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lunes, 21 de febrero de 2011

Bartenboim interpreta Liszt y Schubert: una creatividad torrencial

LISZT

En sus actuaciones del día 18 de febrero en Valencia y del 20 en Madrid, el pianista Daniel Barenboim ha demostrado que se halla en una etapa de madurez musical áurea caracterizada sobre todo por una creatividad inagotable.

En Valencia tocó junto a la Orquesta Municipal dirigida por su titular Yaron Traub los dos Conciertos de Liszt, obras que al parecer no había tocado anteriormente (sólo el Primero en Florencia con Mehta, hace cuatro años; aunque sí dirigido, al menos el Segundo a Brendel y Zimerman, y el Primero no sé si a Arrau o a Argerich, o a ambos). Estos Conciertos tienen colgada la etiqueta de obras para virtuosos, etiqueta que quizá les ha perjudicado. Requieren, efectivamente, un pianista con un mecanismo a prueba de bombas, pero claro, un pianista que cumpla ese requisito no está necesariamente capacitado para hacerles justicia. Por eso digo que la etiqueta es, como tantas otras, falsa y perjudicial. Ha dado lugar a que incluso grandes virtuosos que son grandes artistas hayan demostrado en estos Conciertos mucho más lo primero que lo segundo; incluyo aquí nada menos que a Sviatoslav Richter (en su grabación con Kondrashin) y a Zimerman (con Ozawa).

Barenboim no suele ser visto como un virtuoso, y no voy a discutirlo; a sus 68 años no posee un mecanismo infalible, ni mucho menos, aunque sí una técnica excepcional. Sin ésta sencillamente no se puede ser un gran intérprete. Desde sus (relativas) limitaciones, no intentó apabullar en estos Conciertos, en los que hubo por supuesto bastantes notas falsas (no faltará quien las haya contado), pero lo que sí tuvo claro, y demostró de forma aplastante, es que contienen mucha más Música de la que se les suele atribuir.

Mi intérprete favorito de estas obras es (en disco) Claudio Arrau (con Colin Davis en Philips), que tampoco fue precisamente el prototipo de virtuoso, auque poseía una técnica fabulosa y un mecanismo de una enorme seguridad. Pero era, claro está, por encima de todo un Músico excepcional. Barenboim, gran admirador de Arrau, no le nada muy lejos en concepto, al menos en lo que se refiere a la densidad y hondura musical que atribuye a estos Conciertos, pero sí subrayó más otros aspectos de esta música: hubo en él mayor elocuencia, más claroscuros y, sobre todo en el Primero, más dramatismo, más interrogantes, incluso algo de satanismo. Desde el punto musical y de riqueza de ideas, nadie que yo haya escuchado le alcanza.

En la grabación que Deutsche Grammophon anuncia con Pierre Boulez, en la que es de suponer que se limpiarán las posibles notas falsas, si Barenboim se alza al nivel estratosférico del día 18 en Valencia, no va a tener rival. A ver...

Tocó de propina dos páginas más de Liszt, ese incomprendido: la lírica, introspectiva, bellísima y poética Consolación No. 3 (mejor aún que en su disco, D.G., de 1981), el originalísimo Vals olvidado No. 1, sorprendente pieza de última época (increíble recreación) y una de Chopin: nada menos que la famosa Polonesa “Heroica”, en la que improvisó de modo incesante, algo nunca escuchado: rubatos donde no suele, puntos de tensión diferentes de los habituales; una creatividad, en suma, torrencial. Es asombroso que haya un intérprete así, que sea capaz de crear de forma incesante, en público, con esa fecundidad. No hay dos en el mundo. Y asumiendo todos los riesgos imaginables, poniendo tan por encima la Música de la ejecución que se expuso en muchos momentos a meter la pata de forma soberana (¡qué valentía al abordar la coda del Primer Concierto!: pudo acabar en un churro, pero fue una pura explosión de fuego, de lava ardiente, que recorrió la sala a lo largo de toda la velada).

Traub dirigió muy bien, y no sólo los Conciertos, sino también Los Preludios de Liszt y el Preludio I de Los maestros cantores de Wagner, versiones en las que la influencia de su maestro Barenboim fue palpable. Mención muy especial al solista de violonchelo en el Segundo Concierto, Iván Balaguer. ¡Magnífico!

SCHUBERT

Barenboim no ha grabado al piano una gran cantidad de música de Schubert: en 1978 hizo tres discos para D.G. y dos años más tarde Viaje de invierno con Fischer-Dieskau (que repitió hace seis años con Thomas Quasthoff, DVD de D.G.), además del famoso Quinteto “La Trucha” de su juventud con Perlman, Zukerman, Du Pré y Mehta, DVD Opus Arte, la Obra para violín y piano con Stern (CBS/Sony 1990), un CD para Erato en 1993 y obras para piano a cuatro manos junto a Radu Lupu (Teldec 1997).

Siempre ha sido un espléndido intérprete del autor de Rosamunda (en el campo orquestal tiene logros memorables, como su interpretación de “La Grande” dentro de su ciclo sinfónico con la Filarmónica de Berlín, Sony, recientemente reprocesada), pero creo que cuando ha tocado fondo de veras ha sido ahora, en el recital del día 20 para Ibermúsica, en el que interpretó dos maravillosas Sonatas que no ha llevado al disco: la D 894 (muy contemplativa) y la D 958 (más dramática).

Schubert es, quizá, el más difícil de interpretar de todos los grandes compositores, algo en lo que coinciden justamente muchos grandes intérpretes.

Es curioso que Barenboim, que hace poco ha escrito quitándole importancia a la labor del intérprete en la música, sea precisamente quien más aporta, en el mundo musical de nuestro tiempo, a la música legada por los grandes compositores. Las dos Sonatas schubertianas del pasado día 20 fueron un auténtico torrente de creación, hasta el punto de que fueron versiones reveladoras: para mí es imposible resumir o intentar explicar lo que fue esa velada; las dos bellísimas partituras (¡hay quienes aún no se han dado cuenta de la extraordinaria altura y originalidad de las grandes Sonatas de Schubert!) descubrieron una lógica interna inédita hasta ahora (hay muchos pianistas, incluso renombrados, que tocan tres o cuatro piezas –impromptus o momentos musicales– seguidas, pero no una sonata con coherencia y unidad). Barenboim descubrió en ellas una lógica interna realmente nueva, en su juego temático, en sus oposiciones entre las melodías, en una infinita variedad de matices en las sucesivas apariciones de los temas... Su larguísima y exhaustiva experiencia con las Sonatas beethovenianas supongo que tiene que ver no poco con este logro, pero esto no quiere decir que las acercase a Beethoven: ¡qué va! Es más, el sonido era pura y bellísimamente schubertiano, como el fraseo, el tan frecuente aire danzable, los claroscuros y qué sé yo; pero la consistencia estructural de cada uno de los movimientos y la unidad superior del conjunto fueron un hallazgo mayúsculo. No sabría qué fragmentos destacar, pero nunca volveré a escuchar, sin tener en la memoria estas versiones, los respectivos movimientos lentos, el trío del Minueto de la D 894 y, sobre todo, diría yo, los dos fragmentos finales. Precisamente los finales de las Sonatas de Schubert suelen tocarse un poco de trámite, como quitándoles importancia: todo lo contrario fue lo que hizo el de Buenos Aires.

El milagro se prolongó en el Momento musical No. 3 y en el Impromptu No. 2 que ofreció de regalo.

No hace falta que diga que este recital ha sido uno de los más excelsos de los que he tenido oportunidad de escuchar en bastantes años (algunos de los del propio Barenboim incluidos).

3 comentarios:

  1. Ciertamente increible lo de Schubert el Domingo en el auditorio. ¡Maravilloso! Me pregunto por qué habrá grabado tan poco a Schubert y si lo piensa hacer a medio plazo, porque en vista de los resultados....

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  2. Una pena que El País no se haya dignado a publicar una crónica del concierto. En cambio le dedica tres cuartos de página a ¡Sergio Dalma! Ver para creer. Alguien tendría que avergonzarse de eso. JSR

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  3. ...rectificar es de sabios. Hoy apareció una entrevista estupenda y una crítica del concierto en El País. JSR

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