Kirsten Flagstad, Jessye Norman, Deborah Voigt o Jane Eaglen entre las más dramáticas, creo que la voz ideal para hacerles justicia es la de una soprano lírica ancha. No solo la pertenencia a esta tipología vocal, sino, más decisivo, otras cualidades hacen de Anja Harteros (Alemania, 1972) una voz y una cantante ideal para ellas. Cuando en 2014 las filmó con Thielemann (DVD/Blu-ray C Major) dejó bien patente esa idoneidad; cuatro años después, lo hace más evidente aún, en parte también debido a una batuta más inspirada que la del berlinés director de la Staatskapelle de Dresde. La voz, hermosa, timbrada, amplia, suntuosa, sumado a una técnica admirable que le permite un legato de altos vuelos y un arte del que siempre (de cuanto le conozco) hace gala, todo ello convierten su interpretación -tan atenta a la sensualidad como a la espiritualidad- en una auténtica maravilla. Si no a la altura de la cantante, Orozco estuvo no lejos y siempre muy atenta y atinadamente a su servicio. Las dos últimas canciones brillaron a un nivel formidable; en la penúltima es justo destacar la magnífica intervención del violín solista, una de las mejores que recuerdo.

…y La mujer sin sombra en Viena

Para las funciones de Die Frau ohne Schatten de Strauss y Hofmannsthal, una de las óperas más exigentes del repertorio, la Staatsoper de Viena ha reunido este año un elenco repleto de grandes cantantes, con algunos cambios según las funciones. La retransmitida por alguna cadena (sin mosca) tenía un buen número de aciertos plenos: Andreas Schager (Emperador), Camilla Nylund (Emperatriz), Nina Stemme (la Mujer de Barak) y el Mensajero de Clemens Unterreiner. Barak, a cargo de Tomasz Konieczny, y la Nodriza, de Mihoko Fujimura, parece muy plausible que fueran superados por Wolfgang Koch y Evelyn Herlitzius, respectivamente. Sin embargo, seguro que se salió ganando mucho al contarse con Schager en lugar de Stephen Gould, que en la filmación de Thielemann (Opus Arte 2011) deja mucho que desear.

Schager (Austria, 1971), tenor bastante dramático de timbre no especialmente grato pero muy buen cantante y siempre entregado, es un rarísimo caso de resistencia, pues en todo lo escuchado (y en lo oído y leído) se comprueba que aguanta sin decaer los papeles más largos y exigentes, Siegfried y Tristan incluidos. Aquí no ha sido menos: ¡impresionante! En cuanto a la finlandesa Camilla Nylund (n. 1968), cada vez que la escucho la encuentro mejor y me gusta más: una dramática de agudos perfectamente emitidos y sostenidos, lo que no es la mayor de sus cualidades. Por suerte, lo que ocasionalmente me había parecido un declive vocal de la grandísima Nina Stemme no parece tal: en esta función estuvo sensacional; solo creo que el bello esmalte de su voz empieza a volverse un pelín mate. Se habla mucho de Electra como del papel más dramático de la ópera alemana, tanto o más que el de Brunilda; pues bien, yo creo que lo es más aún este de la Mujer de Barak (curioso que el libretista no quisiera ponerle nombre…) En cuanto al joven barítono Unterreiner, muestra una solidez y una seguridad que llaman la atención.

En el lado menos positivo, Konieczny sigue pareciéndome una rocosa voz de barítono-bajo tan poco maleable o flexible como la materia prima de la roca e igualmente fría e inexpresiva. En cuanto a la notable Fujimura, creo que ha entrado en la senda de algunas otras mezzos dramáticas un poco mayores (53 años): aunque conserva un firme registro agudo, el centro y el grave se le han destimbrado.

Thielemann sigue sin convencerme por entero: aunque hay muchos pasajes realmente logrados -Strauss es el compositor en el que mejor suele desempeñarse- hay otros ligeramente banales, además de excederse claramente en decibelios aquí y allá, en busca del efectismo puro y duro. Espléndido el Coro y magnífica la Orquesta. Lo que me ha gustado mucho es la escena a cargo de un para mí desconocido Vincent Huguet, mucho más sensata, acertada y sugerente que la anterior de Thielemann en Viena: la del irregular Christof Loy.