Mostrando entradas con la etiqueta Shani. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Shani. Mostrar todas las entradas

sábado, 31 de enero de 2026

El concierto de Lahav Shani con la Filarmónica de Berlín del 24 de enero

 

Ives, Shostakovich ¡y Dvorák!

El programa comenzó con La pregunta sin respuesta de Charles Ives, Magnífico en sus solos el trompetista, y reveladoras las maderas, por cierto. Pero lo más importante: creo que Shani ha dado en el clavo, logrando una versión particularmente misteriosa, enigmática e inquietante de la, con razón, prestigiosa página de una fecha tan temprana como 1906. Sí, tan adelantada a su tiempo que en su estreno, ¡en 1941! fue recibida con total indiferencia.

Siguió el Primer Concierto para violín (1948) de Shostakovich. Shani se halla muy cómodo tanto en la desolación del Nocturno como en el sarcasmo (que, en mi opinión, bordea la vulgaridad) de los movimientos segundo y cuarto de la partitura, que fue atendida con enorme competencia y precisión. Pero, señores, si escuchamos la versión con los ojos cerrados, sin saber quién toca, pensamos en que es uno de los más grandes y reconocidos violinistas de la actualidad. ¡Pues bien, es Daishin Kashimoto, uno de los concertinos de la orquesta! Asombroso en todo: en virtuosismo (¡qué cadenza!), en sonido, en comprensión de la música.

La segunda parte la ocupó la Sinfonía “del Nuevo Mundo” de Dvorák, en una interpretación que calificaría de descomunal. Tremendamente enérgica, potente, apasionadísima, rebelde, me ha dado la impresión de ser una respuesta a la terrible actualidad internacional que nos está cercando: una de las interpretaciones más rabiosas que haya escuchado y, acaso, la mejor tocada que recuerdo; la orquesta estuvo entregada al máximo. Al concluir me vino a la cabeza que, si Trump no acaba con la civilización actual, Shani merecería ser el siguiente director titular de la Filarmónica de Berlín*. Hay algunos directores jóvenes más encumbrados por el marketing (Klaus Mäkelä, concretamente), pero ni a este ni a otros cuantos de su generación les he escuchado nada del calibre de esta interpretación de la maravillosa última Sinfonía del compositor checo. Desde la alucinante interpretación videográfica de Sergiu Celibidache no escuchaba nada tan portentoso. El éxito obtenido por Shani fue absolutamente delirante. ¡Justificadísimo!

*Por supuesto, una afirmación tan "temeraria" no la hago solo tras la escucha de esta Nuevo Mundo; son no pocas las interpretaciones magistrales que le he escuchado a este pianista y director de 37 años. 

sábado, 6 de septiembre de 2025

Acerca de Bruckner y de Mendelssohn

 

Una cabezadita y un disfrute

“No es malo echarse una cabezadita durante una Sinfonía de Bruckner”: esta confesión le habrá encantado a Martín Llade. Lo malo es que procede de Max Richter, un “maltratador de Vivaldi” (escúchense sus New Four Seasons), un compositor que va de moderno, pero que me parece -por lo poco que le he escuchado, y no voy a insistir en conocer más cosas suyas: Ich habe genug, Ya tengo bastante- superficial, cuentista, pedante, carente de imaginación; en fin, insoportable, y, claro, muy o bastante comercial, porque muchos de sus oyentes se convencen escuchándolo de que “les gusta la música clásica de vanguardia”, ya que no entienden a Messiaen, a Berio, a Lutoslawski ni a Luis de Pablo.

A fin de cuentas, Max Richter solo demuestra con esa frase su falta de gusto y su desprecio (no es casual que ponga a Bruckner como ejemplo de aburrido, porque no pone a Brahms o a Mahler), sí, desprecio, por uno de los más grandes compositores. Su confesión tiene para mí el mismo nulo valor que si le oyese decir al hortera batutero superventas André Rieu que Furtwängler o Klemperer son unos directores coñazos.

* * * * * * * * * * *

La maravillosa Tercera Sinfonía “Escocesa” de Mendelssohn es mi favorita de su autor, y la tengo por composición a la que es especialmente difícil hacer justicia, hasta el punto de que no me satisfacen la mayor parte de las versiones discográficas, incluso de algunas batutas de gran prestigio. Pues bien, me acabo de encontrar con una interpretación que es la que más me ha satisfecho desde hace 65 años, es decir desde la inmortal grabación de Klemperer con la Philharmonia. Se trata del reciente CD de Warner por Lahav Shani y la Orquesta Filarmónica de Rotterdam (aquí en estado de gracia). 

Interpretación genuinamente mendelssohniana, bellísima, entrañable, conmovedora y nada ampulosa. El CD, de magnífico sonido, se completa con una excelente versión de la obertura Mar en calma y viaje feliz, así como con tres Romanzas sin palabras orquestadas por el propio Shani. Creo que con gran acierto: por ejemplo, la famosa nº 34, op. 67/4 “Spinnerlied” o “Canción de la hilandera”, me suena tal y como si la hubiese orquestado su autor.

 

martes, 1 de octubre de 2024

Directores (y directoras) jóvenes

 

Hace unos días hablábamos en este blog de directores jóvenes con, aparentemente, un futuro más que halagüeño. Haciendo memoria, he recordado los nombres de algunos de ellos. Considero jóvenes a quienes no hayan cumplido los 50 años de edad, ya que no es como los instrumentistas, que solo lo serían si tuvieran no más de 35, poco más o menos. Pues los directores suelen necesitar más tiempo para hacerse con la difícil técnica de la batuta y una madurez interpretativa*. He aquí mi lista provisional, por orden decreciente de edad. Que me gustaría que completáseis los lectores que lo consideréis conveniente, porque seguro que no me he acordado de algunos que merecen también estar. Por supuesto, hay entre ellos algunos nombres ya completamente consagrados:

Philippe Jordan (1974), Daniel Harding (1975), Alain Altinoglu (1975), Yannick Nézet-Séguin (1975), Pablo González (1975), Tomás Netopil (1975), Vasili Petrenko (1976), Juraj Valcuha (1976), Gustavo Gimeno (1976), Pablo Heras-Casado (1977), Andrés Orozco Estrada (1977), Andris Nelsons (1978), Ramón Tebar (1978), Oksana Lyniv (1978), Michele Mariotti (1979), Kazuki Yamada (1979), Rafael Payare (1980), Cristian Macelaru (1980), Gustavo Dudamel (1981), Omer Meir Wellber (1981), Jakub Hrusa (1981), Krzysztof Urbansky (1982), Giacomo Sagripanti (1982), Robin Ticciati (1983), Santtu Matias Rouvali (1985), Joshua Weilerstein (1987), Lahav Shani (1989), Lorenzo Viotti (1990), Thomas Guggeis (1993), Klaus Mäkelä (1996), Talmo Peltokoski (2000), Enrique Mazzola (¿?).

Y también directoras: Shi-Yeon Sung (1975), Virginia Martínez (1979), Alondra de la Parra (1980), Eun Sun Kim (1980), Nazanin Aghakhani (1980), Karina Canellakis (1981), Joana Mallwitz (1986), Mirga Grazinyte-Tyla (1986), Elim Chan (1986), Gemma New (1986); Lina González Granados (¿?).

Y, por cierto, ya que entre los directores de 35 años o menos hay, creo, solo uno -Klaus Mäkelä- que ha alcanzado ya hoy una gran reputación (basada, me parece, ante todo, en una eficaz campaña publicitaria de marketing), debo decir que, por lo que les he escuchado a este y a otro, Lahav Shani, me parece mayor el talento como intérprete de este último. 

Lo digo con más rotundidad aún tras haberle visto y escuchado el concierto que ofreció hace pocos días, el 21 de septiembre último, con la Orquesta Filarmónica de Berlín. Dirigió la Sinfonía concertante para violonchelo y orquesta de Prokofiev -con una arrolladora Alisa Weilerstein- de modo impresionante (pese a saberme poco conocedor de esta Op. 125 del autor de Pedro y el lobo, creo que resulta muy evidente lo de impresionante). Pero es que la composición que completó el concierto, el complejísimamente intrincado poema sinfónico Pelleas und Melisande de Schoenberg, que conozco mejor, me ha parecido sencillamente asombroso: una apasionante tercera vía que compagina de algún modo los enfoques de mis dos grabaciones favoritas: la concepción hiper-post-romántica de Barbirolli (New Philharmonia, EMI 1968) y la más visionaria y progresiva (que diría Schoenberg) de Boulez (Sinfónica de Chicago, Erato 1992), logrando Shani una fuerte carga dramática en una visión fuertemente expresionista. Por si fuera poca hazaña, me ha dejado pasmado que la haya dirigido de memoria, sin partitura. ¡Y Shani es, para colmo, un soberbio pianista! Verle tocar y dirigir al mismo tiempo el Tercer Concierto de Prokofiev es toda un experiencia.

De todas maneras, el tiempo dirá… Puede que alguno de ellos se desinfle, y que por el contrario otros entren de lleno en la lista. 

*Recuerdo la anécdota de Lorin Maazel al final de un curso de dirección que impartió. Uno de los alumnos le preguntó: “Maestro, ¿tiene alguna recomendación especial que hacernos a los principiantes?”-“¡Sí: nunca dirijáis una obra por primera vez!”

domingo, 6 de noviembre de 2022

Discos nuevos, obras infrecuentes: Dvorák, Ben-Haim, Hans Rott

 

Las Pinturas poéticas sonoras de Dvorák por Bashkirova y Andsnes

Se trata de una colección de 13 piezas para piano (Op. 85, de 1889: el mismo año de la Octava Sinfonía) que hasta hace poco no conocía. Me pareció incomprensible el casi completo olvido de esta obra, que -sin ser una de las cumbres del arte de Dvorák- es una obra muy estimable. La conocí en la versión de Elena Bashkirova para el sello Avi (2019) y ahora resulta que Sony publica otra grabación de la misma obra, a cargo del noruego Leif Ove Andsnes. Son dos interpretaciones relativamente diferentes: la de la pianista rusa, segunda esposa de Barenboim, es algo más poética, paladeada y sentida que la de Andsnes, que sin embargo introduce mayor variedad, es más caleidoscópica y colorista y también más virtuosista: la propia duración de una y otra versión (60’50” la primera, 56’10” la segunda) dice algo al respecto. Quizá Andsnes encuentre más proximidad a su compatriota Grieg, o esa impresión he tenido yo en varias de las piezas. La toma de sonido de Avi es muy buena, y extraordinaria la de Sony. Creo que mis calificaciones podrían ser 9/9 y 9/9,5. 

 

Un descubrimiento, ¡otro!: Ben-Haim por Shani

Había oído hablar de Paul Ben-Haim (Múnich, 1897-Tel Aviv 1984), pero apenas había escuchado música suya. Hasta hace unos días. Nacido en Múnich, su apellido era Frankenburger, pero lo cambió al verse obligado en 1933 a huir de Alemania, radicándose en Tel Aviv, donde murió. Había sido asistente de Bruno Walter y Hans Knappertsbusch y llegó a ser un importante director de orquesta. No dejó de ser un posromántico. Pues bien, Deutsche Grammophon acaba de publicar su Primera Sinfonía (1940), un grito de protesta contra la segunda gran guerra que suena tan tremenda como sincera. La interpretación, a cargo de la Orquesta Filarmónica de Israel (en la mejor forma que le recuerdo) dirigida por su nuevo titular, Lahav Shani, es a todas luces impresionante. La toma de sonido es fenomenal, de 10.

Ya me ha picado la curiosidad y he podido conocer otras dos composiciones suyas: la Sonata para violín solo, dedicada y escrita para Yehudi Menuhin (quien la grabó, lo mismo que Zino Francescatti), y su Concierto para violín (1960), que ha llevado al disco Itzhak Perlman (con la Filarmónica de Israel y Zubin Mehta): ambas me han parecido muy notables. 

 

La Primera Sinfonía de Hans Rott por Jakub Hrusa

El austríaco Hans Rott (1858-1884) fue un gran talento que no pudo desarrollarse al morir tan joven. Su Primera Sinfonía (1878), que no fue estrenada hasta 1989, alcanza en este disco ya su sexta grabación*. “La pérdida que la música ha sufrido es inconmensurable: su genio levantó vuelo en su Primera Sinfonía, compuesta a los 20 años de edad y que, en mi opinión, hizo de él el fundador de la nueva sinfonía” (Gustav Mahler). En el concurso del Conservatorio de Viena, tras presentarse su primer movimiento, los miembros del jurado estallaron en risas y, pese a las protestas de Bruckner, fue la única de las siete obras presentadas que no obtuvo premio alguno.

Es, en todo caso y pese a la, creo, exageración de Mahler, una obra importante más que digna de ser conocida. Pues bien, la grabación precedente, que ya conocía, la de Paavo Järvi con la Orquesta Sinfónica de Radio Frankfurt (RCA 2012), era bastante buena, pero ha sido claramente superada por esta que ahora publica Deutsche Grammophon, a cargo de uno de los directores aún jóvenes más destacados, el checo Jakub Hrusa (n. 1981) al frente de “su” Sinfónica de Bamberg en excelente forma. Me alegro mucho de que DG esté grabándole a este hombre, tan notable ya (ha sido, como se sabe, nombrado para suceder a Pappano en la dirección musical del Covent Garden) y quizá aún más prometedor. El CD se completa (hasta los 70’) con Blumine, el movimiento descartado por Mahler para su Primera Sinfonía, y con el prácticamente desconocido Preludio sinfónico (1876, ¡contemporáneo de la Quinta Sinfonía!) de Bruckner: una página muy valiosa descubierta a finales de los años 40. 

*Elgatosierra nos comunica que ya hay unas diez (!)

miércoles, 13 de julio de 2022

Los dos conciertos de Lahav Shani dirigiendo la Filarmónica de Berlín

 

Los altos vuelos del sucesor de Zubin Mehta en la Filarmónica de Israel


He tenido la oportunidad de verlos y escucharlos y, la verdad, me reafirmo en que Shani (Tel Aviv, 1989) es un director de primera clase. Su debut al frente de la famosa orquesta alemana fue en septiembre de 2020 con un programa bastante breve (¿o es que Digital Concert Hall no lo ha ofrecido completo?) que constó del Concierto No. 27 de Mozart y de la Primera Sinfonía “Primavera” de Schumann. 

 

Le he escuchado antes a Shani un Tercer Concierto de Beethoven (con Barenboim y la Filarmónica de Rotterdam) maravillosamente dirigido, de libro, sin las menores pretensiones de llamar la atención (y no digamos de hacer guiños historicistas), y este K 595 de Mozart vuelve por los mismos fueros: clasicismo de una pieza, más reflexión que otra cosa, pero también vital, estupendamente cantado y sin eludir -ni mucho menos- una melancolía muy propia de algunas de las mejores obras postreras de Mozart.

 

Pero lo que me ha dejado pasmado de esta versión ha sido descubrir a un intérprete mozartiano de primer orden: Francesco Piemontesi (Locarno, Suiza, 1983). Entre los discos que haya escuchado en los últimos tiempos de este repertorio no me he encontrado con nada de este nivel. Piemontesi demuestra ser un músico que siente profundamente lo que interpreta, destacando el lado meditativo de Mozart, sin descuidar los momentos más lúdicos de la obra. Toca con extraordinaria pulcritud, pero nada hay en ella de cajitas (rococó) de música, y llama la atención por la cantidad de pequeños hallazgos -licencias de tempo y dinámica- que se le ocurren, con aspecto de improvisados y siempre (o casi) muy bien traídos.

 

Hay un aspecto, sin embargo, que no me ha terminado de convencer en esta interpretación: se ha dicho no pocas veces que la parte pianística de esta obra de 1791 es demasiado lineal, que Mozart no desarrolla tanto como solía los temas, resultando en ocasiones un tanto repetitiva esa escritura. Puede que haya algo de cierto en eso, lo que lleva a muchos pianistas a realizar pequeñas modificaciones, añadiendo algún que otro adorno o minicadenza. Y a mí me parece que, aunque no sea necesario, hecho esto con contención puede resultar muy bien, incluso en beneficio de la obra. Pero para mi gusto, Piemontesi se excede un poco en estos añadidos. Lo que no quita para que su interpretación me haya parecido globalmente admirable. Por si no quedara clara su afinidad con Mozart, tocó de propina un Adagio de la Sonata K 332 de veras bellísimo y -sin que se le pueda reprochar romanticismo-, emotivo. No es nada frecuente encontrarse con pianistas apenas conocidos de semejante altura musical.

 

La Sinfonía “Primavera” de Schumann que hizo Shani se inscribe de lleno en la mejor tradición centroeuropea, tanto en su sonoridad como en su construcción sin fisuras, en su fraseo y su intensidad emocional. Otra versión de libro, con un movimiento final particularmente extraordinario.

 

El concierto de San Silvestre de 2021 (31 de diciembre) lo tenía que haber dirigido el titular de la orquesta, Kirill Petrenko, indispuesto en el último momento (al parecer ya había empezado a ensayar). Shani lo sustituyó sin apenas tiempo para pensar acerca de las obras programadas. Pues bien, salvo la voluntariosa pero no muy en estilo obertura de El Murciélago, el resto del programa fue admirable: el Primer Concierto de Max Bruch estuvo dirigido al altísimo nivel exhibido por Janine Jansen. Años antes yo le había escuchado en Madrid a la violinista holandesa una arrebatadora, encendida versión; esta fue más lírica y tierna, pero no menos maravillosa. A modo de propina de la violinista, Liebesleid de Fritz Kreisler resultó tan serena como sentida: otra joya.

 

La suite de El pájaro de fuego de Stravinsky, aunque no mantuvo en mi opinión en todas las danzas el mismo nivel, fue una versión de primer orden, con un final imponente -magníficamente preparado y resuelto el crescendo y rallentando de la coda- sin caer en la espectacularidad vacía. Lo mejor de la velada fue, con todo, una de las mejores La valse de Ravel -no se la puede superar en aspecto alguno- que haya escuchado en mi vida: algo privativo de un director del más alto rango. (Aprovecho para añadir que Shani, magnífico pianista ¡y gran contrabajista! hizo hace unos años una Sinfonía Clásica de Prokofiev con Rotterdam que se puede codear con lo mejor de lo mejor: Giulini, Ozawa o Celibidache).  

domingo, 16 de febrero de 2020

"Salomé", el "Requiem" de Berlioz y la "Segunda" de Brahms


Salome en Viena (2019) con Lindstrom, Volle, W.Meier, Boder y Barlog

Variable versión de esta Salome de la Ópera Estatal de Viena, con varios puntos muy fuertes y algunos débiles. Entre los primeros, el imponente, impresionante Jochanaán del barítono-bajo Michael Volle, un cantante espléndido dotado de una voz excepcional, parece que hallándose ahora mismo en un momento de absoluta madurez. Como me comentó Ignacio Fernández Bargues, su Wotan el pasado año en Berlín con Barenboim fue sensacional: es fácil comprenderlo tras escucharlo aquí. En cuanto a la Herodías de Waltraud Meier, constatar que su interpretación es tan destacada como la de sus recientes Clitemnestras, hallándose su voz aún en un estado bastante bueno para personajes de esa tipología. Y una gran sorpresa: el tenor mexicano Carlos Osuna (n. 1984) ha redondeado un magnífico Narraboth; posee una voz bastante dramática de gran calidad muy bien manejada. Hasta aquí lo más positivo, pues el Herodes de Herwig Pecoraro, de bello timbre, resulta bastante plano, y es además un actor muy limitado. Pero lo que menos me ha gustado es nada más y nada menos que la protagonista, la soprano estadounidense de origen noruego Lise Lindstrom, voz lírica aunque con mucho metal, de color monocorde, gritona y de afinación a veces dudosa. El éxito que obtuvo me resulta incomprensible.

En cuanto a la batuta de Michael Boder, fue sólida pero un tanto efectista y de brocha gorda; no pareció interesado en dejar que se pudiese oír a los cantantes en varios momentos (recuerdo, a propósito, una anécdota que se cuenta de la grabación de Karajan: una persona de su confianza que se hallaba presente le comentó al mestro: “Me parece que la orquesta está sonando demasiado fuerte, apenas si se puede oír a los cantantes”. A lo que Karajan se dirigió a la orquesta: “¡Toquen más fuerte, que aún se puede oír a los cantantes!”). Formidable, como suele, la Orquesta de la Ópera Estatal vienesa. Sí me ha gustado la reposición de la puesta en escena firmada por Boleslaw Barlog (1906-1999), tradicional y sensata, con preciosos decorados modernistas -que me parecen muy en sintonía con el texto de Oscar Wilde y con la música- del bien conocido y eminente Jürgen Rose. La dirección de actores y el movimiento escénico no han sido, en cambio, muy cuidados. 

Requiem de Berlioz en París con Dudamel

En recuerdo del fallecido, el 20 de enero de 2014, Claudio Abbado, solo tres días después pudo escucharse en el templo Saint-Louis des Invalides de París la Grande Messe des Morts de Hector Berlioz a cargo de Gustavo Dudamel al frente de dos coros: el de Radio France y el de la Catedral de Notre Dame, y de las Orquestas Simón Bolívar de Venezuela y Filarmónica de Radio France, con el tenor Andrew Staples como solista. Sorprende la rapidez con que se hizo preparó el homenaje, sobre todo teniendo en cuenta la perfección de los resultados: apenas tres días para reunir a unos 200 coristas y otros tantos instrumentistas y ensayar una obra de tal magnitud y complejidad. Evidentemente, al margen de la organización, lo escuchado demuestra palpablemente la extraordinaria técnica director del maestro venezolano (a no ser que estuviera previsto el concierto y se aprovechase la circunstancia de la muerte de Abbado). La cadena Arte transmitió el concierto, que yo he conocido ahora, con buen sonido, pero con un poco de compresión dinámica -algo comprensible teniendo en cuenta los tremebundos picos dinámicos de la obra-. Incluso la reverberación del gran templo, relativamente controlada, resulta natural y hasta un inconveniente aquí favorable.

En la interpretación, admirable, me ha llamado la atención la gran clase de la masa coral y la soberbia respuesta de la masa orquestal resultante de la suma de las formaciones de dos continentes. Pero, sobre todo, me ha parecido formidable el recogimiento con que el (aún) joven director desgranó esta música, más íntima y reflexiva de lo que se suele pensar, en una composición que se asocia habitualmente al estruendo, por la enormidad del aparato requerido... estruendo de solo contados momentos. Versión muy honda, sentida y emotiva, seria y madura, que destaca las no pocas bellezas de la partitura, sin excesos ni fáciles concesiones a la galería. Especialmente oscuro, inquietante, desesperanzado, el Agnus Dei conclusivo. No es poco mérito de la batuta que reconozcamos como genuino el tan particular sonido Berlioz, algo que no está al alcance de todos los directores importantes (¿quién sostiene aún que Dudamel no es uno de los grandes directores actuales?). En cuanto al tenor, Andrew Staples (n. 1979), muy lírico, canta francamente bien, aunque está un poco apurado -como casi todos- a causa de la muy incómoda tesitura a que le somete Berlioz en este Sanctus. 

Y un reciente Brahms de Lahav Shani

En diciembre de 2019 el nuevo director de la Filarmónica de Israel, y tras una impecable labor en el Segundo Concierto de Beethoven con Martha Argerich, hizo una espléndida Segunda Sinfonía de Brahms -apartándose decididamente de la tan extendida visión pastoral de la obra (Walter, Barbirolli, Giulini…) y siguiendo más bien la línea de Furtwängler y Barenboim entre otros- en la que resulta convincente con su enfoque intensamente dramático del movimiento inicial y muy sombrío del Adagio non troppo. Resultó tan coherente y fue tan redonda su plasmación en sonidos que Shani demostró una vez más ser un intérprete de calado, con verdadera fuerza y personalidad. A un director que le preguntó a Brahms qué le había parecido su particular visión de una sinfonía suya (no recuerdo si fue precisamente la Segunda), el compositor le respondió: “sí, me ha gustado; también puede hacerse así”…