El mayor
interés que suscitaba en mí esta Tosca era evaluar a Carlos
Álvarez en su debut como Scarpia. Con una puesta en escena cien por cien
tradicional de Margarethe Wallmann no muy lograda, sino bastante rígida y
convencional, y una dirección musical discreta de Marco Armiliato,
excesivamente pomposa y algo lánguida, así como muy complaciente con los
cantantes (quiero decir que muy pendiente de no taparlos con la orquesta), lo
más válido de esta versión de junio de 2019 ha sido para mí, en efecto, la interpretación
del barítono malagueño (52 años), de voz esplendorosa, hoy ya más cerca del
barítono-bajo que del barítono lírico con el que comenzó su ya larga carrera. No
dudo que podrá afinar aún más en sucesivas actuaciones los matices que permiten
la encarnación de semejante personaje, no tan de una pieza como pudiera parecer.
Pero lo que me parece indudable es que ya, desde el primer momento, es un
magnífico Scarpia, y desde el punto de vista vocal, el mejor que se ha
escuchado desde hace mucho tiempo (por delante, por ejemplo, de Bryn Terfel, y
muy por delante de Thomas Hampson, dos de los famosos Scarpias más vistos y
escuchados en los últimos años).
A Piotr Beczala
(52 años ya) le empieza a pasar factura el haber abordado varios papeles
demasiado duros (pesados, dramáticos) para su voz, que, aparte de algunos
accidentes puntuales (“la vita mi costassi”), suena algo débil, insegura,
tremolante y muy esforzada. Aun así, se impone el hecho de que es un muy buen
músico y muy buen cantante: fue creciéndose hasta verse obligado a repetir “E
lucevan le stelle” (aún mejor la segunda vez). Tras la función, fue nombrado Kammersänger.
En la
primera función, según me ha contado un amigo a quien doy pleno crédito, Nina
Stemme (56 años) estuvo muy insegura y chillona. ¡Qué lastima! La maravillosa
cantante sueca puede que también esté empezando a deslizarse cuesta abajo
(ojalá fuese solo una mala noche…). De modo que en las funciones sucesivas fue
sustituida por la armenia Karine Babajanyan, una soprano de 50 años a la que no
conocía y que se desenvuelve con gran soltura en el personaje, que sin duda
conoce muy bien. Sin embargo, su voz no es muy bella, su registro agudo firme
pero algo estridente, y algo débil el centro y forzado el grave. Sobreactúa
(vocal y actoralmente) en “Vissi d’arte”. Flojitos tanto el Sacristán como
Angelotti y Spoletta.
Fierrabras, compuesta en 1823 y no estrenada
hasta 74 años después, es la segunda ópera más ambiciosa de Schubert, por detrás
de Alfonso y Estrella (1822, estrenada en 1854). Con un muy endeble
libreto de Joseph Kupelwieser (que le perjudica en buena medida), es una
composición que abunda en música muy bella, pero que no funciona bien como
ópera, careciendo en buena medida de sentido y tensión dramáticos. Ahora he
tenido oportunidad de ver una filmación de hace doce años en la Ópera de
Zúrich. Pese a contar con reparto de lujo (Jonas Kaufmann, László Polgár,
Juliane Banse, Christoph Strehl, Michael Volle, Günther Groissböck, Twyla
Robinson y Ruben Drole (solo estos dos últimos no destacan), el espectáculo se
hace cuesta arriba, en parte debido a la enrevesada y pretenciosa escena de
Claus Guth -que sitúa a Schubert permanentemente en escena, dirigiendo la
acción- y también en parte a la algo anodina batuta de Franz Welser-Möst, que
queda claramente por debajo de Claudio Abbado en su grabación de audio para DG
(2001).