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domingo, 1 de marzo de 2020

"El clave bien temperado" de Bach por Sir András Schiff en blu-ray


Un blu-ray con el Libro I y otro con el II


En 1986 publicó Decca la grabación realizada por el pianista húngaro del “Antiguo Testamento” de la música para teclado, como ha sido con plena justicia denominada esta magna colección de 24 Preludios y fugas en todas las tonalidades de cada uno de los dos libros de que consta; en el Libro II se repite, no corregida pero sí ampliada, esta hazaña (por supuesto, el “Nuevo Testamento” son las 32 Sonatas de Beethoven). Naxos ha lanzado hace poco un blu-ray con el Libro I, y está a punto de publicar también el Libro II. Ambas interpretaciones son filmaciones de sendos recitales en los Proms londinenses de 2017. Yo acabo de escuchar el Libro I y me parece que es una interpretación de primera magnitud, de la que, que yo sepa, no existía anteriormente ninguna toma filmada.

Schiff grabó para Decca (1983-1993) no solo Das wohltemperierte Klavier, sino toda la Obra para clave de Johann Sebastian Bach, siempre al piano. Hay un álbum de 12 CDs de Decca con toda ella, que se puede adquirir a buen precio. Merece la pena, porque quizá no hay ninguna otra publicación así de valiosa a precio tan ventajoso. Pero en mi opinión Schiff suele resultar demasiado serio, un poco sobrio de más, e incluso a menudo austero. Siempre intachable, nunca rígido ni tampoco frívolo (sí me lo parece a veces, lo uno y lo otro, el tan cacareado Glenn Gould), sin embargo puede -y debe- echarse de menos un poco más de libertad, de flexibilidad, de creatividad.

Estas limitaciones se las aplico en general a ese compendio de Decca, pero con los años Schiff (Budapest, 1953), que fue desde sus comienzos fonográficos un pianista sólido y cabal, ha ido adquiriendo una madurez que lo está convirtiendo en uno de los intérpretes más importantes de la actualidad. No solo en Bach. De tal manera que comparando la interpretación filmada de 2017 con la de audio de 1986 encontraremos que ha logrado apreciablemente incorporar esas cualidades que citaba y echaba de menos. Lejos, de todas formas, de la libertad creativa -excelsas en casi todos los Preludios y fugas- de Wanda Landowska al clave y, al piano, de Rosalyn Tureck, Sviatoslav Richter o Daniel Barenboim, Schiff es ahora menos mecánico y más maleable, siempre de manera muy moderada, sutil y natural, nunca forzada. Su paleta expresiva es amplia y variada, notoriamente más que en la relativamente seca versión anterior. Y, por supuesto, la ejecución es de extraordinaria limpieza y transparencia, lo que ayuda muchísimo a explicar al oyente la maravilla de estas páginas, que toca aquí sin descanso y sin partitura. (Una excepción: la Fuga en La menor, BWV 865, algo martilleante y marcial, me ha defraudado).

La toma de sonido del blu-ray es espléndida (además: ¡ni una tos, ni un teléfono móvil!); también encuentro atinada la filmación. Los únicos peros que les achaco a la publicación son que cada preludio y fuga ocupe un track, no dos, y que el libretillo traiga los comentarios solo en inglés, ni siquiera en alemán o francés. ¿Tanto les costaba reducir un poco el tamaño de la letra, para no aumentar mucho el número de páginas, y traducirlo a alguna otra lengua? (Ya sé que las magras ventas en los países de habla hispana no permiten, por razones comerciales, hacerlo a la lengua de Cervantes…) Para terminar, importante para el bolsillo: los blu-rays de vídeo del sello Naxos son los más baratos del mercado.

domingo, 23 de septiembre de 2018

Barenboim, cada vez mejor


Brahms, Mozart, Scriabin, Boulez...
Por si fuera poca cosa el logro de las cuatro nuevas cuatro Sinfonías de Brahms con la Staatskapelle Berlin que comenté hace unas semanas, también acaba de aparecer, igualmente bajo el sello Deutsche Grammophon, un CD con los dos Cuartetos con piano de Mozart, dos obras capitales no muy grabadas. El primer disco que tuve, en LP, de estas obras fue con Fou Ts'Ong, Menuhin, Dietrich Gerhard y Gendron (EMI, años 60). Luego conocí la versión de Rubinstein con miembros del Cuarteto Guarneri (RCA 1971), más tarde la de Clifford Curzon con los del Amadeus (Decca 1953) y finalmente la de Solti con componentes del Cuarteto Melos (Decca 1986). La más antigua es claramente la más floja (mucho más por los Amadeus que por el pianista) y la del gran director húngaro la más sobresaliente. Pero hete aquí que la de Barenboim vuelve a poner patas arriba la discografía. Pese a que sus acompañantes, -Michael Barenboim, Julia Deyneka y Kian Soltani- son espléndidos, el piano brilla abiertamente por encima, y muy por encima de sus colegas pianistas, todos ellos estupendos músicos.
Alguno de los lectores creerá que exagero, pero me gustaría que comprobasen escuchando estas dos obras maestras si es una hipérbole lo que voy a afirmar rotundamente: Barenboim, para mí sin duda el mayor pianista mozartiano que conozco, ¡nunca ha tocado Mozart tan bien como en este disco! Con su nuevo piano (que suena también aquí que da gloria) pone en juego tal cantidad de matices, de inflexiones y acentos, de diferentes ataques, una gama dinámica tan extraordinariamente sutil, una flexibilidad agógica tal... Todo ello se sustancia en una gama expresiva y anímica de una riqueza y diversidad insólitas. Por si fuera poco, la limpieza y pulcritud de la ejecución es de todo punto incomparable.
(Ahora me estoy acordando: cuando hace unos meses Kissin y el Cuarteto Kopelman tocaron juntos en Madrid para Ibermúsica me quejé en este blog -el 20 de febrero- de que "el -tremendo- clímax del primer movimiento del Cuarteto No.1 en Sol menor, K 478, pasó totalmente inadvertido entre sus dedos". Pues bien, ese clímax es resaltado por Barenboim de forma impresionante, descargando una enorme cantidad de tensión acumulada y no resuelta en un sí, justamente tremendo, liberador rubato. "Con lágrimas en los ojos" un contemporáneo de Mozart explicaba cómo le impresionaba este cuando tocaba su música al piano, e incluso cuando dirigía, por el modo en que aplicaba ese efecto, el rubato. Ese contemporáneo era un tal Joseph Haydn. ¿Quién sostiene ahora que no es lícito recurrir a él cuando se interpreta a Mozart?)

Tres actuaciones recientes más le acabo de escuchar al músico de Buenos Aires: este verano en el Festival de Salzburgo, con la Orquesta del Diván, han tocado el Concierto para violín de Tchaikovsky con Lisa Batiashvili. Tras conocer su interpretación en público, al aire libre, hace un par de años en Berlín y su grabación para DG, no me cabe duda de que ella ha sido la más excelsa intérprete que conozco de esta obra, en dura pugna con los más grandes violinistas. Y justo es decir que Barenboim ha estado en las tres ocasiones a su mismísima altura. Siguió El Mar de Debussy, con un primer tiempo correcto y los dos restantes realmente sobresalientes. Pero la cumbre de la velada fue sin duda el Poema del éxtasis de Scriabin en una recreación reveladora, insólita, de una sensualidad desbordante, muy superior a sus meritorias grabaciones en París y Chicago: sin duda una de las mejores cosas que le he escuchado al de Buenos Aires en los últimos tiempos. ¡que no es poco decir! Todo el programa lo dirigió sin partitura.
Y el 1 de septiembre ofreció en la Philharmonie de Berlin con sus Staatskapelle un concierto -este fue solo escuchado, no visto- con una lúcida, transparente y sentida versión de Rituel: In memoriam Bruno Maderna de Boulez y La consagración de la primavera. Tras su fallida grabación de la cima stravinskiana con la Orquesta de París, la de Chicago era ya formidable. Pero lo que me ha llamado la atención ahora ha sido la magnífica actuación de la Staatskapelle, una orquesta en principio muy alejada en lo sonoro y lo estilístico de esa música, pero que en manos de Barenboim ha llegado a ser un instrumento realmente todoterreno. Y ni una sola pifia apreciable en una obra tan enormemente comprometida.

El 8 de septiembre (Philharmonie de Paris) Barenboim ha, al parecer, añadido a su repertorio dos obras que no sé si había interpretado antes, pero de las que yo al menos no tenía noticia: es impresionante, sin precedentes, la cantidad de obras que este hombre ha tocado o dirigido, y la velocidad a la que la sigue incrementando. Un vídeo de buena calidad técnica muestra el maravilloso Quinteto para piano y cuarteto de cuerda de Schumann (tocado tras el Cuarteto op. 28 de Webern) con él al piano, su hijo Michael como primer violín, Yamen Saadi (un joven chaval que lleva en la Orquesta del Diván desde que era niño) como segundo violín y dos mujeres de la Staatskapelle Berlin: la viola Julia Deyneka y la cellista Sennu Laine. Una muy bella versión, especialmente imaginativa y más ensoñadora y tierna de lo acostumbrado (más Eusebius que Florestan, aunque este también hace su aparición), con una especial atención al contrapunto, gracias a la cual se descubren nuevas perspectivas instrumentales.
En la segunda parte Barenboim dirigió, creo que con enorme lucidez, la larga (casi 40') y dificilísima partitura Sur Incises (1998) de Boulez, para tres pianos, tres arpas y tres percusiones. El grupo de instrumentistas se llama Boulez Ensemble, y el grado de competencia de todos sus componentes es simplemente asombroso. Hace ya años oía a alguien decir algo así: "¡Jolín, cómo se arrima Barenboim al todopoderoso Boulez! ¡Claro, de esa supuesta amistad obtiene multitud de beneficios!"... Pues bien, después de muerto el compositor francés, Barenboim ha intensificado más aún las interpretaciones de su música, ahora que ya no puede devolverle favor alguno. ¡Cuánto malpensado tenemos en nuestro país! Aparte de

maniáticos, ignorantes, sordos, etc.

Hace unos días escuché en Radio Clásica a Arturo Reverter decir cómo Toscanini se abandonaba, se entregaba, se dejaba llevar por el hermoso canto verdiano en su grabación de la obertura de La forza del destino. La hizo escuchar y quedó patente que en realidad es justo lo contrario: el famoso director italiano pasa de largo por sus melodías, entre otras eminentes cualidades... Reitero rotundamente lo que yo había dicho en la misma emisora ("Versiones comparadas", 24-IV-2008): "Como es bien sabido, a Toscanini se le atribuyen siempre unas cualidades de amplio consenso: objetividad y claridad. Cualidades que, en mi opinión, tienen bastante de ciertas, no sin determinadas precisiones, y que fueron importantes en su tiempo, pues ayudaron a poner orden en unos años en que muchos directores eran caprichosos y arbitrarios.
Pero ¿qué ocurre visto desde hoy? Que una vez logrado en líneas generales, desde hace ya décadas, un rigor muy superior al de comienzos del siglo XX, esta objetividad toscaniniana se reduce muchas veces a un mecanicismo totalmente desprovisto de flexibilidad y de imaginación. Y en cuanto a la claridad, sí, la suele lograr, pero a costa de unas sonoridades magras, secas, desprovistas de riqueza.
Ambos inconvenientes se dan en sus versiones de la obertura de La forza del destino, y en grado sumo, hasta el punto de invalidarlas. Añádase a ello que la supuesta electricidad de Toscanini se convierte aquí en un calambre permanente: todo se produce a una velocidad disparatada, con atropellamientos que dan a veces al traste con esa supuesta gran claridad suya y que destroza las hermosas melodías, el canto verdiano. Mientras la duración media de esta página es de casi 8 minutos, oscilando entre los 7’10” de Levine y los 8’10” de Markevitch, a Toscanini le dura 6’30”, 40 segundos menos que al que le sigue en rapidez. Yo añadiría algo más: el mal gusto musical, dicho sin eufemismos, de muchas de las interpretaciones de Toscanini está aquí presente de modo inocultable. Conclusión: para mí, la peor de las interpretaciones discográficas que haya escuchado de esta obertura. Mientras tanto, algunos siguen sosteniendo que Toscanini ha sido el mayor intérprete de Verdi hasta la fecha". En fin...

domingo, 3 de junio de 2018

"Velada argentina en el Teatro Colón": el "Concierto para violín" de Ginastera y tangos


Michael Barenboim, su padre y el Quinteto Real

Interesante Blu-ray que, como todos los discos videográficos del sello EuroArts, no tienen distribución real en España desde que la perdió Música Directa (antes Ferysa). En teoría, la distribución de este sello, uno de los más activos en el campo de la música clásica, pasó a Warner. Pero desde que se produjo este cambio, Warner España no ha traído a las tiendas, si no me equivoco, ni un solo DVD o Blu-ray de EuroArts. Así que ya se sabe: hay que comprarlo por internet. ¡Luego dirán las tiendas que no venden!... Para que se hagan una idea, un solo ejemplo: en diciembre del año pasado encargué formalmente en la FNAC -y me tomaron nota en el ordenador- el Pelléas de Debussy por Rattle que hace poco he comentado en este blog. Pues bien: ¡hasta hoy! Ni me lo han traído ni me han avisado de que no podrían conseguírmelo. 

Con un programa corto, en el que seguro que han suprimido varias de las obras tocadas en aquella velada de 2016 (creo que julio o agosto) -no sé si porque no quedaron bien a juicio de los intérpretes o porque hay algún problema de derechos-, lo cierto es que los 65 minutos que permanecen me han hecho disfrutar muchísimo. De entrada, la obra que abre el programa, el Concierto para violín (1963) de Alberto Ginastera, pese a ser casi desconocido, es una obra de veras admirable. De lenguaje neododecafónico y carácter post-expresionista, es una composición audaz y sumamente original de una media hora, dividida en tres movimientos muy especiales: el primero, "Cadenza e studi", comienza con una larga introducción del violín sin orquesta. El segundo se titula "Adagio per 22 solisti", y el tercero, "Scherzo pianissimo e perpetuum mobile". Muy exigente para el solista y con una orquestación fascinante, creo que si esta partitura hubiera sido firmada por un compositor alemán o francés, sería una obra bien conocida y muy tocada. Pese a algunos apuros técnicos, Michael Barenboim la interpreta con una entrega, vehemencia y aparente lucidez (perdón por lo de aparente: nunca había escuchado esta obra) que desarman, y su padre le brinda un acompañamiento -que es mucho más que acompañamiento: el protagonismo orquestal es grande- claramente magnífico. Soberbia, absolutamente soberbia, la Orquesta del Diván.

El programa continúa con tres tangos en arreglos de Horacio Salgán (Recuerdo de Alejandro Pugliese, Canaro en París de Alejandro Scarpino y Juan Caldarella, y El amanecer de Roberto Firpo) tocados por el Quinteto Real, con César Salgán (hijo de Horacio) al piano. Yo no soy, por supuesto, ningún experto en tangos, pero me parece clarísimo que este grupo es genuino a más no poder, conoce a fondo este género y lo ponen en música con una solvencia, gracia y riqueza de intenciones extraordinaria. 

El Blu-ray termina con cuatro tangos más tocados por la orquesta y su director. En 1996 Barenboim comenzó su aproximación discográfica al tango en su CD de Teldec titulado "Mi Buenos Aires querido", en el que tocaba 14 piezas junto al bandoneón de Rodolfo Mederos y el contrabajo de Héctor Console; al año siguiente aparecían estos mismos intérpretes en el DVD de NVCArts/Warner tocando el mismo repertorio. Dos años después dirigía (y en algunos, a la vez, tocaba) en la Waldbühne de Berlín otros cuantos tangos al frente de la Orquesta Filarmónica de Berlín (DVD Arthaus). Pues bien, el año 2016 en el Teatro Colón vuelve a dirigir cuatro de ellos, todos hechos anteriormente: A don Agustín Bardi, Aquellos tangos camperos y A fuego lento, los tres de Horacio Salgán, y termina con la que parece ser su página argentina favorita, El firulete, de Mariano Mores y Rodolfo M. Taboada, con arreglo de José Carli, pieza que ha grabado dirigiendo con esta en siete ocasiones: con la Filarmónica de Berlín, la Sinfónica de Chicago y la Orquesta del West-Eastern Divan. Pues bien, en 2016 ha sido cuando ha dirigido estas cuatro páginas con más espíritu y chispa. Y hay algo que escandalizará a alguno, pero que me parece difícilmente contestable: la Orquesta del Diván toca estos tangos con más sentido, y claramente comprendiéndolas mejor, que la fenomenal centuria berlinesa. Puedo afirmar, sencillamente, que están mejor tocadas. 

Últimamente Barenboim hace algo que también le aplaudo: para sus grabaciones comerciales, tanto de audio como de vídeo, recurre a los quizá mejores técnicos de sonido del mundo, los ingenieros de los Estudios Teldex de Berlín, que de nuevo se han desplazado a la capital argentina. En esta ocasión han sido el productor Friedemann Engelbrecht y el responsable del sonido Julian Schwenkner. La imagen es igualmente de una fidelidad excepcional.

miércoles, 11 de octubre de 2017

Escuchado y visto últimamente -desde lejos- a Barenboim



No he hecho últimamente viajes musicales, pero ya saben que, por distintas vías, se pueden escuchar (e incluso ver) conciertos y representaciones. Aunque casi nunca, ay, con la calidad de sonido que nos suelen deparar las publicaciones en soporte físico -CDs o Blu-rays-. El gran enemigo es la compresión dinámica, presente en la mayor parte de retransmisiones por televisión u otros medios. ¡Una auténtica cruz, que tantas veces me amarga!

Elgar y otros en los Proms
Apenas la hubo en las transmisiones televisivas de la BBC Four de los dos conciertos de los pasados 15 y 16 de julio en los que Barenboim dirigió las dos Sinfonías de Elgar, hasta el punto de que se pueden apreciar casi a la perfección las interpretaciones. En el primero de esos conciertos Lisa Batiashvili demostró por enésima vez que es una violinista consumada, dotada de una técnica alucinante hasta el punto de ser de todo punto intachable su ejecución del enormemente expuesto Concierto de Sibelius. Pero si esta seguridad me impresionó, no lo hizo menos su intensa, lírica y apasionada, interpretación. Como en el CD de Deutsche Grammophon con  misma Batiashvili, Barenboim demostró que, pese a lo poco que ha frecuentado a Sibelius, dirige esta obra con la mayor lucidez. Una gloria. También lo fue la Primera Sinfonía de Elgar, ciertamente muy parecida a la del disco de Decca con la misma Staatskapelle Berlin. Si acaso, algunas aristas del disco, seguro que intencionadas, han quedado ligeramente suavizadas, y profundizado su humanismo. 

Algo similar diría de la interpretación de la Segunda Sinfonía, en la que volvió a llamar la atención la extraordinaria maleabilidad y la asombrosa belleza de sonido de la orquesta, que, por lo que se ve, se sigue superando día a día. Antes tuvo lugar el estreno en Inglaterra de Deep Time de Harrison Birtwistle, obra encargada por la Staatsoper Unter den Linden al gran compositor británico y estrenada en Berlín por Barenboim el 7 de junio de este mismo año 2017. Aunque no soy un experto en música contemporánea, creo que se trata de una composición magistral, construida con gran pericia y magníficamente orquestada. Fue muy evidente cómo se emplearon a fondo no ya en su compleja realización, sino también en desentrañarla. Si el primer día Barenboim y sus músicos tocaron de propina, tan bella como sentidamente, el excelso Nimrod de las Variaciones Enigma, el segundo día, tras el discurso de Barenboim, en el que sin nombrarlo criticó duramente el Brexit, los fanatismos, aislacionismos y demás plagas nacionalistas y xenófobas (a propósito: no existe, por definición, nacionalismo que no sea xenófobo), tras el aplaudidísimo discurso, digo, ofrecieron la Marcha No. 1 de Pompa y circunstancia más extraordinaria que he escuchado en mi vida. Si la sección central estuvo cantada de modo inenarrable, las secciones extremas habitualmente grandilocuentes fueron imbuidas de fuego y entusiasmo: un acierto total, más sorprendente aún en quien 44 años antes había grabado (con la London Philharmonic, Sony) una versión completamente fallida.

Bruckner en París
Tras dirigir en enero las tres primeras Sinfonías de Bruckner, el 9 y el 10 de septiembre ha ofrecido, en la misma sala de la Philharmonie de París, las dos últimas (no recuerdo ahora si entre unas y otras dirigió las centrales). Esta vez las retransmisiones han sido bastante buenas. Como es frecuente, no siempre se parecen del todo dos interpretaciones que se le escuchen a Barenboim de la misma obra, aunque las haga muy seguidas: la Octava es algo distinta de la que hizo en agosto en la Philharmonie de Berlín (la grabación que tengo suena tan mal que no me puedo pronunciar a fondo sobre ella) o la del blu-ray de Accentus, siempre con su Staatskapelle. Esta versión parisina me ha gustado un poco más en su primer movimiento, mientras que en el Adagio el enorme clímax no me pareció tan formidablemente bien resuelto como en las otras dos. Pero la Novena es, probablemente, la mejor que le he escuchado a él hasta ahora, lo que significa que es una de las más impresionantes que haya escuchado nunca. Si el primer movimiento se parece bastante a las últimas versiones escuchadas -tanto la del blu-ray como la del Carnegie Hall de Nueva York el pasado enero- lo que la sitúa para mi gusto por encima de ambas es la apocalíptica coda. El scherzo vuelve a ser, como en ambas, de una incisividad demoníaca. Pero es el Adagio final lo que la eleva hasta esas alturas que comentaba. Me parece que es la interpretación más emotiva y sobrecogedora que he escuchado jamás. Opinión que han compartido los varios amigos -buenos conocedores de la discografía- que la han escuchado conmigo. Tal vez no tan perfecta e inatacable como la justamente famosa grabación de Giulini para DG con la Filarmónica de Viena (que está tomada en estudio), pero, sí, más conmovedora aún. Cuando ocurre un evento de esta magnitud el público suele apreciar la excepcionalidad de la ocasión, y, así, la tormenta de aplausos recibida fue algo muy, muy especial.

Reinauguración de la Staatsoper Unter den Linden
Tras siete años de reforma, a fondo, el 3 de octubre ha reabierto el mítico teatro de la Ópera Estatal de Berlín. Como se recordará, durante esas temporadas las funciones han tenido lugar en el Teatro Schiller. "Se ha mejorado el confort y la visibilidad de los espectadores, se ha añadido una maquinaria escénica informatizada y completamente silenciosa en una caja escénica muy ampliada", así como una sala de ensayos para la orquesta que permite recrear la misma acústica del teatro. Una galería superior eleva la altura del techo cuatro metros, con lo que la sonoridad ha mejorado ostensiblemente, según su director musical. 

La reinauguración estaba previsto realizarla con el estreno de la ópera Saul de Wolfgang Rihm, pero una repentina enfermedad del compositor ha obligado a sustituirla en tiempo récord por las Escenas de Fausto de Schumann, aprovechando los decorados ya construidos para Saul. Partitura difícil de captar y sin duda con altibajos, pero en conjunto importante, creo que es bastante más valiosa que sus otras dos extensas obras sinfónico-corales: El paraíso y la Peri y El peregrinaje de la rosa. Varios de los cantantes previstos para la ópera se han incorporado al oratorio schumanniano. Barenboim, que al parecer nunca lo había dirigido, lo ha preparado en muy pocos días. El todavía intendente de la Staatsoper, Jürgen Flimm, de 76 años (que en 2018 será sustituido por Matthias Schulz) ha sido el director escénico, para lo que ha contado con actores que han recitado y escenificado a Goethe y que se han repartido los personajes junto a los cantantes. El espectáculo ha resultado, me parece, un poco largo y farragoso, con demasiadas peripecias en el escenario. La retransmisión televisiva por Arte ha gozado de buena imagen, pero de un sonido muy deficiente -más en la orquesta que en las voces-, por lo que no puedo juzgar a fondo la interpretación. Los tres cantantes protagonistas han rayado a muy alto nivel: el barítono Roman Trekel (Fausto), la soprano Elsa Dreisig (a la que no conocía, como Margarita) y el bajo René Pape (Mefistófeles). Entre los restantes roles han destacado el tenor Stephan Rügamer y la mezzo Katarina Kammerloher. Muy bien el coro y, parece ser, también la orquesta, nada bien recogida como digo (cosas de la televisión, pues el ingeniero de sonido ha sido nada menos que Friedemann Engelbrecht, de los Estudios Teldex). Así que no puedo juzgar a plena satisfacción la labor de la batuta, pero me da la impresión de que ha sido excelente. He aprovechado para reescuchar las dos grabaciones que tengo de este particular Fausto: la admirable de Britten (Decca 1973), con Fischer-Dieskau, Elizabeth Harwood y John Shirley-Quirk, en la que solo el primero aventaja a la versión que comento. Y la también sobresaliente de Bernhard Klee (EMI 1982), con, de nuevo, Dieskau, así como con Edith Mathis y Walter Berry. Quizá de entre ellas la Margarita ideal sea Mathis, mientras Pape es el Mefisto más destacado. 

Cuatro días después, el 7, Barenboim dirigía en la Bebel Platz de la capital alemana la Novena Sinfonía de Beethoven. Una interpretación al nivel que puede esperarse de él, conocedor como nadie, traductor como nadie hoy día, del compositor alemán, que en esta ocasión ha contado con un cuarteto de lujo: Diana Damrau (¡qué pasmosa facilidad para afrontar la terrible tesitura!), Okka von der Damerau, Burkhard Fritz y René Pape. En esta ocasión me han parecido especialmente formidables los dos movimientos centrales.