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lunes, 4 de septiembre de 2023

Tres nuevas publicaciones

 

¿Lo mejor del tenor Piotr Beczala?

El CD que acaba de lanzar el sello Pentatone con 14 Canciones de Tchaikovsky y 12 de Rachmaninov, con Piotr Beczala y el pianista Helmut Deutsch, me parece que es la interpretación que más me ha gustado, que recuerde, de este espléndido tenor. Me ha traído a la mente otro disco magnífico, el de las 17 Canciones de Rachmaninov que Nicolai Gedda y Alexis Weissenberg grabaron para EMI en 1969. El canto de ambos tenores es magistral, admirable, y si acaso el sueco es algo más efusivo y apasionado aún que el del polaco, mientras que el timbre de este suele ser considerado más bello que el del anterior (no es mi caso: me encanta el timbre de Gedda, aunque admito que no era su mayor activo). En cuanto a los pianistas, ambos son muy buenos y están muy en situación, si bien Weissenberg tiende a asumir mayor protagonismo (quizá excesivo en algún caso). Bueno, ni qué decir que las Canciones de ambos rusos son páginas de extraordinaria belleza y enormemente sentidas.

 

Piemontesi lucha contra Liszt

Pentatone se ha embarcado en la grabación de los Estudios de ejecución trascendental y la Sonata en Si menor de Liszt. Dos monumentos erizados de escollos de toda índole. Francesco Piemontesi sale bastante airoso de ellos, si bien no me termina de convencer. Posee un mecanismo importante, pero quizá se quede un poco corto en ciertos pasajes; o sea, nada extraño. Lo que ocurre es que debería correr un poco menos aquí y allá, y el resultado mejoraría; pero sabemos que la tentación de exhibir poderío y velocidad -sobre todo entre los jóvenes: el suizo tiene 40 años- es fuerte. De estos excesos se resienten, quizá, el Preludio, el Molto vivace que le sigue y Ricordanza. En cuanto a la Sonata, menos reparos, salvo que es un tanto comedida en fogosidad, lo que le resta algo de la debida tensión.

La discografía más recomendable sigue inamovible: Arrau para los Estudios, y para la Sonata, Gilels, Barenboim (Erato) y Zimerman. Para mí, la interpretación más formidable está solo en DVD: Barenboim en EuroArts (filmada en el Wahnfried de Bayreuth).

 

El fulgor de Yuja Wang

Deutsche Grammophon acaba de publicar un doble CD con las obras para piano y orquesta de Rachmaninov. Y eso que no hace mucho el mismo sello dio término a las mismas obras, con Daniil Trifonov, la Orquesta de Filadelfia y Yannick Nézet-Séguin. A la pianista china (n. 1987) le acompañan en la aventura la Orquesta Filarmónica de Los Angeles y Gustavo Dudamel. Wang posee un mecanismo deslumbrante, pero no evita dejarse llevar por él, dejando un poco en segundo término la belleza melódica y la melancolía y el pesimismo tan típicos de Rachmaninov. Las versiones son, de este modo, fulgurantes y brillantísimas, más que hondas. En la Rapsodia sobre un tema de Paganini, por poner algún ejemplo, las variaciones 15, 21 y 23 suenan exceso veloces. Dudamel -siempre atentísimo a la compleja escritura orquestal- sigue a pie juntillas los enfoques de la solista. Esta pianista, si madura con el tiempo, podrá llegar a ser una de las grandes. De momento -y salvo en alguna ocasión, como, que recuerde ahora, el Concierto para la mano izquierda de Ravel- no lo es aún, en mi opinión.

Los micrófonos priman un poco al piano -cuyo sonido está maravillosamente recogido- frente a la orquesta, que suele sonar un poquito en segundo plano. Un ciclo, pues, importante, pero no excepcional. Hay no pocas interpretaciones magníficas, pero creo que mis mayores recomendaciones discográficas siguen intactas: y Ashkenazy/Previn; también Ashkenazy/Haitink y Grimaud/Ashkenazy; Gavrilov/Muti; y y Rapsodia Ahskenazy/Haitink.

sábado, 13 de junio de 2020

Una opereta en Blu-ray y otras dos desde el Met


El país de la sonrisa en Blu-ray

Son pocas las operetas en lengua alemana -a excepción de El Murciélago de Johann Strauss hijo- que cuentan con versiones notables en imágenes. Tampoco las del gran continuador en los países germanos del "Rey del Vals", Franz Lehár (1870-1948), austríaco nacido en lo que hoy es Hungría y que es el último y mayor representante del género en el siglo XX. Con la octava de sus 38 operetas, La viuda alegre (1905), alcanzó un gran éxito y justo renombre. De los títulos que siguieron -estrenados en Viena o Berlín- se mantienen en repertorio en los países de su lengua otra decena, y entre ellos uno de los más destacados logros es sin duda Das Land des Lächelns (Berlín, 1929), que contiene una de las arias de tenor ("Von Apfelblüten einen Kranz") más bellas e inspiradas del género. (Por cierto, me parece que la habitual traducción El país de las sonrisas no es la más indicada). Esta versión filmada, del sello Accentus, es la segunda que conozco tras la floja y muy anticuada de Kollo, Pitsch-Sarata/Ebert (DG), pero resulta inevitable compararla también con las dos principales de audio, ambas del sello EMI: la de Gedda, Rothenberger, Renate Holm, Harry Friedauer/Mattes (1967) y la de Jerusalem, Donath, Brigitte Lindner y Martin Finke/Boskovsky (1982). El dificilísimo papel del Príncipe Sou-Chong -que requiere un legato magistral, línea de canto y regulación del sonido muy sofisticadas- fue inmortalizado por Nicolai Gedda y desde entonces es iluso pretender encontrar algún tenor a su altura. En cualquier caso, tanto el joven Jerusalem como el hoy en sazón Beczala -cuyo territorio originario y quizá más natural es precisamente el de la opereta- resultan espléndidos. Este último, con un hermoso timbre, una técnica muy depurada, elegancia en el fraseo y un conocimiento certero del estilo, es con seguridad la elección más acertada hoy día.

La gran sorpresa ha sido para mí la soprano lírica (con tintes de ligera) Julia Kleiter: preciosa voz, excelente canto y todo lo demás -actuación incluida- con el solo pero de algún sobreagudo un poco estridente; poco tiene que envidiar globalmente a sus dos grandes antecesoras citadas. Estupenda también la soprano ligera Rebeca Olvera como Mi, y correcto Spencer Lang como Gustl. Regular Davidson en su brevísima aparición como Tschang, y muy en su sitio Martin Zysset en el papel del cómico Jefe de los eunucos. Espléndido el Coro de la Ópera de Zúrich, soberbia la Orquesta Philharmonia Zürich y sensacional la batuta de Fabio Luisi, que, oh sorpresa, parece todo un especialista, aventajando incluso al indiscutido experto Boskovsky. Ese especial mundo lehariano, elegantísimo y decadente, resulta que parece irle como anillo al dedo al maestro italiano. Para terminar de redondear la faena, la escena de Andreas Homoki, que lidia con un argumento delirante, es ejemplar: estéticamente impecable, sensata, sin la menor extravagancia y logrando creíbles interpretaciones de los cantantes. Un producto, pues, muy difícil de superar hoy por hoy. Sonido e imagen a pedir de boca; solo se echan en falta los subtítulos en español. 

Pese a mi gran, enorme admiración por Puccini, La Rondine me gusta poco. Esta opereta, estrenada (muy apropiadamente) en el Casino de Montecarlo el año 1917, apenas posee una aria (“Ch’il bel sogno di Doretta”) preciosa, y poco más: funcionó la maestría del compositor, pero no movilizó en absoluto su genio, llegando a veces sus melodías a resultar no solo convencionales (pálida repetición de las suyas más inspiradas), sino también empalagosas. Ahora bien, la función de 2009 divulgada recientemente en abierto por el Met contó con una representación de lujo (como corresponde al ambiente de la trama), dirigida en lo visual con gran acierto por Nicolas Joël, con preciosa escenografía. La batuta del batutero (perdón por el término) Marco Armiliato tuvo suficiente competencia. Y contó con un punto muy fuerte en Angela Gheorghiu como Magda: uno de sus mejores logros en años, por esa etapa ya madura de su voz y su arte. De la referida aria hizo una verdadera creación, ni siquiera superada por la exquisita Kiri Te Kanawa en su grabación con Maazel; solo -que yo sepa- por Caballé en su mítico recital Puccini con Mackerras. Roberto Alagna es un tenor que nunca me ha entusiasmado: admiro su voz, pero su canto me suele parecer bastante pedestre; aquí, además, en su Ruggero ha desaparecido parte de su seguridad canora. El otro tenor, en el papel de Prunier, tampoco me ha gustado mucho: demasiado blanco el timbre de Marius Brenciu, forzado además en el agudo. Muy bien, en cambio, la Lisette de Lisette Oropesa, en aquel momento casi una ligera pura. Y resulta triste reencontrarse con Samuel Ramey (Rambaldo), quien a sus 67 años muestra una voz totalmente arruinada por un trémolo imposible. 

Más lograda globalmente ha sido La viuda alegre de Franz Lehár, la mayor opereta (1905) posterior a Johann Strauss hijo. Cantada aquí (2015) en traducción inglesa -lo que se puede entender al ser montada con abundantes partes habladas-, la suntuosa y preciosa escena de Susan Stroman es poco menos que insuperable (por cierto: experimentos escénicos con La Rondine o con La viuda alegre creo que son difícilmente tolerables), siendo uno de sus mayores aciertos la interpretación actoral de todos y cada uno de los intervinientes. La dirección musical de Sir Andrew Davis me ha parecido impecable, muy en estilo. El de Hanna Glawari es un papel ideal para Renée Fleming; creo que es una pena que no haya frecuentado más el género, en el que podría haber sido digna continuadora de la Schwarzkopf y la Rothenberger. Aunque su voz ha perdido algo de aquel plateado brillo de su etapa dorada, su arte y adecuación siguen intactos. El segundo papel principal, el de Danilo, ha sido menos brillante: el barítono lírico Nathan Gunn no está al nivel deseable. Muy bien Kelli O’Hara como Valencienne, bastante bien Alek Shrader como Camille, y espléndido, con la voz en estupendo estado a sus 71 años, Sir Thomas Allen en el papel del Barón Mirko. Pese al mediano Danilo, una verdadera delicia de función que pide a voces su publicación en DVD/Blu-ray. 



lunes, 8 de junio de 2020

Dos Donizetti y dos Verdi desde el Met


Esta Maria Stuarda (2014) está publicada en DVD/Blu-ray por Erato, pero no la conocía. Sobria, desnuda, admirable escena de David McVicar. Espléndida batuta de Maurizio Benini, que suele dar de lleno en el clavo en el repertorio belcantista. Joyce DiDonato es -creo que nadie lo duda- una de las mayores cantantes de nuestros días. Pero su empeño -¡qué tentación!- en cantar papeles de soprano le pasa una cierta factura, pues su registro agudo se vuelve un poco metálico y adquiere un vibrato poco agradable. Esto en lo puramente vocal, puesto que su intepretación de Maria Stuarda es estupenda. Ahora bien, comparémosla con la de la también mezzo Janet Baker (DVD Warner, 1982, ¡en inglés! Con Mackerras y John Copley) y comprobaremos que en la genial cantante británica no se da ninguno de esos problemillas; ni ese, ni ningún otro, por cierto. Y su primacía como intérprete continúa inalcanzable. No me ha entusiasmado la soprano sudafricana Elza van den Heever como Reina Isabel: voz de cierta prestancia pero no muy bella, y de canto correcto, sin más: creo que este decisivo personaje requiere, merece algo más (¡lo han grabado Eileen Farrell, Verrett y Baltsa!). Francamente bien el tenor lírico (entonces más aún que ahora) Matthew Polenzani, valor en alza. Y sobrevalorado para mi gusto, como casi siempre, el bajo casi baritonal Matthew Rose (Talbot): creo que es un cantante no mucho más que mediano que aparece en multitud de desempeños.  

Roberto Devereux, igualmente desde el Met (2016), es a ratos claramente preverdiana, y, con muy buen criterio, Maurizio Benini parece verlo así: su orquesta suena más poderosa y contundente, ya desde la destacada obertura. El aria de entrada de Sara, Elina Garanca, es ya una palpable demostración de musicalidad de los más altos vuelos, de una voz privilegiadamente bella cantando de modo insuperable: se lo pone muy difícil a sus colegas. Así, a la soprano Sondra Radvanovsky como Reina Isabel: posee una muy cabal técnica belcantista, pero la voz posee un filo metálico algo desabrido. Por supuesto, no me hace olvidar a Beverly Sills en sus grabaciones disco (1969) y videográfica (1975) ni a Caballé en alguna piratada. En solo dos años se aprecia la evolución del tenor Polenzani (Devereux), de voz ahora algo más plena y más bella: creo que es un cantante a tener muy en cuenta. Marius Kwiecien, dotado de una espléndida voz baritonal, está bastante desigual a lo largo de la función: desde el acierto canoro al exceso. La escena de McVicar, muy cuidada, es más suntuosa pero igualmente acertada que la de Stuarda. Devereux no está entre las óperas serias más conocidas de Donizetti, pero creo que sí entre las mejores. 

Luisa Miller es, pese a sus altibajos, una de las más estimables óperas de Verdi anteriores a Rigoletto. La función (14-4-2018) retransmitida desde el Met es más que notable, aunque pudo, con algún cambio, haber sido excelente. La escena de Elijah Moshinsky, absolutamente convencional, es de las más notables que le recuerdo a este régisseur. Pero la batuta de Bertrand de Billy recuerda demasiado al Levine más inquieto y superficial. Sonya Yoncheva, casi demasiado dramática pero sin problemas en las agilidades, convence claramente en el papel titular, y lo haría más si la batuta adoptase unos tempi más pausados y más cantabile en varios pasajes. Este Rodolfo es uno de los personajes verdianos en los que más me ha gustado Piotr Beczala, y ello pese a ciertos apuros en el registro agudo; a lo que -perdónmenme algunos operófilos- disto de concederle una importancia trascendental. Triunfan su entrega y su impecable gusto musical. Miller no es uno de los papeles que mejor permiten el lucimiento de Plácido Domingo (en tiempos el más admirable Rodolfo), aun así se impone su conocida clase (casi unánimemente reconocida, salvo por algunos conocidos críticos precisamente españoles). Correctos tanto Alexander Vinogradov como Conde Walter y Dmitry Belosselskiy como Wurm. A la soprano Rihab Chaiev, a juzgar por su ideal encarnación del breve papel de Laura, podría esperarle un halagüeño futuro. 

Nabucco de diciembre de 2016 repite los dos principales papeles -el titular y Abigaille- de tres años antes en el Covent Garden, edición publicada en blu-ray por Sony (muy recomendable). Pero tanto Plácido Domingo como Liudmyla Monastyrska estuvieron algo menos bien; aun así estupendos, quiero dejarlo claro. Él había perdido un poco de fuelle, y ella aproximaba sus imponentes agudos algo más al grito. Dimitry Belosselskiy mostraba aquí, mucho más claramente que como Wurm, en el muy exigente papel de Zaccaria, sus limitaciones: sí, una muy buena voz de bajo en el centro, pero tasada arriba e incapaz de apianar debidamente. Muy bien, en cambio, tanto el tenor (lírico ancho) Russell Thomas (Ismaele) como, más aún, la mezzo Jamie Barton (Fenena). Correcta, inofensiva escena de Moshinsky, tradicional pero de escenografía más esquemática que de costumbre. Gran sorpresa: reaparecía James Levine a la batuta para dirigir como en sus primeros tiempos, es decir mucho mejor que después, en su etapa de frenética actividad disco y videográfica. Casi no se reconocía su nerviosismo (que un conocido crítico español describía así: “tiene la teatralidad en la punta de los dedos”), su gusto por los acordes secos, breves y cortantes. Sin embargo, ay, el famosísimo coro “Va pensiero” le quedó bastante insípido. Aun así, lo repitió (pero no para mejorarlo).

lunes, 9 de marzo de 2020

Tres óperas en imágenes: "Leonore", "Rusalka" y "Porgy and Bess"


Infumable Leonore

Han llegado a mi poder (gracias, una vez más, a uno de mis más incansables proveedores de música, en este caso Ignacio Fernández Bargues) tres filmaciones recientes de óperas de diferente valor, pero que he visto y escuchado con interés. Está bien rescatar alguna vez Leonore, aunque solo sea para reafirmar la enorme ventaja que sobre ella tiene la versión definitiva, Fidelio. No solo esta es acertadamente más concisa, sino que además las versiones finales de varios de los episodios que se mantienen mejoran ostensiblemente. Hay alguna grabación de audio más que notable (Blomstedt), pero esta versión montada por la Ópera Estatal de Viena en febrero de este año 2020 ha sido francamente decepcionante. La batuta del checo Tomás Netopil (n. 1975) no ha sobrepasado la corrección, y no siempre.
De la escena (a cargo de Amélie Niermeyer) prefiero no hablar: es uno de los ejemplos más nefastos que recuerdo en cualquier ópera. Yo me pregunto: si tergiversan el libreto hasta los extremos que aquí, ¿no sería mejor que escribiesen una obra teatral original, y así dejen de atentar contra el gran Beethoven y contra sus solo discretos libretistas? 

En la elección del elenco vocal tampoco ha estado muy fina la venerable institución, aun comprendiendo la dificultad de encontrar a cantantes que conozcan o estén dispuestos a aprenderse estas partes. Pero, francamente, la Leonore de Jennifer Davis, una cantante mil veces calante, no es de recibo. Algo lírico, como Florestan es muy estimable el tenor Benjamin Bruns. El más sobresaliente ha sido, a mi parecer, Rocco: el antes excelente barítono-bajo Falk Struckmann (uno de los mejores Pizarros que recuerdo), ahora instalado como bajo (como tal ya le había escuchado una formidable interpretación del Rey Marke en el Acto II de Tristán). Notables la Marzelline de Chen Reiss y el Jaquino de Jörg Schneider. Inaceptable el Pizarro de Thomas Johannes Mayer, actor además pasadísimo de rosca, e irrelevante el Don Fernando de Samuel Hasselhorn. Imposible sacar adelante esta desigual ópera con estos elementos tan dispares. Me alegró comprobar cómo el público decidió que "¡hasta aquí podíamos llegar!" y recibió con estruendosas protestas al equipo escénico. Un público acostumbrado, en este y otros tantos teatros, a recibir con excesiva condescendencia tropelía tras tropelía.

Rusalka cuajada de buenas sorpresas

Por las mismas semanas representaba la misma casa una, en conjunto, sobresaliente versión de la obra maestra operística de Dvorák, un título que debería representarse más a menudo, tal es su maestría y cuántas sus bellezas. ¡Menuda diferencia entre aquella rutinaria batuta en Leonore y la de esta ocasión, a cargo de un espléndido Tomas Hanus, que debutaba en ese coliseo! Puso bien de manifiesto la verdadera altura de este título, con una certera comprensión estilística del compositor checo. La Orquesta, siendo la misma, parecía mucho mejor que en la primitiva ópera beethoveniana. 

He experimentado el placer de conocer a una soprano de primer orden, Olga Bezsmertna, a la que no conocía. Tampoco, a la soberbia contralto Monika Bohinec en el papel de Jezibaba. Y he podido confirmar la enorme valía de la mezzo dramática Elena Zhidkova como Princesa extranjera. No tanto me ha gustado el bajo Jongmin Park, algo engolado y hueco, como el Duende acuático. Y aún mejor que en su blu-ray del Met en 2014 Piotr Beczala como el Príncipe: uno de los mejores trabajos que le haya escuchado al tenor polaco, ahora con la voz más llena. Sin parecerme irrespetuosa, tampoco me ha gustado gran cosa la puesta en escena de Sven-Eric Bechtolf.

Ejemplar Porgy and Bess en el Met

También es de comienzos de este año la representación retransmitida de la ópera negra americana por antonomasia, espléndido logro de los Gershwin. Con una vistosa y totalmente cabal escena de James Robinson -tampoco esta ópera admite, me parece, experimentos- y una soberbia batuta, la de David Robertson (n. 1958), mucho tiempo vinculado a la Sinfónica de St. Louis y estupendo conocedor de lo que aquí se trae entre manos. Aunque con algunos leves altibajos, la maestría e idoneidad de la mayoría de los cantantes es patente: el gran bajo-barítono Eric Owens como Porgy, la espléndida soprano lírica ancha Angel Blue como Bess, y un par de agradabilísimos descubrimientos: Golda Schultz -maravillosa en "Summertime"- y Latonia Moore, Serena, aplaudidísima en sus arias "My man's gone now" y “Oh, doctor Jesus”: creo que estamos ante una mezzo lítrica de fuste. Muy destacado también Alfred Walker como Crown, mientras creo que no está a la altura Frederick Ballentine como Sportin’ Life. 

Espléndida tanto la labor de la Orquesta como la del Coro, que no es el habitual puesto que todos sus componentes son negros. Muy bien movidas las a menudo numerosísimas personas que llenan el escenario. La versión con los mismos dos protagonistas del título y director musical ha sido publicada en CD; ojalá se haga otro tanto con esta versión en DVD/Blu-ray. El éxito de la función fue abrumador.

miércoles, 4 de septiembre de 2019

Tosca en Viena (Babajanyan, Beczala, Álvarez) y Fierrabras en Zúrich (Kaufmann, Banse...)


El mayor interés que suscitaba en mí esta Tosca era evaluar a Carlos Álvarez en su debut como Scarpia. Con una puesta en escena cien por cien tradicional de Margarethe Wallmann no muy lograda, sino bastante rígida y convencional, y una dirección musical discreta de Marco Armiliato, excesivamente pomposa y algo lánguida, así como muy complaciente con los cantantes (quiero decir que muy pendiente de no taparlos con la orquesta), lo más válido de esta versión de junio de 2019 ha sido para mí, en efecto, la interpretación del barítono malagueño (52 años), de voz esplendorosa, hoy ya más cerca del barítono-bajo que del barítono lírico con el que comenzó su ya larga carrera. No dudo que podrá afinar aún más en sucesivas actuaciones los matices que permiten la encarnación de semejante personaje, no tan de una pieza como pudiera parecer. Pero lo que me parece indudable es que ya, desde el primer momento, es un magnífico Scarpia, y desde el punto de vista vocal, el mejor que se ha escuchado desde hace mucho tiempo (por delante, por ejemplo, de Bryn Terfel, y muy por delante de Thomas Hampson, dos de los famosos Scarpias más vistos y escuchados en los últimos años). 

A Piotr Beczala (52 años ya) le empieza a pasar factura el haber abordado varios papeles demasiado duros (pesados, dramáticos) para su voz, que, aparte de algunos accidentes puntuales (“la vita mi costassi”), suena algo débil, insegura, tremolante y muy esforzada. Aun así, se impone el hecho de que es un muy buen músico y muy buen cantante: fue creciéndose hasta verse obligado a repetir “E lucevan le stelle” (aún mejor la segunda vez). Tras la función, fue nombrado Kammersänger.

En la primera función, según me ha contado un amigo a quien doy pleno crédito, Nina Stemme (56 años) estuvo muy insegura y chillona. ¡Qué lastima! La maravillosa cantante sueca puede que también esté empezando a deslizarse cuesta abajo (ojalá fuese solo una mala noche…). De modo que en las funciones sucesivas fue sustituida por la armenia Karine Babajanyan, una soprano de 50 años a la que no conocía y que se desenvuelve con gran soltura en el personaje, que sin duda conoce muy bien. Sin embargo, su voz no es muy bella, su registro agudo firme pero algo estridente, y algo débil el centro y forzado el grave. Sobreactúa (vocal y actoralmente) en “Vissi d’arte”. Flojitos tanto el Sacristán como Angelotti y Spoletta.

Fierrabras, compuesta en 1823 y no estrenada hasta 74 años después, es la segunda ópera más ambiciosa de Schubert, por detrás de Alfonso y Estrella (1822, estrenada en 1854). Con un muy endeble libreto de Joseph Kupelwieser (que le perjudica en buena medida), es una composición que abunda en música muy bella, pero que no funciona bien como ópera, careciendo en buena medida de sentido y tensión dramáticos. Ahora he tenido oportunidad de ver una filmación de hace doce años en la Ópera de Zúrich. Pese a contar con reparto de lujo (Jonas Kaufmann, László Polgár, Juliane Banse, Christoph Strehl, Michael Volle, Günther Groissböck, Twyla Robinson y Ruben Drole (solo estos dos últimos no destacan), el espectáculo se hace cuesta arriba, en parte debido a la enrevesada y pretenciosa escena de Claus Guth -que sitúa a Schubert permanentemente en escena, dirigiendo la acción- y también en parte a la algo anodina batuta de Franz Welser-Möst, que queda claramente por debajo de Claudio Abbado en su grabación de audio para DG (2001).