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domingo, 1 de febrero de 2015

Vladimir Jurowski y la LPO: enorme chasco, gran cabreo

 

Wagner, Shostakovich y Tchaikovsky

Anoche, 31 de enero (¡ay, a las 22,30!) fui a uno de los conciertos que más me han decepcionado en mucho tiempo, en relación con lo que me esperaba. Era para Ibermúsica, con la cellista Sol Gabetta y la Filarmónica de Londres dirigida por su titular, Vladimir Jurowski. No hubo en las dos horas de concierto ni unos minutos en los que disfrutase: casi todo el tiempo tuve la sensación, como mínimo, de perder el tiempo, cuando no me sentía de veras irritado.

Veamos por qué. El programa comenzaba con un Preludio del Acto I de Tristán que no se sabía muy bien qué pintaba allí antes de Shostakovich y Tchaikovsky. Ya le había escuchado hace algunos años a este director y esta orquesta un Wagner que no me gustó un pimiento (creo que fue el Acto II de Tristán). Ayer volvió a quedar claro que Jurowski (que por lo menos dirigió bien, eso sí, con partitura como todo el concierto) y Wagner son como el agua y el aceite: no se entienden nada bien. No me pregunten en qué consiste, pero es una sensación clarísima que tengo cuando pasa esto: el discurso no resulta natural ni fluido, sino acartonado, las frases suenan como desconectadas unas de otras, el clímax no está bien preparado, etc.; el sonido tampoco es wagneriano, y no será precisamente culpa de la espléndida orquesta. Pero lo que me irritó a base de bien fue que no era el "Preludio del Acto I", sino las tres cuartas partes del comienzo del mismo, seguidas de un absurdo "final de concierto" en el que desfilaban retazos de la "Muerte de Isolda". O sea, un engendro que no sé a quién se deberá (espero que no a Wagner, aunque todo es posible...) que no es ni el Preludio ni el "Preludio y Muerte de Isolda", sino una forzada mezcla de ambas piezas que, por suerte, no ha hecho fortuna entre otros directores.

Me van a perdonar los shostakovichianos, pero el Segundo Concierto para violonchelo me parece una obra intragable: un Largo mortecino, derrotado y cuentista, seguido de dos Allegrettos insulsos cuando no ratoneros, numereros, vacíos de contenido, en los que el gran oficio del ruso no logra transmitir nada que merezca la pena. O sea, unos 35 minutos de aburrimiento en los que una cellista sobrevalorada (por mucho que posea un sonido espléndido y una técnica de altos vuelos) apenas logró interesarme un minuto en la música que estaba tocando. Por lo menos prácticamente no hubo anoche ramalazo alguno del mal gusto, cursilón y arbitrario, del que otras veces hace gala la solista argentina; sólo algún lloriqueo pasado de rosca en los compases finales. Algunos desajustes (entre el cello y el timbal, luego con el xilófono) fueron lo de menos.

En el descanso me dije: "Bueno, por lo menos la 'Patética' merecerá la pena..." ¡Qué equivocado estaba! La segunda parte me cabreó mucho más. Empezó fuerte y mal (la fagotista metió la pata). Pronto comprobé que el talentoso y capaz director de otras ocasiones estaba allí para armar todo el ruido posible, sin que la genial y agónica partitura de Tchaikovsky le rozara emocionalmente lo más mínimo, y juro que no exagero: o no entiende la obra, o no le gusta ni le interesa lo más mínimo, salvo para epatar con el ruido a los aficionados más obtusos. Ni siquiera debía de estar muy ensayada, pues ya en la introducción, tras unas frases en las que las violas dieron buena cuenta de su gran clase, los violines no fueron precisamente juntos (estas cosas, que volvieron a repetirse varias veces, son poco admisibles en orquestas que se supone son de primera clase, aunque sea primera B).

Toda la sinfonía transcurrió (ya que no discurrió) deprisita, sin espacio para la reflexión y no digamos para la emoción, algo que no apareció anoche en momento alguno, ¡ni por asomo! Pecado imperdonable en la Sinfonía "Patética" (versión en la que no hubo el menor patetismo). Toda "f" era convertida sin contemplaciones por Jurowski en "ff" o "fff", sin reparar en matices ni grados dinámicos intermedios: sólo hubo grandes escalones (casi ningún "p", de ahí salto a "f" y, como he dicho, proliferación de ruidos atronadores, sin la menor consideración: a los trombones y al tuba los azuzó y sonaron casi sin cesar todo lo fuerte que podían, y muy mal por tanto). El segundo movimiento fue aséptico a más no poder, si bien la sección central mejoró algo. El tercero, que empezó ya más fuerte de la cuenta, fue la absolutamente rígida carrera de un autómata, sin la menor inflexión; el tramo final fue cualquier cosa menos Música. Ya sé que este movimiento se suele enfocar mal (como explica bien Pedro González Mira en las notas, añorando la genial visión de Otto Klemperer), pero lo de ayer no fue de recibo. Y el Adagio lamentoso, rapidito también, fue inexpresivo, frío, desprovisto del menor atisbo de sensibilidad o empatía: me cabreó una barbaridad. La orquesta, que supongo (y parece) sigue siendo buena, estuvo anoche de todo menos fina. Como el peor Gergiev, o peor aún.

Gran éxito, claro, de un público que, excepcionalmente, casi llenaba el Auditorio Nacional (el comprensible tirón de la "Patética"). Pero también comprobé que fuimos varios los que salimos huyendo,con cara de indignados. No creo que hubiera propina, pero desde luego no quise darle la menos oportunidad a Jurowski: no le perdono lo que hizo con la genial partitura terminal de su compatriota. Lo siento, pero desde anoche le tengo mucho menos respeto a este director, y mucha más desconfianza.

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