Follow by Email

miércoles, 2 de febrero de 2011

“Elektras” en DVD: Dohnányi, Weigle y Gatti

Recientemente han llegado a mis manos tres versiones de la Elektra de Strauss en DVD: una dirigida el año 2005 en la Ópera de París por Christoph von Dohnányi, otra de 2008 en el Liceu de Barcelona con Sebastian Weigle y una tercera en el Festival de Salzburgo de 2010 por Daniele Gatti. La primera y la tercera, sobre todo, tienen elementos de gran interés.

Dohnányi con Polaski

La primera es, lástima, una grabación monoaural, aunque de sonido aceptable, que posee dos elementos memorables: la intervención de Deborah Polaski y la dirección musical de Dohnányi. La soprano, una de las que más veces ha cantado el demoledor papel de Elektra (y que ha grabado con Abbado en DVD y con Barenboim en CD) hace una sobrecogedora interpretación, desgarrada y desgarradora, pero a la vez matizadísima y con momentos de una emoción inmensa (cuando reconoce a su hermano Orestes: momento de saltarse las lágrimas); su labor como actriz es, además, de una aplastante credibilidad: no hace de Elektra, es Elektra (durante las ovaciones se aprecia a la perfección cuánto tarda en volver a la realidad). La voz, grande y timbrada, no es bella, pero en ninguna parte se ha dicho que haya de ser una voz bella, sino con carácter. También habrá quienes critiquen este o aquel agudo, pero permítanme que no les tenga mucho respeto si a eso le dan más importancia que a todas sus poderosísimas virtudes. En cuanto a la Crisotemis de Eva Maria Westbroek, ya anunciaba de sobra (escúchesela, aún mejor, un lustro después) que es un papel que le va como anillo al dedo. Felicity Palmer es una cantante de gran inteligencia, pero su voz es tal vez demasiado lírica; en cualquier caso, convence. No ocurre lo mismo con los dos principales papeles masculinos del reparto: el pálido y demasiado lírico Orestes de Markus Brück y el a todas luces endeble, en lo vocal y en lo interpretativo, Egisto de Jerry Hadley.

La escena de Matthias Hartmann no me convence gran cosa: el espacio escénico no ayuda a situarse, la dirección de actores deja que desear (sólo se sobrepone Polaski) y, la verdad, no me parece una buena idea que Orestes mate a Clitemnestra y luego a Egisto a la vista de los espectadores: es impacto de mucho mayor sólo escuchar los desgarradores gritos.

Lo que encuentro sensacional es la dirección musical (que me ha recordado bastante a Solti): muy expresionista y de una incisividad, fuerza y dureza tremendas; logra una respuesta asombrosa de la orquesta y una indeclinable tensión y angustia, tales que cuando la representación termina se nos quita un gran peso de encima: el gran placer estético que produce el intenso dolor artísticamente elevado.

Weigle

En la segunda, la Polaski ya no está tan bien de voz como en 2005, y además no se la ve tan entregada ni tan convincente: es seguro que con la batuta de Dohnányi se halló mucho más cómoda y más en consonancia que con Weigle, quien por cierto lleva a cabo una labor más bien ecléctica bastante notable, pese a que la orquesta se queda un poco corta (y está un tanto fallona; aun así, teniendo en cuenta la tremenda dificultad de la partitura, es de admirar el rendimiento general). Tampoco debió de sentirse Polaski muy estimulada ni inspirada por sus compañeros de reparto, ninguno de los cuales me gustó gran cosa: lo de Eva Marton como Clitemnestra lo encuentro patético: con la voz destrozada, con un trémolo terrible (¡me llega a recordar a Natalia de Andrade!), intenta disimular sus pavorosas carencias gritando sin cesar, vociferando de principio a fin: eso no es una interpretación. Perdón por ser tan cruel, pero lo encuentro sencillamente indignante e inadmisible. Muy floja cantante e incapaz de matizaciones psicológicas la Crisotemis de Ann-Marie Backlund. No mucho más me ha gustado como Orestes Albert Dohmen, un bajo-barítono de voz consistente pero intérprete bastante monocromo. Muy bien Graham Clark, Egisto juerguista y borrachín, bastante grotesco pero creíble: él y la Polaski son los únicos cantantes de actuación consistente.

La escena de Guy Joosten me ha parecido pretenciosa, más bien arbitraria y absurda, ayuna de ideas y muy poco efectiva.

Gatti ¡con la Meier!

La versión de Gatti no goza de una dirección musical de interés: ni posee personalidad ni intencionalidad claras; por el contario, tiene fuertes altibajos e incluso momentos –generalmente momentos clave– en los que hay cierto barullo orquestal o, como al final, carencia de la debida intensidad y contundencia. Y no será por culpa de la orquesta, la formidable Filarmónica de Viena. No entiendo muy bien la elección de Iréne Theorin para el terrible papel titular. ¿Fue acaso una sustitución? Posee, sí, agudos timbrados, pero ni el centro ni el grave –áfono– poseen la debida consistencia, y el trémolo es bastante agobiante (pese a no ser precisamente una mujer mayor). Su canto es notablemente limitado y resulta incapaz de dotar de variedad timbrica su emisión. Tiene a su lado, sin embargo, a cuatro magníficos en los otros cuatro principales papeles: una valiente, intensa y convincente Westbroek como Crisotemis (un papel, como se sabe, más corto pero no mucho menos difícil que el de su hermana).

Una impresionante Waltraud Meier encarna a Clitemnestra, acaso la más sutil intérprete y cantante –las dos cosas, además, aquí inseparables– de este papel tan proclive a los excesos y a encomendarlo a voces que fueron (algunas de las cuales, como Astrid Varnay o Anja Silja que, ciertamente, impresionan), pero que cobra una nueva dimensión y halla multitud de recovecos psicológicos cuando la redescubre la insigne soprano-mezzo alemana: no es una vieja con aspecto de zorrón (como suele ser Herodías), sino una señora con clase, terriblemente atormentada por su crimen, asustada y hasta desvalida. ¡Chapeau una vez más, Sra. Meier, tanto por su canto, por su musicalidad, su inteligencia y sus cualidades como actriz!

Imponente también René Pape como Orestes: la voz, en efecto, conviene más a un bajo que a un barítono (por muy genialmente que lo haya hecho Dieskau), y además da gusto escuchar semejante caudal tan admirablemente manejado y encaminado.

Incluso el Egisto de Robert Gambill es espléndido: muy bien de voz y muy acertado en la caracterización, nada caricaturesca.

La función, sin público (¿una especie de ensayo general?) muestra una escena eficaz, austera y sumamente desagradable (lo que resulta muy adecuado), pero demasiado deudora de Götz Friedrich (en la grandiosa, todavía para mí insuperada versión de un muy anciano Karl Böhm, con lo mejor que le recuerdo a Rysanek, además de Catarina Ligendza, Varnay, Fischer-Dieskau y Hans Beirer) y, en algunos detalles, de la de Dieter Dorn (vista en el Teatro Real en 2002 con Elisabeth Connell, Sylvie Valayre, Anja Silja, Hanno Müller-Brachmann y Reiner Goldberg, dirigiendo Daniel Barenboim, y que circula por ahí en DVD de escasa calidad técnica).

1 comentario:

  1. Muy de acuerdo con todo lo que dices de las tres versiones, Ángel. Lo de la Polaski en París es impresionante, y más aún lo de la Meier en Salzburgo. Por cierto que hoy mismo se acaba de anunciar la aparición de esta última en DVD y Blu-ray. ¡Lástima de la blanda dirección de Gatti!

    ResponderEliminar