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lunes, 14 de febrero de 2011

El ciclo Beethoven de Thielemann en DVD: rebuscado y sentimental

El ciclo sinfónico beethoveniano más recomendable en DVD sigue siendo el de Bernstein (D.G.), pues su nivel es sostenidamente muy alto, sin un solo bache ostensible. Éste que ahora publica, en DVD y Blu-Ray, el sello C Major, no está a la altura de las expectativas: Thielemann, la gran esperanza entre las batutas alemanas, no me parece un gran intérprete beethoveniano; al igual que Karajan, es muy superior en Richard Strauss que en el autor de Fidelio. En éste lo considero un sólido kapellmeister con ciertas pretensiones de originalidad, pero no en los planteamientos o en las ideas sobre las obras, sino que se plasman sólo en detalles o exageraciones aquí y allá. Abunda en éstos: cambios de tempo algo bruscos e injustificados (éstos son particularmente mareantes sobre todo en el finale de la Quinta Sinfonía) que no son, en mi opinión, sino ocurrencias. También gusta de trufar sus versiones con frases en inesperados pianos o pianísimos en los que el sonido se vuelve en exceso etéreo e incorpóreo. Recordemos que los grandes maestros beethovenianos nunca han hecho eso, porque resulta altamente inconveniente. La idea de Beethoven que tenemos forjada, a través de las aportaciones de los más grandes intérpretes, y que es de una lógica global aplastante, no se compadece de ningún modo con estos caprichos o arbitrariedades, y menos aún con lo que me falta por señalar, que es ni más ni menos que el sentimentalismo, que está con Thielemann presto a aflorar en cuanto que hay una frase melódicamente bella, lírica o tierna. Ocurre prácticamente en todos los movimientos lentos, y me parece la acusación más grave contra estas versiones: de pronto creemos estar escuchando un detalle –como procedente de Tchaikovsky o de otro compositor posromántico– que no cuadra con el resto de la música. Estos deslices suelen ser expuestos mediante forzados apianamientos con un acusado vibrato, que resultan abiertamente fuera de estilo. Momentos claramente rebuscados que en ocasiones rozan la cursilería, lo cual es, sin duda, un pecado mortal intolerable en la música de este genio capaz de expresar intensa ternura, pero nunca blandura o empalago.

Es una lástima, pues por lo demás los planteamientos de Thielemann suelen ser serios y sólidos, dentro de la tradición más genuina, si bien con alguna extravagancia como el tempo algo excesivamente veloz de los terceros movimientos de las dos primeras sinfonías, que en el caso de la Segunda se agudiza además con una sonoridad demasiado leve, liviana y finolis. Pero los defectos apuntados –así como transiciones con frecuencia resueltas sin fluidez– agrietan, un poco o incluso bastante, la unidad de los edificios formidablemente planificados que son estas sinfonías. Por otro lado, Thielemann no alcanza la grandeza y del pathos que saben imprimirles los más grandes directores, y no siempre sabe mantener la tensión (sobre todo, en la Quinta). La Marcha fúnebre de la “Heroica” carece de estatura épica y suena algo tristona, casi plañidera en algún instante. La interpretación que más me ha gustado es quizá la de la Séptima, mientras que la que menos es quizá la de la siempre peligrosa “Pastoral”, en la que, además de lo dicho, encontramos algo verdaderamente estrafalario: al final de la Escena junto al arroyo, los pájaros ¡rubatean! Me temo que Thielemann ha creído hacer un descubrimiento que “no se le había ocurrido a nadie hasta ahora”.

La Octava también es bastante rebuscada y errada: en el “Allegro vivace e con brio”, con forzados parones y carente tanto de humor como de fuego, no encontramos ni vivacidad ni brío, sino una dudosa elegancia de rubatos nada fluidos ni naturales.

En la Novena, tras un primer movimiento, si bien no siempre todo lo claro que debería, muy bien planteado (en el que se revela con nitidez, minuto 10’30”, una pre-cita literal de las trompetas en el epidodio correspondiente de la Octava de Bruckner), vuelven los vaivenes en el scherzo, con un timbal tímido, y el sentimentalismo al “Adagio” y a la introducción del finale (con un vibrato que me pone los pelos de punta), mucho mejor en la parte coral. Para quien tenga alguna duda: compárese la inmensa emoción que, sin ese sentimentalismo fácil y extemporáneo, logra Bernstein (tanto en Viena como en Berlín) y se verá quién de los dos es un genio. Notable para el lírico cuarteto y sobresaliente para el nutrido coro, que canta sin partitura.

El tercer DVD de cada álbum contiene documentales de casi tres horas cada uno en los que conversan Thielemann y el gran musicólogo Joachim Kaiser, un hombre sabio, casi anciano (n. 1928) pero extremadamente apasionado y vehemente. Sin embargo las aportaciones habladas, insertadas entre las ejecuciones, íntegras o casi, de las sinfonías, son breves.

3 comentarios:

  1. Are you englishman? demasiado apadionado? cambios subitos? conoce a Mengelberg? conoce a Firtwängler?

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  2. Las verdades individuales no son verdades universales, sólo són opiniones. No se puede encabezar una crítica así, señor que escribe en Ritmo desde tiempos inmemoriales.

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  3. Este comentario surge íntegramente desde un punto de vista totalmente subjetivo. Así que comento de igual manera: Bernstein-Viena tiene momentos que me conmueven (por ejemplo la segunda parte del movimiento final de la novena o el segundo movimiento de la sexta). Sin embargo, Thielemann es extraordinario en casi todo momento, me recuerda a los grandes directores subjetivistas como Furtwangler, cosa que me fascina, y sin duda prefiero este ciclo al de Bernstein.

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