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miércoles, 21 de enero de 2015

Dos conciertos de Ibermúsica en tres días

 

Barenboim ahonda su sintonía con la música francesa

El concierto (extraordinario: fuera de abono) de la West-Eastern Divan Orchestra para Ibermúsica tuvo lugar el sábado 17 de enero a las 22,30: no son horas. Y menos aún con la prueba a la que Barenboim sometió al auditorio: tras un sensual y envolvente Preludio a la siesta de un fauno de Debussy, maravillosamente evocado y cantado (admirables intervenciones del flauta Guy Eshed y de la oboe Cristina Gómez Godoy), la composición de Pierre Boulez Dérive II, para 11 solistas, cuya calidad parece incuestionable, es harto difícil de digerir, máxime teniendo en cuenta su duración de ¡53 minutos! Sin embargo, puede que la labor de Barenboim en esta difícil obra fuera lo más meritorio de la noche: tras haberme escuchado varias veces la grabación del propio Boulez (44') y la interpretación que Barenboim había hecho en los Proms de 2012 (49'), creo que la labor del argentino ha llegado a un grado de explicación de la obra y de creatividad inimaginables (otra vez más queda patente que el autor no tiene por qué ser su mejor intérprete, incluso siendo, como es el caso, un enorme director). Si bien todos los solistas tuvieron una actuación de gran mérito, diría que la de la solista de viola fue especialmente destacada. (Aprovecho para señalar que algún crítico musical [¿?] no ha perdido oportunidad para hacer gala y ostentación de su ignorancia pura y dura con desdeñosos comentarios sobre esta extraordinaria composición).

 

(El “anónimo” timbalero tocó la primera caja en el Bolero)

La segunda parte se dedicó al "Ravel español": una Rapsodia henchida de perfumes y sugerencias, una Alborada del gracioso jugosa, incisiva, resplandeciente de colores, con una sección central no poco lúgubre (estupenda la fagot solista, quien sin embargo tocaría demasiado fuerte su solo del Bolero). La Pavana para una infanta difunta, sin excesos ni aspavientos, resultó bella, hondamente sentida, muy emocionante e interiorizada (mención para el trompa). Y el Bolero: la primera grabación de Barenboim (Orchestre de Paris, DG 1982) sigue siendo una de las pocas grandes, mientras la de Chicago (Erato 92) supuso una cierta decepción. Ahora ha sido más discutible que aquella parisina, pero más interesante y personal: el crescendo, desde un inicio imperceptible, no fue rectilíneo, sino que (a pesar de algunos escalones) lanzó llamaradas de pasión y electricidad, que llegaron a enardecer (como el aumento pogresivo de dinámica cuando finalizaba el solo trombón: espléndido solista, por cierto). El resultado fue fascinante y puso al público en pie, pese a los inevitables roces (ninguno llamativo) de los solistas, entre los que destacaron los ya citados, el trompeta y, sobre todo, el sensacional intérprete de la caja, que logró una impresionante regularidad y un pulso indesmayable. Es el Bolero más sobresaliente que he escuchado en directo (¡y recuerdo a Karajan/Berlín, Celibidache/RTVE y el desgraciado de Maazel/Filarmónica de Viena...!) Pese a los insistentes aplausos, no hubo propina (¡el reloj marcaba la una y cinco!).

La Orquesta Hallé sin Barbirolli

Interesante y extraño el programa que la Orquesta Hallé de Manchester, con su director titular, Sir Mark Elder, tocó tres días después, el martes 20: la Fantasía sobre un tema de Thomas Tallis de Vaughan Williams (acaso su composición más bella) fue, con mucho acierto, precedida por el breve coro a capella al que pertenece su tema (idea que ya se les podría haber ocurrido en alguna de sus grabaciones...). La etérea versión de Elder resultó hermosa, pero podría haber sido también algo más emotiva. Las cuerdas de la Hallé sonaron muy bien, aunque la viola solista dejó entrever alguna carencia. El Himno de Jesús (1917) de Gustav Holst es una composición singularísima por su atrevimiento rítmico, sus superposiciones a tempi diferentes... procedimientos que no se espera uno mucho en el autor de Los Planetas. El Coro de Radio Televisión Española, con una parte fuera de escena como pide expresamente la partitura, tuvo una loable actuación, si bien algunas notas altas resultaron un tanto estridentes. La (complicada )concertación lograda por Elder fue impecable.

Quizá estuvo de más, al comienzo de la segunda parte, la inclusión de la Obertura Trágica de Brahms, pese a que su interpretación fue rigurosa, irreprochable, incluso sobresaliente. Pero la Quinta Sinfonía de Sibelius habría sido suficiente para llenar la segunda mitad del programa. Sibelius por la Orquesta Hallé es un arma de doble filo, pues su tantos años director titular (1943-1970) Sir John Barbirolli ha sido acaso el más genial intérprete del compositor finlandés del que hay memoria, y ahí está su grabación del ciclo sinfónico y otras obras orquestales para dar fe de ello. De alguna manera el recuerdo de Barbirolli estaba presente el otro día, y es evidente que Elder conoce muy bien esas interpretaciones y que le han dejado una adecuada huella; pero, naturalmente, no es capaz de hacerlas olvidar. Su Quinta fue más que notable por su color, su lenguaje y su conocimiento del estilo, pero quizá se tomó algunas innecesarias libertades en el tempo. La Orquesta, sin ser como antes casi una igual de las mejores de Londres, conserva una rica sonoridad en la cuerda, y algo desigual en el resto. Con una sala ya muy mermada sobre todo en el patio de butacas, y más aún tras los aplausos a la Sinfonía (¡qué pena da, cuando hace años era imposible encontrar entradas para Ibermúsica!), el primer contrabajista, Roberto Carrillo, anunció el Vals triste, que, pese a ser quizá rubateado en exceso, fue tan bello como expresivo.

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