Nacido en Bedford, Massachusetts, el 15 de diciembre de 1997, de padre taiwanés, este joven ha seguido hasta hora una carrera meteórica jalonada de importantes galardones: en 2015, con solo 17 años, el 4º premio en el Concurso Chopin de Varsovia; en 2017 el primer premio en Concurso Internacional Alemán de Piano, y en 2018 también el primero en la muy importante competición de Leeds.
Sus tres discos
Tiene, que yo sepa (vamos, que estén en Qobuz), tres discos: de 2018 es uno del sello Genuin que sigue un precioso programa: el Rondó K 511 de Mozart, los 4 Impromptus op. 90 (D 899) de Schubert y las 6 Piezas op. 118 de Brahms. En los tres autores, tan comprometidos, da la talla, y de qué modo: posee un sonido ideal para Mozart, una acusada sensibilidad y una fértil imaginación para introducir inflexiones que son todas ellas -en mi opinión- muy bien traídas. Del Primer Impromptu diría exactamente lo mismo: una recreación admirable, y mantiene el tipo, sin ser tan creativo, en los otros tres; la anhelante sección central del 4º me ha parecido un acierto pleno. De Brahms no posee el sonido que considero ideal, sino un poco menos denso, menos orquestal de lo que resulta mi modo de entenderlo. Pero su fraseo, siempre reposado e introspectivo, es excelente, y verdaderamente extraordinario en la sexta y última de esas Piezas. (Mozart: 9,5; Schubert y Brahms: 9. ¡Ahí es nada!).
Pero con un fiasco…
El segundo disco, del sello Warner, contiene la Cuarta Balada y la Sonata 2 “Marcha fúnebre” de Chopin, más el Cuarto Concierto de Beethoven, con la Orquesta Hallé dirigida por Edward Gardner. Como se ve, Lu no esquiva precisamente el repertorio más comprometido: nada de fuegos artificiales para mostrar sus dedos y poco más. La Balada es canónica y espléndida (8,5). Y otro tanto diría de la Sonata, quizá aún más lograda (9).
Pero, ay, con Beethoven nos hemos topado, y nada menos que con una de sus composiciones de la más elavada poesía: aquí Lu sucumbe a un cierto mecanicismo en muchas frases y a lo meramente ornamental, y, pese a que tiene detalles cuidadosos y bonitos, no, no es suficiente. Y tampoco Gardner ayuda, pues su labor es solo discreta, nada inspirada. En descarga de Lu tendría que dejar clara mi opinión de que han sido pocos los pianistas que han hecho verdadera justicia a esta partitura, y resaltar que son no pocos los muy importantes que no se la han hecho (7).
Y el tercer disco, que ya conocía y comenté aquí, es también de Warner y de 2020. Agrupa los 24 Preludios de Chopin y las Variaciones sobre un tema original (“Geisterthema”) de Schumann. Nada nuevo que decir del Chopin, una de las versiones más cabales que conozco (8,5), y sí del Schumann: simplemente admirable (9). El disco añade un introspectivo Intermedio op. 117/1 de Brahms: otro logro.
Algo que, creo, se desprende de todas estas interpretaciones (salvo del Beethoven): no parece un pianista joven, sino maduro. Nunca tiene prisa, siempre se toma su tiempo, es reflexivo e intenta darle sentido a cada una de las notas, nunca suena -ni por unos momentos- mecánico (insisto: excepto en el fallido Op. 58 de Beethoven). Creo que, si no se frustra, este joven va a dar mucho juego.
El toque de Lu
Por cierto, para que luego digan de los críticos musicales, que según algunos son (¿somos?) siempre perspicaces y fiables: alguien de un diario tan respetable como el londinense “The Guardian” escribió, tras vencer Eric Lu en Leeds, que “su toque mágico recuerda al de Murray Perahia y Radu Lupu”. ¡Pero es que, señor crítico (de nombre no revelado en la biografía de Lu), el toque de Perahia y el de Lupu son muy, muy diferentes! ¿Podría haber dicho también, y haberse quedado tan pancho, que Lu posee la técnica de György Cziffra y de Claudio Arrau… que se parecen como un huevo a una castaña?