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lunes, 4 de mayo de 2026

Blomstedt logra su Bruckner más hermoso

 

La Séptima Sinfonía con la Orquesta Filarmónica de Berlín

El sueco-estadounidense Herbert Blomstedt sigue dirigiendo a sus 98 años. Sentado en el podio y desplazándose con ayuda de un andador, impresiona verlo, pero no menos admirar su extraordinaria lucidez musical a tan avanzada edad. Repasando su discografía bruckneriana me he encontrado con que yo le había asignado como mínimo un 8 a varias de sus grabaciones (en audio o en vídeo), un 8,5 a otras, y un 9 a su Primera (Gewandhaus, Accentus 2023), a una de sus Sextas (Digital Concert Hall 2010) y a otra de sus Octavas (DCHall 2015).  

A la Séptima Sinfonía del pasado 25 de abril en Berlín (Digital Concert Hall) le otorgo un 9,5 nada menos (para el 10 hay una competencia tremenda: dos grabaciones de Celibidache, con las Filarmónicas de Múnich y Berlín, y una de Barenboim, la que tiene con esta última Orquesta, en Teldec). Ha sido la de Blomstedt una versión amplia, no morosa (unos 70 minutos), muy bella en la sonoridad, que transmite una agradable sensación de calma y sosiego, pero no por ello ha estado carente de energía: una difícil cuadratura del círculo, que, para mi gusto, culmina en un memorable Adagio*. Formidable la Orquesta, con especial mención a los metales, al flauta Emmanuel Pahud y al clarinete solista (un chico bastante joven cuya cara me suena, pero que no consigo ubicar).

Por cierto: para quien pueda seguirla en Digital Concert Hall, le recomiendo que no se pierda los comentarios, escuetos y profundos a la vez, de Blomstedt sobre la obra, hablados en alemán y con subtítulos en inglés. Blomstedt afirma estar plenamente de acuerdo con la opinión de Arthur Nikisch de que es la Sinfonía más admirable compuesta después de Beethoven. Escuchándola ayer, pensé en varios momentos: ¡cómo es posible que haya melómanos -o al menos aficionados a la música clásica- que no sean capaces de disfrutar de las enormes, infinitas bellezas y emociones de esta obra! Creo que, o no se han tomado en serio escucharla con atención, o hay algo en su facultad de percibir que no les rula bien.

*"La música más bella jamás compuesta", en palabras de Karl Böhm.

jueves, 16 de abril de 2026

La nueva película sobre Sergiu Celibidache: "The Yellow Tie"

 

Pocos CDs autorizados, pero sí una docena de DVDs y Blu-rays

Acaba de estrenarse este biopic, dirigido por el hijo del enorme director, Sergiu Ioan Celibidache, y protagonizado por nada menos que John Malkovich. Mi curiosidad por ver este film es enorme.

Pero el firmante de la crónica aparecida el 16 de abril en “El País”, Benjamín G. Rosado, insiste mucho en que “Celi” (como le llamamos muchos melómanos) tenía auténtica obsesión por que no le grabaran, y así los discos (aparte las piratadas) tomados con su consentimiento son de sus primeros años y muy escasos. Pero, ¡pero!… se ha olvidado de decir que, en sus últimos años, sí dejó que se filmasen algunos de sus conciertos, y gracias a este cambio de criterio, conservamos varios DVDs y Blu-rays comerciales de un interés excepcional.  

Y son nada menos que las Sinfonías de Bruckner Cuarta, (1983), Quinta (1985), Sexta (1991), Séptima (1990 con la Filarmónica de Múnich, como todo lo demás) y 1992 (con la Filarmónica de Berlín) y Octava (1990), así como un ensayo de su Tercera Misa, en Fa menor (1991).

También aceptó que se filmasen la Sinfonía “del Nuevo Mundo” de Dvorák más genial que se conoce (1991), la Sinfonía “Clásica” de Prokofiev con su correspondiente ensayo (1988) y nada menos que los Conciertos para piano de Brahms (los dos, 1990), Schumann (1991) y Tchaikovsky (nº 1, 1991), los cuatro con Daniel Barenboim de solista. ¡Ahí es nada, esta colección de doce conciertos y dos ensayos con imágenes publicados por Arthaus, EuroArts y Sony! Olvido, intencionado o no, incomprensible, de B. G. Rosado. (No sé por qué me da en la nariz que a algunos de los muchos antibarenboimianos de nuestro país no les hace nada de gracia que el genial Celibidache, al que tanto admiran, optase por el de Buenos Aires para grabar estos Conciertos, y, simplemente, deciden ignorarlos: rarísima vez los citan en sus críticas. No digo que este sea el caso de Rosado: ni idea).


sábado, 31 de enero de 2026

El concierto de Lahav Shani con la Filarmónica de Berlín del 24 de enero

 

Ives, Shostakovich ¡y Dvorák!

El programa comenzó con La pregunta sin respuesta de Charles Ives, Magnífico en sus solos el trompetista, y reveladoras las maderas, por cierto. Pero lo más importante: creo que Shani ha dado en el clavo, logrando una versión particularmente misteriosa, enigmática e inquietante de la, con razón, prestigiosa página de una fecha tan temprana como 1906. Sí, tan adelantada a su tiempo que en su estreno, ¡en 1941! fue recibida con total indiferencia.

Siguió el Primer Concierto para violín (1948) de Shostakovich. Shani se halla muy cómodo tanto en la desolación del Nocturno como en el sarcasmo (que, en mi opinión, bordea la vulgaridad) de los movimientos segundo y cuarto de la partitura, que fue atendida con enorme competencia y precisión. Pero, señores, si escuchamos la versión con los ojos cerrados, sin saber quién toca, pensamos en que es uno de los más grandes y reconocidos violinistas de la actualidad. ¡Pues bien, es Daishin Kashimoto, uno de los concertinos de la orquesta! Asombroso en todo: en virtuosismo (¡qué cadenza!), en sonido, en comprensión de la música.

La segunda parte la ocupó la Sinfonía “del Nuevo Mundo” de Dvorák, en una interpretación que calificaría de descomunal. Tremendamente enérgica, potente, apasionadísima, rebelde, me ha dado la impresión de ser una respuesta a la terrible actualidad internacional que nos está cercando: una de las interpretaciones más rabiosas que haya escuchado y, acaso, la mejor tocada que recuerdo; la orquesta estuvo entregada al máximo. Al concluir me vino a la cabeza que, si Trump no acaba con la civilización actual, Shani merecería ser el siguiente director titular de la Filarmónica de Berlín*. Hay algunos directores jóvenes más encumbrados por el marketing (Klaus Mäkelä, concretamente), pero ni a este ni a otros cuantos de su generación les he escuchado nada del calibre de esta interpretación de la maravillosa última Sinfonía del compositor checo. Desde la alucinante interpretación videográfica de Sergiu Celibidache no escuchaba nada tan portentoso. El éxito obtenido por Shani fue absolutamente delirante. ¡Justificadísimo!

*Por supuesto, una afirmación tan "temeraria" no la hago solo tras la escucha de esta Nuevo Mundo; son no pocas las interpretaciones magistrales que le he escuchado a este pianista y director de 37 años. 

lunes, 9 de septiembre de 2024

El legado de Celibidache con la Filarmónica de Múnich

 

Un Blu-Ray de EuroArts que contiene lo que fueron 3 DVDs: ¡TODO DE 10!


EuroArts acaba de publicar este Blu-ray, “The legacy of Sergiu Celibidache with Münchner Philharmoniker”, que puedo calificar de trascendental, uno de los mayores tesoros de la música clásica filmada.

Contiene una actuación de 1994 en la Philharmonie de Colonia con Iberia y el Preludio a la siesta de un fauno de Debussy, la Alborada del gracioso, Rapsodia española y Bolero de Ravel.

Ensayo -interesantísimo, apasionante- y subsiguiente ejecución sin público de la Sinfonía 1 “Clásica” de Prokofiev (Múnich, 1988).

Interpretación en público (Múnich, Philharmonie am Gasteig, 1991) de la Sinfonía 9 “del Nuevo Mundo” de Dvorák.

Interpretaciones en público (Múnich, 1991) de los Conciertos para piano de Schumann y Tchaikovsky (nº 1), con Daniel Barenboim.

Puedo afirmar y afirmo que todas estas interpretaciones son merecedoras de un 10. Algunas -las de Debussy y Ravel- pueden no ser del gusto de todos, por su gran lentitud, pero las considero rotundamente geniales. En cuanto a la Sinfonía “Clásica”, solo las grabaciones de audio de Giulini/Sinfónica de Chicago y Ozawa/Filarmónica de Berlín (ambas DG) me parecen de este nivel. De la Sinfonía “del Nuevo Mundo” esta es, de lejos, mi versión favorita. Ninguna otra puedo ponerla a su altura. Y en cuanto a los Conciertos para piano, en Schumann solamente Arrau me ha gustado tanto (con Dohnányi/Concertgebouw y Colin Davis/Boston, ambas Philips), y en Tchaikovsky, solo Kissin con Karajan/Berlín (CD DG y DVD Sony). Por cierto, en este Blu-ray no han incluido los dos Conciertos de Brahms que Barenboim y Celibidache filmaron juntos también en la capital bávara el año 1991. ¿Problema de derechos?...

Algunas precisiones finales: salvo la obra de Prokofiev, que no parece haber ganado, todas las demás obras suenan y se ven apreciablemente mejor que en las ediciones que había hasta ahora, en DVD. En todos los casos se ha respetado el formato original en 4:3. Por lo tanto, no hay franjas horizontales cortadas para llenar la pantalla. 286 minutos apasionantes, fascinantes, históricos.

NOTA: las Sinfonías de Bruckner no figuran en este "legado" por una sencilla razón: no pertenecen a EuroArts, sino a Sony. ¡Ya podrían estos animarse a pasarlas también de DVD a Blu-ray!

domingo, 21 de enero de 2024

En el segundo centenario del nacimiento de Anton Bruckner

 

Declaraciones de Blomstedt

El día 17 ha aparecido en el diario “El País” un interesante y reivindicativo artículo de Pablo L. Rodríguez sobre Bruckner. Gracias a él me he enterado de que ha salido un libro en español, escrito por el conocido musicólogo Constantin Floros y titulado “Anton Bruckner. Personalidad y obra” (edit. Universidad de Castilla-La Mancha). Lo cual es un notición, porque lo poquísimo que había hasta ahora en castellano era poco recomendable (he encargado dicho libro y espero ansioso su llegada).

Pablo L. R. recoge unas declaraciones del director Herbert Blomstedt en las que afirma rotundamente que Bruckner es el mayor sinfonista después de Beethoven, opinión con la que estoy de acuerdo (se queda corto con respecto a Sergiu Celibidache, quien lo consideraba no en segundo lugar, ¡sino en el primero!). Blomstedt, ¡que sigue activo a sus 96 años!, sigue declarando: “ningún otro sinfonista fue capaz de plasmar la grandeza interior de la sinfonía de manera tan convincente como Bruckner”. Y continúa diciendo: “estas sinfonías representan el anhelo de lo eterno”. Pero “no las considero religiosas, pues Bruckner buscaba una sala de conciertos para el mundo entero. Su profesión de fe era la música”. Y habla de obras colosales y exigentes que “demuestran un gran intelecto, pero también saben expresarse con brevedad y sencillez cuando es necesario”. Estoy muy de acuerdo con todas estas opiniones del gran director sueco, aún activo a sus ¡96 años!

En cuanto a Floros, conocido musicólogo greco-germano, de 94 años, muestra en su libro sus preferencias por tres reconocidos directores brucknerianos. El primero es Eugen Jochum (1902-1987), adelantado apóstol de Bruckner, cuyo primer ciclo para DG, con la Filarmónica de Berlín y la Sinfónica de la Radio Bávara, tuvo mucho mérito en su día como divulgador del compositor austríaco, pero, sinceramente, creo que hoy no mantiene todos los valores de su tiempo. Para mí, se salvan casi todos sus Adagios y una Sinfonía al completo: la Primera. Su segundo ciclo, para EMI, con la Staatskapelle Dresden, no mejoró en líneas generales a la anterior.

El segundo es Sergiu Celibidache (1912-1996), al que será difícil negarle absoluta genialidad sobre la mayor parte de sus interpretaciones brucknerianas. Y ello pese a su carácter tan personal y peculiar, que se manifiesta sobre todo en sus -a menudo enormes- lentitudes. Y el tercero es Günther Wand (1912-2002), creo que sin duda también uno de los grandes intérpretes del autor que nos ocupa, sobre todo en sus últimos años: varias de sus grabaciones para RCA con la Filarmónica de Berlín son admirables.


Otros grandes brucknerianos

Pero, como dice Pablo L., llama la atención la ausencia en el citado libro de otros ilustres brucknerianos, y cita a Herbert von Karajan, Bernard Haitink, Daniel Barenboim y Blomstedt. En lo que le doy la razón, por supuesto, aunque me siguen faltando Otto Klemperer, Karl Böhm, Sir Georg Solti y Carlo Maria Giulini. ¿Cómo ignorar las seis últimas legadas por Klemperer, la 3ª, 4ª, 7ª y de Böhm, las núms. 1, 5, 6, 7 y 9 de Solti en Chicago, por no hablar de la , la 7ª, 8ª y de Giulini? Téngase muy en cuenta que esta última, en su grabación la Filarmónica de Viena para DG en 1989, ha sido considerada por muchos la más grande interpretación de cualquier sinfonía de Bruckner existente en disco. Y, por supuesto, hay memorables grabaciones aisladas de otros varios directores.

El ciclo grabado por Karajan con la Filarmónica de Berlín, y más aún otras interpretaciones aisladas con la Filarmónica de Viena, son insoslayables. Por su parte, Haitink, después de un prematuro, irregular y no muy logrado en conjunto, ciclo con la Concertgebouw, ha conseguido verdaderas maravillas con no pocas grabaciones en Dresde, Múnich, Londres o, sobre todo, Viena. De Barenboim baste decir que es, seguramente, el mayor intérprete vivo de Bruckner, y que nadie más que él ha grabado tres veces su ciclo sinfónico. Blomstedt me parece que está un poco por debajo, en este autor, de los tres anteriores.


Dos ciclos un tanto decepcionantes

Le vuelvo a dar la palabra a Pablo L.: “El bicentenario del compositor ha coincidido con el lanzamiento de dos integrales sinfónicas en disco de Christian Thielemann y la Filarmónica de Viena, en Sony Classical, y de Andris Nelsons y la Gewandhaus de Leipzig, en Deutsche Grammophon. Ambas son decepcionantes por diferentes motivos. Thielemann grabó el ciclo de las 11 sinfonías, con la de estudio y la descartada (las llamadas núm. 00 y núm. 0), entre 2019 y 2022. Una versión que exalta el glamur sonoro de la orquesta vienesa, depositaria del estreno de varias sinfonías de Bruckner, pero sacrifica la profundidad de la música. No se trata de un problema de agilidad o de fluidez, de tempos lentos o rápidos, sino simplemente de interpretaciones cegadas por el hedonismo tímbrico y carentes de emoción. Por otro lado, Andris Nelsons comenzó su ciclo en 2016 y lo culminó cinco años después, aunque sin la sinfonía de estudio. La orquesta de Leipzig, en su caso, también ofrece una gran excelencia sonora junto a una sólida tradición, pues estrenó la Séptima sinfonía, si bien el resultado es contemplativo y superficial”. El juicio sobre este último me parece un poco duro, aunque algo de ello veo en estas interpretaciones, que encuentro en todo caso superiores a las de Thielemann.

También viene a decir que más interesantes que estos dos ciclos le parece el que está realizando Markus Poschner (Múnich, 1971) para el sello Capriccio, y que se anuncia como “de todas las versiones”, es decir, tal vez de al menos dos ediciones distintas de varias de las Sinfonías; ya veremos: “todas” no creo que pueda ser, pues de algunas Sinfonías existen más de dos y de tres… Por el momento solo se han publicado 1ª, 2ª, 5ª y . Salvo la , que es con la Orquesta Sinfónica de Radio Viena -un conjunto más que notable- las otras tres lo son con la más modesta Orquesta Bruckner de Linz. De entrada, hay que dejar bien patente que ni una ni otra pueden competir con las “superorquestas” que han grabado los principales ciclos brucknerianos. Poschner se revela como un muy buen conocedor de Bruckner y un músico más que sensato. Pero me temo que estas cualidades no son suficientes para hacer plena justicia a estas reconocidamente dificilísimas obras, que requieren una batuta de técnica excepcional, de una lúcida visión global de su arquitectura y de un talento extraordinario para ahondar en sus profundidades. Así que me temo que lo más logrado hasta la fecha (en CDs o DVDs/Blu-rays) se sitúa en la franja de tiempo que terminó hace un par de lustros.

martes, 21 de febrero de 2023

Barenboim resiste. Una nueva madurez

 

Las tres últimas Sinfonías de Mozart en Milán

Aunque poco a poco y espaciando sus apariciones en público, Daniel Barenboim vuelve a la actividad. Lo último que hemos podido verle y escucharle (en LaScala.tv) ha sido un concierto los días 15, 16 y 18 de este mes de febrero en el que ha dirigido, a la Orquesta Filarmónica de La Scala milanesa, las tres últimas Sinfonías de Mozart. Un caballo de batalla muy suyo, y que sin embargo, misteriosamente, no ha grabado desde hace muchos años, a finales de los 60 con la English Chamber Orchestra. Recientemente las ha hecho en numerosas ocasiones, por ejemplo con la Filarmónica de Viena en esa ciudad y en Praga (2012), así como con la Orquesta del Diván en Ginebra (2015: filmación no publicada en soporte físico). Interpretaciones, todas estas de los últimos años, de primera magnitud, sobre todo de la 39 y la 40; curiosamente, un poco menos de la 41, de la que en 1984 grabó una formidable interpretación para EMI con la Orquesta de París que -también extrañísimo- no ha sido, si no me equivoco, pasada a CD.

Bastante diferentes son las que acaba de hacer en Milán, como si hubieran pasado 30 años desde las de 2012 o 2015. Se trata de una singular nueva madurez de este colosal músico. Muy disminuido físicamente, caminando inseguro lentamente, a pasitos cortos, ha demostrado sin embargo una asombrosa lucidez. Y, al hacer música, una transfiguración, pues se hallaba durante el largo programa espabilado, incluso poniéndose en pie, y de buen humor (a un espectador que le gritaba fuerte “¡bravo, bravo!” le contestó: “¡debería usted presentarse a las pruebas para entrar en el Coro!”). Con la lentitud tan frecuente en los directores muy mayores, desgranó estas obras capitales con una inmensa sabiduría, paladeándolo todo, adoptando unos fraseos de singular fluidez y naturalidad en las transiciones, de una lógica inapelable, consiguiendo una asombrosa transparencia y manejando magistralmente la agógica -sin la menor extravagancia- y la dinámica.

Pese a los tempi calmados, hubo mucha energía interior. En el finale de la 40 la rabia y rebeldía de 1968 (¡y de 2012!) pasan a ser ahora puro dramatismo. Por cierto, este movimiento es aquí más klempereriano que el de Klemperer en su grabación (1963). Introspección, hondura, abandono, dolor contenido (inenarrable “Andante cantabile” de la “Júpiter”). El finale de esta Sinfonía difícilmente se habrá escuchado con tal claridad polifónica; tras un acentuado rubato, la coda alcanza un punto de grandiosidad nada retórico, con las trompetas bien presentes. Por cierto, lo que consiguió de la Orquesta, que no es la bomba, llama la atención: ha debido de trabajar a fondo con ella. ¡Qué distinto habría sido todo, seguramente, con Daniel Harding, a quien “por motivos familiares” Barenboim sustituía! Habiéndome recordado por momentos el arte de Celibidache, es este, en cualquier caso, “otro Barenboim”. ¿Más genial aún? Puede que sí. El público lo recibió, en pie, con una calurosísima acogida y la Orquesta, con palpable cariño (emocionado abrazo del concertino). Al final se dirigió al público para darle las gracias por tanto fervor. En un italiano irreprochable.

Sería una pena que no quedase constancia documental de este concierto memorable, y tal vez de otras interpretaciones de tal guisa que pudieran venir ahora… si la salud se lo permite. Parece sentirse seguro, pues incluso tiene previstos el 26 y 27 de febrero, además de un programa Berlioz con Las noches de estío con Cecilia Bartoli más la Sinfonía “Fantástica” (Staatskapelle Berlin), recitales de piano en marzo en Montecarlo, Zúrich, Basilea, Martigny, Ginebra y Berlín con… ¡las tres últimas Sonatas de Beethoven!

 

domingo, 8 de enero de 2023

Cierto desencuentro en Schumann, tocando el cielo en Brahms

 

Argerich, un poco versus Barenboim

Tras el largo paréntesis por su enfermedad, la primera reaparición en la que he podido escuchar (y ver) a Daniel Barenboim, después de la no divulgada Novena Sinfonía de Beethoven del 31 de diciembre y el 1 de enero, ha sido su concierto con la Filarmónica de Berlín del 7 de enero, que hemos podido presenciar en directo los abonados a Digital Concert Hall. Al salir al escenario Martha Argerich y él, la acogida ha sido calurosísima: se palpaba la emoción por poder ver y escuchar al más grande músico viviente, al que muchos creían -creíamos- callado para siempre.

El Concierto para piano de Schumann se lo conocíamos tanto a ella en varias ocasiones como a él, tocando -en disco con Fischer-Dieskau a la batuta de la Filarmónica de Londres, y en CD y DVD a la de Múnich Celibidache- y dirigiendo a Michelangeli con la Orquesta de París allá por 1984 (CD de DG). Yo también so lo escuché dirigiendo en Madrid con la Staatskapelle Berlin al llorado Radu Lupu. Pues bien, ayer (día 7) por la tarde quedó bien claro que, pese a su gran amistad, Argerich y Barenboim no siempre se entienden del todo musicalmente. Ella tiene en Schumann al autor que, quizá, mejor ha interpretado. Y ayer hubo, además de un sonido ideal para este compositor y de una ejecución pulquérrima, multitud de frases maravillosas por su poesía. Pero el tempo más bien calmado que el director quería imponer se veía en ciertos momentos desmentido por algún tironcito de la solista, que se desbocaba un poco: no se la veía del todo cómoda con lo que quería la batuta. Aun así, los dos primeros movimientos fueron globalmente una maravilla -salvo algún acelerón en la cadenza-, pero en el tercero las discrepancias se hicieron más evidentes. Aunque hay quien sostiene que las diferencias de concepto entre un solista y un director en un Concierto son un elemento a favor de la música, que le proporcionan cierto morbo, yo no estoy muy de acuerdo: el pleno entendimiento entre ambos me parece más fructífero y más coherente para los resultados musicales. Barenboim, que dirigió sentado y con una gran economía de movimientos, ¡y sin partitura! (algo, como se sabe, poco frecuente cuando hay un solista), controló a la orquesta por completo, logrando unos tutti cálidos y apasionados y haciendo mucha música de cámara. Fue, pese a las diferencias entre ambas partes, una interpretación de carácter más intimista de lo habitual, con muchas frases contenidamente en piano de excepcional belleza y emotividad. Un detalle: el clarinete principal, un joven cuya cara no me sonaba, tocaba muy bien, pero tan tímidamente que casi no se le oía; probablemente ha tocado poco en orquesta y no calibraba bien el escaso volumen de su sonido en comparación con el de sus compañeros, por ejemplo el oboe del excelente Albrecht Mayer.

Ofrecieron de propina, a cuatro manos, El maridito, la mujercita, de Juegos de niños de Bizet. No muy limpiamente, pero ¡qué importa! Daba gusto ver a Barenboim volver al teclado, aunque inseguro.

Excelso Brahms

Allá por 1994 Barenboim grabó el ciclo sinfónico brahmsiano con la Sinfónica de Chicago, para Erato. A pesar de que había por entonces hecho numerosos Brahms memorables -sobre todo al piano- la Segunda Sinfonía de ese ciclo, intachable, resultaba poco personal, un poco neutra. Varios años antes yo le había escuchado por radio una con la Filarmónica de Berlín claramente más lograda. Pero en el segundo ciclo discográfico, con la Staatskapelle Berlin (DG 2018), Barenboim se sacó la espinita. Y otro tanto ocurrió en la versión filmada del ciclo en Buenos Aires, con la misma orquesta, también de ese año (DVD Arthaus). Una y otra -bastante similares- fueron versiones abiertamente dramáticas en su primer movimiento -más que pastorales al modo de Bruno Walter, de Barbirolli o de Giulini- y amargas en el segundo: en uno y otro caso me recuerdan no poco a la grabación de Furtwängler con la Filarmónica de Berlín (EMI 1952), más radical aún. En cualquier caso, como ese enfoque me parece no el único posible pero sí plenamente justificado, no entiendo cómo un perspicaz pero en ocasiones imprevisible crítico, gran admirador de Barenboim, descalificaba tajantemente esa visión del movimiento inicial.

En cualquier caso, lo que Barenboim hizo ayer fue bastante distinto: ese “Allegro non troppo” no careció, ni mucho menos, de empuje y tensión, pero su tempo fue más amplio y hubo en él mayor cantabilidad. Vamos, una completa maravilla, que de algún modo sintetizó la concepción de dos de los directores que para mi gusto mejor han hecho esta Sinfonía: Bernstein y Giulini. Mención especial al trompa Stefan Dohr. El “Adagio non troppo” siguió en la misma línea: calmoso, con frecuentes claroscuros, en los que cupieron lo doliente un tanto escarpado y su aceptación. El “Allegretto grazioso (quasi andantino)” fue un modelo de cómo a un breve episodio a modo de intermedio se le puede sacar el mayor partido. Y sencillamente glorioso el finale, “Allegro con spirito”, que engrandeció hasta lo nunca escuchado: coda optimista, radiante, pero no -como tantas veces- gritona, exhibicionista. En suma, lejos de la decadencia musical que algunos le adjudican últimamente, Barenboim logró ayer la interpretación más bella y emotiva que hoy puede escucharse. Yo, por mi parte, puedo decir que no conozco una sola versión en disco que me haya gustado tantísimo.

Más delgado y caminando con prudente lentitud, ayer Barenboim tenía mejor aspecto que el verano pasado y se hallaba feliz con la interminable y fervorosa ovación que el público, todo él en pie, le dedicó.