Follow by Email

jueves, 24 de febrero de 2011

Presentación en Ibermúsica de Yannick Nézet-Séguin

Como recordarán probablemente los lectores de este blog, ya llevo unos pocos años tras la pista del joven director canadiense Yannick Nézet-Séguin, desde el momento mismo en que le escuché lo primero, Roméo et Juliette de Gounod en Salzburgo (DVD de D.G.). Pues bien, en su presentación para Ibermúsica, en el Auditorio Nacional el 21 de febrero de 2011, ha constatado con fuerza que es un talento musical extraordinario y eso que se dice de tarde en tarde de una batuta: que es un director nato.

Abordó la Sinfonía concertante para violín y viola de Mozart –por fortuna, para mi gusto– desde una perspectiva totalmente ajena a los presupuestos historicistas (un pinito que hizo con ellos derivó en una horrenda Sinfonía “Heroica” en los Proms): una versión dramática, pero no ampulosa, y con un finale bastante spiritoso. Maravillosa la London Philharmonic, que se desenvuelve como pez en el agua en el Clasicismo. El violín solista, Stefan Jackiw, mostró una excepcional sensibilidad (en algún momento creo que más mendelssohniana que mozartiana), mientras que el viola, también muy joven, Richard Yongjae O’Neill, no me pareció a la altura, y no sólo por el aparatoso tropiezo en la coda final, sino por tener un sonido un tanto opaco y monocorde. Por lo demás se compenetraron bien, adoptando en cierto modo un rol femenino por parte del violín y masculino de la viola.

La Canción de la Tierra de Mahler pudo ser formidable de haber contado con dos cantantes de mayor nivel: Sarah Connolly cantó bien, pero la emoción sólo afloró en “La despedida”, tras el interludio orquestal. Y en cuanto a Toby Spence, es demasiado lírico (aunque la voz le ha oscurecido últimamente), resultando por tanto adecuado (salvo algún grave poco audible) para los números 3 y 5, pero en absoluto para el 1, en el que fue sepultado por la orquesta al carecer de volumen suficiente o de squillo.

Pero Nézet dio completamente la talla en obra tan comprometida: por fortuna (de nuevo para mis gustos), la versión fue sobria, áspera, incisiva; en el primer número, incluso durísima, klempereriana. Sólo se permitió cierta dulzura en determinados pasajes de los restantes números en los que no queda nada mal: una especie de combinación entre Klemperer (núm. 1) y Bernstein (el resto). Logró una claridad extraordinaria y unas gradaciones dinámicas de mil matices de una orquesta admirable, con solistas estupendos, en primerísimo lugar el flauta santanderino Jaime Martín.

Sí, Yannick es ya un director de altos vuelos; si no se frustra, va a ser un nombre estratosférico en muy poco tiempo. También empieza a vislumbrarse, pues, un relevo generacional entre las batutas, no sólo entre los instrumentistas y los cantantes.

No hay comentarios:

Publicar un comentario