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lunes, 10 de marzo de 2014

Las grabaciones de la obertura de “El sueño de una noche de verano” de Mendelssohn

 

Compuesta en 1826, a los 17 años de edad, 16 años antes que el resto de la música incidental para la comedia de Shakespeare, la Obertura de El sueño de una noche de verano de Felix Mendelssohn-Bartholdy es una página sublime de la que se ha señalado, y con razón, que ni Mozart ni Schubert habían compuesto a esa edad música alguna tan maravillosa: bella, inspirada, original, magníficamente bien estructurada. Es una de esas obras sencillamente inexplicables. El resto de la música para esa comedia, cuya interpretación requiere soprano, mezzosoprano, coro y orquesta, aun conteniendo páginas muy logradas, como el scherzo, el nocturno o la marcha nupcial, no se acercan a la genialidad de la obertura, que es una pieza irrepetible. En toda su extensa obra, pocas veces Mendelssohn vuelve a alcanzar esas elevadísimas cotas. Entre sus oberturas, la única que se le acerca es la titulada Las Hébridas o La gruta del Fingal, de 1830.

Existen bastantes grabaciones de la obertura dentro de la música incidental más o menos completa, un número aún mayor dentro de una breve suite, y muy numerosas de la pieza aislada. La más antigua es quizá una de Wilhelm Furtwängler con la Orquesta Filarmónica de Berlín que se remonta a 1929; de 1942 es la primera de las grabadas por Arturo Toscanini, con la Orquesta de Filadelfia, dentro de la obra casi completa, cinco años anterior a otra con la Sinfónica NBC. Polémicas sobre la valía de Toscanini aparte, lo que el famoso director italiano realizó en 1942 es una lectura rápida, atropellada a veces, mecánica (con imprecisiones rítmicas, falta de claridad y de otras supuestas virtudes del maestro). La sensibilidad y la ternura brillan por su ausencia, y lo marcial se vuelve vulgar. La orquesta no es muy fina, y las trompetas muy chillonas.

Los años cincuenta del pasado siglo aportan no menos de cuatro importantes versiones: la de Ferenc Fricsay con la Orquesta Filarmónica de Berlín (DG), de justa fama pese a su mal sonido, la de Eduard van Beinum con la Orquesta del Concertgebouw de Amsterdam (Decca), la de Rafael Kubelik con la Orquesta Philharmonia de Londres (EMI), decepcionante tratándose de quien se trata, y la de Peter Maag con la Orquesta Sinfónica de Londres (Decca 1957), la primera estereofónica y la mejor hasta ese momento (dentro, como la de Fricsay, de la obra completa).

En 1961 y publicada por EMI llega la interpretación probablemente más bella de las que todavía hoy existen: la de Otto Klemperer con la Orquesta Philharmonia londinense, dentro de la música incidental. Contra muchos pronósticos, el objetivo y austero Klemperer ha dado en Mendelssohn lo mejor de sí, rompiendo o al menos superando esos tópicos. Su obertura de El sueño de una noche de verano no sólo es de una transparencia y riqueza tímbrica asombrosas, de un rigor y acierto estilístico inatacables, sino que además es de una poesía pura y elevadísima; al final, la reapareción del tema lírico en los violines es de una belleza y emoción indescriptibles. Asombrosa, por otra parte, la actuación de la Filarmonía londinenese, con un grupo de maderas literalmente incomparable.

Un par de años más tarde, en 1963, llega otra grabación de la música incidental, a cargo de Erich Leinsdorf y la Orquesta Sinfónica de Boston (RCA), algo desigual, que mejora conforme avanza; en 1965 la de Rafael Kubelik con la Sinfónica de la Radio Bávara (DG), demasiado ligera y un tanto sentimental;

en 1966 la de Bernard Haitink con la Concertgebouw de Amsterdam (Philips), irreprochable; en 1968 la de George Szell con la Orquesta de Cleveland (Sony), que no conozco, y en 1969 la de Rafael Frühbeck con la New Philharmonia (Decca), más fiel a la letra que al espíritu. De ese mismo año es la grabación en público, en Múnich, de Otto Klemperer con la Sinfónica de la Radio Bávara (EMI), dentro como la anterior de la obra completa. La obertura, de lejos la más lenta que he encontrado, está maravillosamente cantada, pero debía de haber un micrófono muy cerca de los timbales, lo que molesta bastante.

Los años setenta no son menos pródigos en grabaciones que la década anterior: merecen señalarse la estupenda, ejemplar, interpretación de Sir Colin Davis con la Orquesta Sinfónica de Boston (Philips 1976); la de Gabriel Chmura con la Sinfónica de Londres para DG, en cambio, es más bien tosca; del mismo año 1977 es, sin embargo, la de André Previn con esa misma orquesta, que parece otra, por fortuna: es para EMI y dentro de la música incidental íntegra. Una de las mayores interpretaciones de esta obra, es sobria, luminosa, muy bella y emotiva.

Un año posterior a ésta son las versiones discográficas de Eugene Ormandy con la Orquesta de Filadelfia (RCA), que desconozco, y la de Raymond Leppard con la Filarmónica de Londres (Erato), realmente espléndida: depurada, poética y emotiva. De 1979 es la de Daniel Barenboim con la Sinfónica de Chicago (DG), decepcionante, con ciertas arbitrariedades; y dos o tres años posterior es la de la misma orquesta para la misma compañía fonográfica, dirigida por James Levine con una cursilería difícil de hallar incluso en versiones de poca monta. La de Sir Neville Marriner con la Philharmonia (Philips 1984) es una versión técnicamente deslumbrante para una interpretación algo más ligera de lo debido. Mucho mejor es la de Sir Colin Davis de 1985 para Orfeo, con la Radio Bávara, calco de la suya anterior.

En cambio Previn, en 1987, ahora con la Filarmónica de Viena para Philips, no logra repetir sus cotas anteriores; puede acusarse a esta versión, incluso, de cierto amaneramiento. Del mismo año es la grabación de Charles Dutoit con la Sinfónica de Montreal para Decca, que no conozco. Una muy agradable sorpresa constituye la versión completa de Claus-Peter Flor (RCA 1988. ¿Qué ha sido de este tan prometedor director?), suave y delicada sin caer en lo dulzón y con una respuesta admirable de la en teoría menor Sinfónica de Bamberg. Correcta pero no mucho más la de Jeffrey Tate con la Filarmónica de Rotterdam para EMI (1991).

Algo amanerada y más bien raquítica es la versión de Kurt Masur con la Gewandhaus de Leipzig para Teldec en 1992; la misma editora presenta el año siguiente la en mi opinión disparatada versión de Nikolaus Harnoncourt con la Orquesta de Cámara de Europa, de brutales contrastes dinámicos, diversos detalles extravagantes -para algunos, hallazgos, aunque estén fuera de lugar-,

y sin el menor asomo de lirismo o ternura. No conozco la del año siguiente a cargo de Seiji Ozawa con la Sinfónica de Boston para DG; la de Claudio Abbado con la Filarmónica de Berlín para Sony en 1997 es francamente decepcionante para tratrarse de quien se trata –cuidadosa, esmerada, pero más bien inanimada, cuando no un poco blanda–.

La relación se cierra por ahora, menos mal, con una excelente interpretación, debida al que tantas esperanzas ha despertado (no siempre cumplidas, todo sea dicho), Christian Thielemann –el primer director importante surgido en Alemania desde hace tiempo, ese país que antes los producía en gran cantidad y calidad abrumadora–, quien, dirigiendo a la Filarmónica de Viena para DG en 2004, ha redondeado una versión maravillosamente tocada, despaciosa pero fluida, límpida y muy bella (más que muy emotiva).

4 comentarios:

  1. Hola.

    Szell tiene dos grabaciones oficiales: una con Cleveland y otra de ¿1958? con el Concertgebouw (editada en Decca en la serie Original Masters).

    Saludos.

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  2. Celibidache tiene una obertura grabada y publicada en sus cajas de EMI.

    Magnífica, claro.

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  3. Coincido con usted, Sr. Carrascosa. La grabación de Klemperer con la Philharmonia para EMI es un verdadero milagro.
    Le saluda cordialmente,
    Antonio.

    PD: A Claus-Peter Flor le escuché hace unos años dirigiendo un sobresaliente War Requiem.

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