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lunes, 16 de agosto de 2021

Dos discos nuevos y un concierto de la semana pasada

 

Jan Lisiecki se enfrenta a los 21 Nocturnos de Chopin

Deutsche Grammophon ha registrado una importantísima colección pianística -nada menos que los 21 Nocturnos de Chopin- en una operación que yo denominaría “de alto riesgo”. Pues ha encomendado tan difícil y comprometida empresa a un pianista muy talentoso, sí, pero bisoño. Me refiero a Jan Lisiecki (Canadá, 1995). Este joven se ha metido -o lo han metido- en una gran camisa de once varas. Me explico: toca muy, muy bien, tiene buen gusto y parece poner la mejor voluntad. Pero mi impresión es que solo unos pocos de los Nocturnos los ha entendido a fondo. El Primero (Op. 9/1), los tres últimos y, sobre todo, el Octavo (Op. 27/2) los ha comprendido en profundidad y, en mi opinión, los redondea muy satisfactoriamente. Pero hay varios otros en los que lo encuentro muy perdido (sobre todo el 5º y el 17º), en los que a menudo toca una nota tras otra sin lograr conectarlas entre sí. La verdad, no me ha sorprendido mucho, pues solo un músico superdotado -y Lisiecki no llega a tanto- o un pianista de bandera con larga experiencia puede llegar a dominar la colección de principio a fin. Son muy pocos los que lo han logrado -Rubinstein, Arrau y Barenboim, en mi opinión- y, aun así, ninguno de ellos da lo mejor de sí en todos y cada uno de los nocturnos. Lisiecki podría haber salido airoso en otro proyecto no tan complicado, pero al parecer no ha sabido calibrar sus fuerzas musicales. La toma de sonido es extraordinaria.

 

Otro Concierto para violín de Beethoven

El sello Peral acaba de dar a conocer el Concierto para violín de Beethoven a cargo de Michael Barenboim y de su padre dirigiendo a la Orquesta del West- Eastern Divan. Es la sexta vez que Barenboim padre graba esta obra excelsa (con Stern, Zukerman, Perlman en CD, Perlman en DVD y en la versión pianística del propio Beethoven, tocando y dirigiendo), demostrando siempre en ella su magnífica estatura beethoveniana. Mi versión favorita de las suyas (¡y de todas!) es la de Zukerman con la Sinfónica de Chicago para DG, pero esta de ahora, registrada  para conmemorar el vigésimo cumpleaños de la orquesta de jóvenes israelíes, árabes y andaluces, es diferente a las anteriores, seguramente la visión más clásica de todas ellas por parte de esta batuta. Pero absolutamente admirable y con una respuesta de la orquesta genuinamente beethoveniana, “de libro”. 

En cuanto a Michael, a quien hace ya años le escuché en Ibermúsica una muy notable interpretación junto a la Sinfónica de la Radio Bávara y Lorin Maazel (vapuleada, cómo no, en Scherzo) y otra más madurada con su padre en Sevilla hace unos tres años, ha continuado ahondando en desentrañar esta obra en la que muy pocos violinistas han dado lo mejor de sí. Michael demuestra en esta grabación ser un músico a carta cabal, que supera incluso con nota muy alta la comprometidísima (desde el punto de vista artístico) sección central del primer movimiento. Su sonido, algo delgado, no es comparable al de sus colegas muy ilustres, pero lo único que yo le achacaría son algunos detalles aislados aquí y allá, en particular algunos portamentos (ninguno muy exagerado) que juzgo innecesarios. La cadenza del movimiento inicial no es la habitual de Fritz Kreisler, sino una de su propia cosecha, moderna pero que quizá no desentona. “Moderna”, quizá por ser Michael intérprete muy estimable de importantes obras del siglo XX, incluso de páginas de vanguardia: podría ser. La soberbia toma de sonido, a cargo de ingenieros del Estudio Teldex de Berlín, parece ser que fue realizada en público (según indagación de Fernando López Vargas-Machuca) en Buenos Aires el 31 de julio de 2019. 

 

Barenboim padre e hijo y Soltani en Salzburgo

El concierto al que me refiero en el encabezamiento ha tenido lugar la pasada semana (el 11 o el 12 de agosto) en el Grosses Festspielhaus de Salzburgo, dentro de la programación del festival de verano. Comenzó con la Obertura de Prometeo de Beethoven, que Barenboim probablemente dirigía por primera vez. Interpretación ejemplar de principio a fin, con una Orquesta del Diván en magnífica forma y de "sonido Beethoven" ideal. Vino luego el Concierto para violín y violonchelo de Brahms a cargo de Michael -espléndido aquí, salvo un poco logrado portamento a los 2’37” del comienzo del tercer movimiento- y del sencillamente extraordinario Kian Soltani, no “uno más” de los muy buenos cellistas surgidos últimamente. La dirección de Barenboim me ha recordado su inflamada, dramática y vehemente labor en su grabación, en Chicago junto a Perlman y Yo-Yo Ma, si bien ahora hay algo más de poso e introspección. Ardiente, arrebatador el primer gran tutti del Allegro inicial. Michael y Kian, aplaudidísimos, ofrecieron como regalo una bonita y breve pieza de Reinhold Glière, la Canzonetta op. 39/4. 

Desde su grabación con la Orquesta de París (DG 1976) no había vuelto, me parece, a la Sinfonía de César Franck, la más extraordinaria del repertorio francés (aunque no sea lo que entendemos habitualmente por música francesa). No fue una de las cosas más grandes que se le han escuchado a este director, si bien era versión más que notable. La de este mes en Salzburgo (la han hecho también estos días en Colonia, Rheingau, Hamburgo y Berlín) tampoco pasará a la historia, pero fue una interpretación importante. Empezó para mi gusto un poco apresurada, un pelín crispada y con acentuados contrastes particulamente dramáticos, pero pronto cogió “velocidad de mar en calma y viaje afortunado”, es decir mayor amplitud y grandeza. El lento fue sencillamente excelso, y muy en su sitio el final, con un pasaje meditativo maravilloso antes de la coda, en la que, justo en los últimos segundos, los trompetas se desmandaron un poco, en cantidad de sonido y quizá no exactamente ajustados: un pequeño accidente que no pasa de ser una anécdota, aunque muy visible. La propina de rigor fue un introspectivo y hermosísimo Nimrod de las Variaciones Enigma de Elgar.

sábado, 5 de junio de 2021

Barenboim vuelve a Debussy por todo lo alto

 

Martha Argerich

Deutsche Grammophon acaba de publicar un CD con un interesante, atípico y variado programa Debussy cuyo denominador común es Barenboim dirigiendo o tocando el piano. La Fantasía para piano y orquesta es una poco conocida composición del período juvenil (1889-90), un poco anterior al Preludio a la siesta de un fauno (1892-94) que le consagró como un genio innovador. Es la Fantasía su única obra para esa disposición y no es aún muy característica de su autor -quien sin embargo siempre la tuvo en alta consideración- pero en todo caso me parece que es injustamente no muy frecuentada. Varios intentos de estrenarla fueron frustrados. En 1909 Debussy transmitió a Edgar Varèse su intención de retocar la orquestación, algo que no llegó a realizar. Fue finalmente dada a conocer en 1920, dos años después de la muerte del autor. Concierto un tanto especial, enmascarado y atípico, para piano y orquesta, de casi 24 minutos, se divide en tres partes que se tocan sin interrupción -Andante ma non troppo-Allegro giusto, Lento e molto espressivo y Allegro molto-, su ejecución exige un considerable virtuosismo por parte del solista.

Michael Barenboim

El disco da un salto hasta finales de la vida de Debussy, con sus Sonatas para violín y piano (1917) y para cello y piano (1915), y se cierra con El Mar (1903-05), la única obra que Barenboim había grabado anteriormente de modo “oficial” (París, DG 1978; Chicago, TDK 2000 y Teldec 2001). En la Fantasía, Martha Argerich demuestra una vez más que ha hecho un pacto con el diablo: ¡cómo se puede tocar así a sus 79 años! Es un prodigio de agilidad, limpieza, precioso sonido y legato: una maravilla. Ni siquiera Sviatoslav Richter (en una grabación pirata de 1983, con Barenboim y la Orquesta de París) me gusta tanto como ella aquí, arropada además por un trabajo orquestal minucioso y pleno de atmósfera. Esta versión, increíblemente bien grabada como todo el disco, es toda una revelación.

Kian Soltani

En la Sonata para violín, Michael Barenboim está no ya irreprochable, sino cabal de principio a fin: puede que no sea uno de los grandes virtuosos actuales, pero es un músico de los pies a la cabeza y, supongo, se beneficia no poco de los consejos de su padre. Lo cierto es que ambos nos ofrecen una interpretación redonda. Hasta el punto de que solo me habían gustado a un nivel equivalente las de Kyung-Wha Chung con Radu Lupu (Decca 1979) y Janine Jansen con Itamar Golan (Decca 2011). En cuanto a la Sonata para cello, esta versión es simplemente la mejor que recuerdo, por delante de Rostropovich/Britten (Decca 1962) y Starker/Sebök (Mercury 1964). Kian Soltani, un joven excepcionalmente dotado, y un Barenboim pletórico dan realmente la campanada.

Otro “Mar”

¿Y El Mar? ¿Por qué habrá vuelto Barenboim a grabarlo? Supongo que por varias razones: es apreciablemente diferente de los suyos anteriores; quizá es el más turbulento y visionario, y hasta ocasionalmente aterrador, y porque descubre en varios pasajes texturas orquestales que nunca antes había yo escuchado, lo que a estas alturas no es fácil en una obra tantas veces grabada y de la que se han ocupado prácticamente todos los directores importantes. Tampoco se priva de lucir que su Staatskapelle Berlin, tan alemana ella, se puede adaptar también a lo francés como un guante. No quiero dejar de señalar actuaciones formidables del grupo de violonchelos, del oboe y la trompeta solistas. Esta versión se añade, pues, a la lista de mis favoritas: Barbirolli/Orquesta de París (EMI 1969), Tilson Thomas/New Philharmonia (Sony 1983), Sinopoli/Philharmonia (DG 1990), Muti/Filadelfia (EMI 1994) y las dos de Barenboim con Chicago.  

martes, 8 de diciembre de 2020

Los Tríos de Beethoven por los Barenboim y Soltani

 

Las obras

Ante todo, una aclaración sobre la a menudo confusa numeración de los Tríos con piano de Beethoven, que según cómo se haga son seis o siete. La diferencia estriba en que el Trío op. 11 (1798) se puede tocar también con la combinación de piano, violín y violonchelo, si bien en la original es el clarinete el que aparece en lugar del violín. Por eso, tras los tres primeros Tríos, Op. 1 (1793-95), a veces aparece el Op. 11 como Trío nº 4. Entonces los siguientes, los dos de la Op. 70 (1808) serían el nº 5 y el nº 6, y el Op. 97 “Archiduque” sería el nº 7. Pero con parecida frecuencia el Op. 11 es apartado de la lista y entonces los Op.70 son el cuarto y el quinto, y sexto el “Archiduque”.

En todo caso, sacar el Op. 11 de la lista numérica tiene otra razón de bastante peso: es una obra bastante decepcionante (algunos musicólogos la juzgan peor que eso, opinión que comparto). En cambio, todos los otros seis son obras, por motivos diversos, excelentes. En efecto, los tres primeros, deudores aún de Haydn (quizá más que de Mozart) son de lo más logrado compuesto por Beethoven en el siglo XVIII. Los dos primeros (en Mi bemol mayor y Sol mayor) son algo más llamémosles tradicionales, pese a que seguramente superan en amplitud, ambición y proyección a todos los Tríos tanto de Haydn como de Mozart. Pero el Tercero, en Do menor, es una composición más audaz y también más dramática; por ello, de los tres fue el que incomodó un tanto a Haydn, que en todo caso reconoció el gran talento que su discípulo demostraba en ellos. ¡Y tanto!...

Los dos de la Op. 70 son obras geniales, aunque sea el primero de ellos, en Re mayor (“Espectro”) el más conocido y admirado, a causa sobre todo de la modernidad visionaria e inquietante de su “Largo assai ed espressivo” central; en todo caso el segundo, en Mi bemol mayor, es una obra solo engañosamente más convencional (“no hace alarde de innovaciones particulares en su forma o su escritura, pero su inspiración es literalmente sublime, y la fantasía e inventiva, bajo los prismas temático, tonal y armónico, son dignas de las más más grandes obras maestras”. Claude Rostand). Pero es el último, el llamado “Archiduque” (1811, rev. 1815), no ya el más extraordinario de la serie, sino, reconocidamente, el más grande de la historia de la música (“Marca el límite al que puede llegar la expresión musical: poesía en estado puro, desvinculada de todo elemento material”. Herriot)

Discografía decepcionante

En varios de los discos con estos Tríos encontramos la combinación de tres nombres ilustres (Kempff, Szeryng, Fournier, por ejemplo), pero ello no es garantía de excelencia. Como se sabe, la esencia de la música de cámara es el diálogo, el entendimiento y compenetración entre los instrumentistas (“el diálogo inteligente entre varias voces”, ha señalado alguien atinadamente). Pues bien, mientras existe diversidad de grandes versiones en otras parcelas beethovenianas, en esta son muy pocas las ocasiones en las que se les ha hecho plena justicia. Esos tres solistas citados (DG 1970) simplemente no se entendieron bien entre ellos, o no trabajaron juntos las obras lo suficiente. Peor aún fue lo que salió del encuentro entre Kempff (beethoveniano muy sobrevalorado), Menuhin y Rostropovich (1974, reedición de Naxos). Y algo así, aunque no siempre tan grave, ha ocurrido en varios otros casos, con -yo diría- solo dos elocuentes excepciones: ese mismo año del segundo centenario del nacimiento de Beethoven con Barenboim, Zukerman y Du Pré (EMI) y en los Tríos -no todos- en los que intervino nuestro gran Pablo Casals.

El ciclo EMI de 1970, no muy bien grabado por cierto, está muy en la onda del primer ciclo de las 32 Sonatas grabado por el argentino por esos años: había que revelar la grandeza del universo beethoveniano, y se imponían la hondura y la belleza en una magnífica amalgama. El entendimiento entre los tres jóvenes y dotadísimos músicos alcanzó una cota inimaginable. Durante medio siglo no ha sido alcanzado, ni de lejos.

Y sí, cincuenta años después, Barenboim vuelve a llevar la serie al disco. Ahora no cuenta con solistas tan estelares: su hijo Michael (n. 1985) es un músico de una pieza, pero no posee el carnoso sonido de Zukerman, sino uno más fino y afilado, que quizá no sea el ideal. En cualquier caso, en estos me ha convencido más que en los Tríos y los Cuartetos con piano de Mozart. En cuanto a Kian Soltani (n. 1992) no es posible compararlo con la personalidad desbordante de Jacqueline Du Pré, pero debo decir -rásguense algunos las vestiduras- que en estas obras ¡no me ha gustado menos que ella! Me limito a constatar lo que escucho, sin dejarme influir por la distancia entre los nombres de una intérprete genial y de un joven de talento sin duda extraordinario. También afirmo, y con rotundidad, que Barenboim me gusta más aquí que hace medio siglo. Quien se moleste en comparar las versiones comprenderá lo que digo.

También hay un claro paralelismo con su reciente grabación del ciclo de las 32 Sonatas, solo que en los Tríos no hay un solo momento de apuro por la dificultad virtuosística de algunas Sonatas. Todo en el piano es rigurosamente maravilloso, por la riqueza de acentos, de los ataques, la diversidad superior de estados de ánimo (hay ¡de todo! en estas obras). Abundando en lo que decía en mi comentario a las Sonatas de 2020, la técnica de Barenboim, el dominio de los resortes del instrumento, es ahora mejor que nunca, lo que ni siquiera debería sorprender. Para quien sea escéptico, basta con que escuche las escalas, con una delicada regulación agógica y dinámica en el trio central del Minueto del Trío op. 1/3. Ya he hablado de los tres que tocan; pero lo determinante aquí es la compenetración entre ellos: algo que convierte estas interpretaciones en oro puro. La lógica debida a Beethoven es aquí, de nuevo, incomparable.

Grabados en diciembre de 2019 por el Estudio Teldex en la Sala Pierre Boulez de Berlín, poco antes o poco después de las interpretaciones con público que llevaron a cabo en esa misma sala, y que han sido divulgadas en imágenes, la toma de sonido (con el ya famoso Nuevo Piano) es, a distancia, la mejor que he escuchado. (No creo que sean las mismas tomas, pues no se oye el menor murmullo). El álbum de 3 CDs contiene también las interesantes Variaciones Ich bin der Schneider Kakadu (“Soy el sastre Cacatúa”), op. 121a, de 1803, revisadas en 1824.