Las opiniones de Brendel y Rosen
Con motivo de la publicación
de un libro sobre el pianista canadiense Glenn Gould (Toronto, 1932-1982)
escrito por el conocido realizador de documentales sobre músicos Bruno
Monsaingeon (No, no soy en absoluto
excéntrico, edit. Acantilado, 2017), Luis Gago escribía el pasado sábado
día 4 en "Babelia", de El País,
un interesante artículo en el que traía a colación dos interesantes citas de
dos grandes pianistas que han sido a la vez agudos comentaristas musicales. La
primera es de Alfred Brendel, quien afirmaba: "Glenn Gould no estaba
interesado en descifrar una obra desde dentro, sino que lo que quería era, de
la forma más inesperada posible, iluminarla desde fuera. Llegó hasta el extremo
de dificultar la comprensión de un compositor, y maltratarlo, a fin de ser
original a toda costa [...] Gould era para mí un clásico ejemplo de lo que no
debería ser un intérprete; como excéntrico que era, parecía decidido a oponerse
a los deseos del compositor o a ir en contra del carácter de la pieza".
Palabras con las que estoy plenamente de acuerdo.
La segunda cita, de Charles
Rosen (autor de, entre otros libros, del magnífico análisis Las 32 Sonatas de Beethoven) era mucho
más benévola: "Muchas de las interpretaciones de Gould fueron acertadas y
sublimes, otras fueron equivocadas, y ambas interesantes y estimulantes,
mientras que algunas otras fueron equivocadas y sencillamente espantosas; me
gusta pensar que fueron solo la primera y la segunda de estas categorías las
que le dieron su celebridad". Con todo mi respeto a Rosen, no conozco
ninguna interpretación sublime del pianista
canadiense: algunas pueden gustarme bastante o mucho, pero creo que nunca ha
llegado a entusiasmarme. En cuanto a las equivocadas
pero interesantes, sí que me parece
que las hay, pero, por desgracia, abundan las espantosas, hasta el punto de que quizá a ningún otro pianista importante
le he escuchado algo tan atroz. Entre ellas tengo que citar en primer lugar las
tres últimas Sonatas de Beethoven,
que encabezan para mí todos los rankings
de perversión.
¿Por qué Gould es tan famoso
y tan apreciado por muchos melómanos? Si lo fuera solo por sus mayores aciertos
no me extrañaría demasiado -aunque siempre hay, para mí, otros pianistas mucho
más lúcidos y destacados-, pero es que hay no pocos para los que todo -o casi,
casi todo- lo grabado por Gould les parece excelso. Y es que creo que, una vez
más, es más rentable para alcanzar el máximo aprecio por parte de algunos el
ser raro, extravagante, excéntrico (¡claro que Gould lo es!), no solo tocando,
sino comportándose de ese modo, además de tener un repertorio no muy amplio -lo
que parece también indispensable-. Condiciones necesarias para que ciertos esnobs
y pedantes te consideren lo más de lo más.
Fue el caso del director Carlos Kleiber y es, entre otros, el caso del pianista
Grigory Sokolov. Ambos músicos son muy grandes, sin duda, pero de ningún modo
los más grandes en su especialidad en sus respectivos momentos. Para esos
esnobs y esos pedantes un artista normal, de comportamiento más o menos normal y
que han sido o son enormes en un repertorio extensísimo no tiene especial
valor. Por eso mismo un Claudio Arrau, un Arturo Rubinstein, un Leonard Bernstein o un Daniel
Barenboim no les impresionan especialmente. Así, además, se distinguen, se
separan, de la plebe: ellos son especiales.