Pape, Calleja, Opolais y Wellber
Retransmisión desde la Staatsoper de
Baviera en 2016 de la ópera más representativa de Arrigo Boito, Mefistofele. Aprovecharé para decir que
admiro mucho más a Boito como libretista que como compositor. Es este título
una obra bastante bien hecha y orquestada, pero escasa en inspiración y sentido
dramático y teatral, y excesiva en efectismo. Así me pareció la dirección
musical de Omer Meir Wellber: competente, eficaz, pero tendiendo a impactar
(por los decibelios) más que por la convicción. Excelentes tanto el coro -con
gran y comprometido papel- como la orquesta. Me da la impresión de que el gran
René Pape, para mí el mejor bajo del último cuarto de siglo, aunque sigue
cantando y matizando sus textos con enorme maestría, ha perdido algo de
volumen; pero puede ser una impresión derivada de la toma de sonido (la
retransmisión no fue del todo buena).
En cambio, mi nunca hasta ahora muy
admirado Joseph Calleja ha asentado bastante su emisión: la voz le suena ahora
algo menos blanca, más bella y desde luego mejor proyectada; sigue, lástima,
teniendo problemas de afinación y no transmite gran cosa. Correcta, sin más,
Kristine Opolais, acaso un poco demasiado lírica para el bastante desgarrado
personaje de Margarita. Discretos los encargados de asumir los restantes
personajes: Andrea Borghini (Wagner), Karine Babajanyan (Elena) y Heike
Grötzinger (Marta). La escena de Roland Schwab me pareció de un tremendo
dispendio económico con muchas más ocurrencias que ideas. Admito que es muy
difícil hacer justicia a Goethe, aunque sea pasado por el Boito libretista:
para mí ha sido uno de los raros pinchazos (Ópera de San Francisco, 2014) del
tantas veces magnífico Robert Carsen. (Pero, insisto: no entiendo mucho que
digamos de las cuestiones escénicas; sobre todo cuando hay muchas cosas que no
comprendo soy poco de fiar...)
Antonacci, Westbroek, Hymel y Pappano
Les
Troyens, la enorme ópera de Berlioz,
casi tan larga como las mayores de Wagner, no pudo representarse entera hasta
21 años después de la muerte de su autor, y además ¡en alemán! En vida, el
compositor y libretista solo pudo ver su segunda parte (los actos IV y V) en
1863, precedida para la ocasión por una especie de prólogo con un preludio
orquestal que Berlioz denominó "Los troyanos en Cartago". Pero en la segunda mitad del siglo
XX se ha ido imponiendo en el repertorio de los coliseos operísticos más
importantes, pese a los enormes retos escénicos que plantea y al extenso elenco
vocal que requiere (22 personajes). Por no hablar de las dificultades que han
de superar tanto el coro, con gran papel, como la orquesta, ambos
necesariamente muy nutridos. Es una ópera difícil también para los oyentes y
espectadores, y no solo por su longitud. Aunque abunda en ella la música de
altos vuelos (los dos últimos actos casi al completo), creo que es justo
reconocer varias lagunas en su devenir dramático. Algunos de sus momentos más
logrados son orquestales, en particular la "Caza real y tormenta",
preludio del Acto IV.
Pues bien, en junio de 2012, el
Covent Garden londinense no ahorró en medios, pese a lo cual no logró un elenco
de primera magnitud en todos sus numerosos papeles principales. Algo que, a
decir verdad, nunca ha sido reunido en las restantes grabaciones sonoras o
videográficas: las dos de Colin Davis o la de Dutoit entre las primeras o las
de Levine (versión horrible, pese a contar con tres cantantes muy importantes),
Cambreling y Gardiner entre las segundas. Creo que esta versión de Los Troyanos, publicada por Opus Arte, ha
sido uno de los trabajos más meticulosos, acabados y atinados del director de
escena escocés David McVicar, quien al parecer no sufrió barreras
presupuestarias, pues la suntuosa producción ha debido de ser carísima,
contando con complicada escenografía realmente muy acertada en lo estético,
coreografía incluida. Aun así, creo que, desde el punto de vista escénico, me
gusta aún más la poderosa propuesta del tempranamente desaparecido Herbert
Wernicke para Cambreling (Arthaus 2000).
En cuanto a la dirección musical,
Antonio Pappano hace, como casi siempre en ópera (solo me ha defraudado, que
recuerde, en Las bodas de Fígaro y en
Norma) un trabajo muy sólido, si bien
creo que ha descuidado algo las partes menos significativas de la ópera y que
tampoco se identifica aquí con Berlioz y su particular sonido tanto como Colin
Davis, Dutoit o Cambreling. De los tres papeles centrales, las dos mujeres han
estado muy bien, tanto Anna Caterina Antonacci (Casandra) como, más aún,
Eva-Maria Westbroek (Dido), dos voces dramáticas que casi podrían intercambiar
sus papeles (sopranos y mezzos lo hacen indistintamente). Sin embargo el tenor
de Nueva Orleáns Bryan Hymel, que pasa por ser especialista en ópera francesa,
es por una parte, mucho más lírico de lo requerido, y en mi opinión no da la
talla... salvo, casi, en el Acto V, donde se supera a sí mismo. En el resto del
elenco no hay grandes fiascos, pero tampoco un solo cantante que destaque de
veras: Fabio Capitanucci (Corebo), Hanna Hipp (Ana), Brindley Sherratt (Narbal)...
Solo me ha parecido destacable el tenor Ed Lyon en el breve papel de Hylas. El
Covent Garden sigue contando con un bajo que nunca me ha gustado, Robert Lloyd (Príamo),
¡a sus 72 años!