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jueves, 14 de febrero de 2019

Dos ambiciosas producciones: "Mefistofele" en Múnich y "Los Troyanos" en Londres


Pape, Calleja, Opolais y Wellber
Retransmisión desde la Staatsoper de Baviera en 2016 de la ópera más representativa de Arrigo Boito, Mefistofele. Aprovecharé para decir que admiro mucho más a Boito como libretista que como compositor. Es este título una obra bastante bien hecha y orquestada, pero escasa en inspiración y sentido dramático y teatral, y excesiva en efectismo. Así me pareció la dirección musical de Omer Meir Wellber: competente, eficaz, pero tendiendo a impactar (por los decibelios) más que por la convicción. Excelentes tanto el coro -con gran y comprometido papel- como la orquesta. Me da la impresión de que el gran René Pape, para mí el mejor bajo del último cuarto de siglo, aunque sigue cantando y matizando sus textos con enorme maestría, ha perdido algo de volumen; pero puede ser una impresión derivada de la toma de sonido (la retransmisión no fue del todo buena). 

En cambio, mi nunca hasta ahora muy admirado Joseph Calleja ha asentado bastante su emisión: la voz le suena ahora algo menos blanca, más bella y desde luego mejor proyectada; sigue, lástima, teniendo problemas de afinación y no transmite gran cosa. Correcta, sin más, Kristine Opolais, acaso un poco demasiado lírica para el bastante desgarrado personaje de Margarita. Discretos los encargados de asumir los restantes personajes: Andrea Borghini (Wagner), Karine Babajanyan (Elena) y Heike Grötzinger (Marta). La escena de Roland Schwab me pareció de un tremendo dispendio económico con muchas más ocurrencias que ideas. Admito que es muy difícil hacer justicia a Goethe, aunque sea pasado por el Boito libretista: para mí ha sido uno de los raros pinchazos (Ópera de San Francisco, 2014) del tantas veces magnífico Robert Carsen. (Pero, insisto: no entiendo mucho que digamos de las cuestiones escénicas; sobre todo cuando hay muchas cosas que no comprendo soy poco de fiar...) 

Antonacci, Westbroek, Hymel y Pappano
Les Troyens, la enorme ópera de Berlioz, casi tan larga como las mayores de Wagner, no pudo representarse entera hasta 21 años después de la muerte de su autor, y además ¡en alemán! En vida, el compositor y libretista solo pudo ver su segunda parte (los actos IV y V) en 1863, precedida para la ocasión por una especie de prólogo con un preludio orquestal que Berlioz denominó "Los troyanos en Cartago". Pero en la segunda mitad del siglo XX se ha ido imponiendo en el repertorio de los coliseos operísticos más importantes, pese a los enormes retos escénicos que plantea y al extenso elenco vocal que requiere (22 personajes). Por no hablar de las dificultades que han de superar tanto el coro, con gran papel, como la orquesta, ambos necesariamente muy nutridos. Es una ópera difícil también para los oyentes y espectadores, y no solo por su longitud. Aunque abunda en ella la música de altos vuelos (los dos últimos actos casi al completo), creo que es justo reconocer varias lagunas en su devenir dramático. Algunos de sus momentos más logrados son orquestales, en particular la "Caza real y tormenta", preludio del Acto IV. 

Pues bien, en junio de 2012, el Covent Garden londinense no ahorró en medios, pese a lo cual no logró un elenco de primera magnitud en todos sus numerosos papeles principales. Algo que, a decir verdad, nunca ha sido reunido en las restantes grabaciones sonoras o videográficas: las dos de Colin Davis o la de Dutoit entre las primeras o las de Levine (versión horrible, pese a contar con tres cantantes muy importantes), Cambreling y Gardiner entre las segundas. Creo que esta versión de Los Troyanos, publicada por Opus Arte, ha sido uno de los trabajos más meticulosos, acabados y atinados del director de escena escocés David McVicar, quien al parecer no sufrió barreras presupuestarias, pues la suntuosa producción ha debido de ser carísima, contando con complicada escenografía realmente muy acertada en lo estético, coreografía incluida. Aun así, creo que, desde el punto de vista escénico, me gusta aún más la poderosa propuesta del tempranamente desaparecido Herbert Wernicke para Cambreling (Arthaus 2000). 

En cuanto a la dirección musical, Antonio Pappano hace, como casi siempre en ópera (solo me ha defraudado, que recuerde, en Las bodas de Fígaro y en Norma) un trabajo muy sólido, si bien creo que ha descuidado algo las partes menos significativas de la ópera y que tampoco se identifica aquí con Berlioz y su particular sonido tanto como Colin Davis, Dutoit o Cambreling. De los tres papeles centrales, las dos mujeres han estado muy bien, tanto Anna Caterina Antonacci (Casandra) como, más aún, Eva-Maria Westbroek (Dido), dos voces dramáticas que casi podrían intercambiar sus papeles (sopranos y mezzos lo hacen indistintamente). Sin embargo el tenor de Nueva Orleáns Bryan Hymel, que pasa por ser especialista en ópera francesa, es por una parte, mucho más lírico de lo requerido, y en mi opinión no da la talla... salvo, casi, en el Acto V, donde se supera a sí mismo. En el resto del elenco no hay grandes fiascos, pero tampoco un solo cantante que destaque de veras: Fabio Capitanucci (Corebo), Hanna Hipp (Ana), Brindley Sherratt (Narbal)... Solo me ha parecido destacable el tenor Ed Lyon en el breve papel de Hylas. El Covent Garden sigue contando con un bajo que nunca me ha gustado, Robert Lloyd (Príamo), ¡a sus 72 años!