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sábado, 22 de agosto de 2026

Kirill Petrenko, más director que músico · Voces “raras” · Y un apéndice

  

Su País

En Digital Concert Hall acabo de escuchar a Kirill Petrenko dos interpretaciones de sendas obras muy significativas: Mi País de Smetana y El oro del Rin de Wagner.

El ciclo de seis poemas sinfónicos tuvo lugar en la Sala Smetana (¡muy propio!) de Praga el 12 de mayo de 2024. Ninguna de las seis partes se vio libre de ciertas carrerillas, al menos en alguna de sus secciones; también se acusa cierta propensión al efectismo -aunque el carácter épico de estos poemas patrióticos no siempre ha sido muy perceptible-, así como a destacar quizá en exceso ciertos motivos que deberían aparecer -sí, es importante que se escuchen-, pero en segundo plano: no se es más claro por hacer sonar a niveles similares todo lo escrito en la partitura. Pero quizá el defecto recurrente más apreciable en su desempeño como director es el problema con las transiciones entre pasajes, que suelen ser poco fluidas, un tanto abruptas, con perceptibles costuras. Furtwängler dijo algo así como que el arte de la dirección orquestal reside ante todo en el dominio de las transiciones. Pues bien, el director titular de la Orquesta Filarmónica de Berlín no posee precisamente ese arte. Como también se pudo apreciar en su Oro del Rin.

 

Oro “lírico”

Esta carencia se apreció igualmente en muchos momentos de su Rheingold del 10 de abril de 2026 en la Philharmonie de Berlín. En versión de concierto, por supuesto, aunque algunos cantantes no dejasen de gesticular y hasta de desplazarse: versión atenuada de lo que harían en el escenario de un teatro.   

En el largo elenco de voces hubo un poco de todo, si bien fue norma casi general el recurso a voces más líricas de la cuenta. Christian Gerhaher es un cantante excepcional y un gran intérprete, pero su voz, puramente baritonal (lírica) no es adecuada, ni mucho menos, para Wotan, que requiere un bajo-barítono o un bajo propiamente dicho. Quizá esta circunstancia le llevó a sobreactuar un poco (a veces, bastante). Lo menos acertado del reparto fue, en mi opinión, el Alberich de Leigh Melrose, un barítono atenorado para un papel que exige una voz no menos grave y dramática que la de Wotan (aunque se diferencia de esa en que conviene que sea de carácter). Circunstacia por la cual el grado de sobreactuación del cantante fue disparado, disparatado. Catriona Morison hizo con mucho acierto de Fricka, aunque su voz no es de mezzo, sino prácticamente de soprano, más lírica que dramática. 

Me gustó mucho, sin embargo, Brenton Ryan como Loge. Es un tenor lírico, pero de voz no muy pequeña, tipo vocal que me parece el más idóneo para este personaje, que, sin embargo, han grabado -no entiendo bien por qué- tenores más dramáticos, como Wolfgang Windgassen, Ludwig Suthaus, Set Svanholm o Siegfried Jerusalem. Otros directores han optado por tenores líricos con cierto squillo, como Gerhard Stolze, Peter Schreier, Heinz Zednik, Graham Clark o Stephan Rügamer. Decisión que encuentro más pertinente, tanto por el carácter del personaje como por motivos estrictamente vocales.

También me parecieron bien los dos gigantes -Le Bu como Fasolt y Patrick Guetti como Fafner, este último quizá un poco bisoño-, la soprano lírica ancha Sarah Brady como Freia o Jasmin White, una joven contralto-contralto como Erda. También estuvieron en su sitio los restantes cantantes, los papeles más breves.

La labor de Petrenko tampoco me convenció gran cosa: ya desde el mismo Preludio, no bien graduado el crescendo, hasta la Entrada de los dioses en el Walhalla, en la que -pese a que este director suele tender al estruendo efectista-, se quedó algo corto. Sus tempi fueron especialmente rápidos y con frecuente sensación de nerviosismo: 137’ frente a los 150’ (Milán) o 155’ (Roma) de Furtwängler, los 158’ de Knappertsbusch (1956 y 1958), los 146’ de Solti y de Karajan, los 149’ (1993) o 153’ (2010) de Barenboim.

 

Voces raras en Wagner

De todas maneras, si me he sorprendido de algunas de las decisiones vocales de este Rheingold, no son nada comparadas con el hecho de que Klaus Florian Vogt, que no debería haber pasado del David de Los maestros cantores, haya encarnado en principalísimos escenarios a Sigfrido y a Tristán. Algo que muchos consideramos totalmente incomprensible.

Un caso opuesto: escuchando ayer mismo a Georg Hann como Daland en El holandés errante de Clemens Krauss, busqué a este cantante en Wikipedia, y lo etiqueta como bajo-barítono. Pues bien, este señor (1897-1950), en todo lo (poco) que le he escuchado* siempre me ha parecido uno de los pocos bajos-bajos, incluso bajo profundo, que recuerdo. ¡Qué descontrol!

*Los dos grandes oratorios de Haydn, Der Freischütz, un recital del sello Phonographe (1938-1943) y quizá algo más que ahora no recuerdo.

 

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APÉNDICE

 

Pablo Heras Casado creo que le ha arrebatado a François-Xavier Roth y a Jordi Savall la primacía como mal intérprete de Bruckner: su Tercera Sinfonía, en la (desafortunada) versión de 1873, que acaba de lanzar Harmonia Mundi al frente de Anima Eterna Brugge, me ha parecido fatal. Creo que no tiene idea de cómo es, cómo debe sonar este compositor, y además de caprichosa, su versión resulta un “caos de chatarras”, como la ha calificado un amigo que la ha escuchado conmigo: cualquier forte o fortissimo es un engrudo en el que no se reconoce lo que está ocurriendo, lo que está escrito.

Pero estoy convencido: no faltarán quienes elogiarán esta grabación. Porque, claro, seguro que afirman que está históricamente bien informada. Pero esta vez hay un problema adicional: esta versión de 1873 no se estrenó hasta 1977. ¿Realmente se hizo con instrumentos antiguos y con criterios decimonónicos? ¿Habría que copiarla? No sé quién la dirigió en el estreno. ¿La hizo muy mal y aquí se la copia?... En cualquier caso: un disco absurdo e innecesario del que hay que huir. ¡Con lo bien que comenzó su carrera el director granadino!...


sábado, 8 de febrero de 2020

Breves de canto: Gerhaher, Garifullina, Flórez, Domingo, Petibon, Kaufmann, Rachvelishvili, Pavarotti...



Wozzeck en Múnich: Gerhaher, Barkmin, Haenchen y Kriegenburg

Una versión de Wozzeck (acaso la ópera más genial del siglo XX) de noviembre de 2019 en la Ópera Estatal de Baviera que no me ha dejado huella. Creo que a un teatro tan prestigioso se le puede pedir mayor nivel (suele alcanzarlo). La dirección musical de Hartmut Haenchen, correcta pero rutinaria y más efectista que sentida, no ha contribuido a que me convenza. Lo mismo que la escena de Andreas Kriegenburg, pasada de rosca en su sordidez y recurriendo a tópicos ya muy vistos, como el suelo cubierto por tres o cuatro dedos de agua, lo que obliga a los cantantes (y al director, al saludar) a llevar botas de agua, y, peor aún, al pobre Christian Gerhaher a estar unos minutos tumbado, empapado… El gran liederista que es el barítono lírico alemán no sé si hace muy bien en encarnar un personaje tan exigente y agotador, que requiere una voz más dramática y puede dañarle la suya. Por lo demás, lo hace muy bien, aunque lejos de un Fischer-Dieskau o un Grundheber, pues el canto -excelente- no basta. La Marie de Gun-Brit Barkmin me ha parecido floja: insuficiente, plana, impersonal. Muy bien el Capitán de Wolfgang Ablinger-Sperrhacke, muy endeble el Doctor de Jens Larsen, pálidos el Tambor mayor de John Daszak (qué papel tan difícil), el Andres de Kevin Conners y el -lúcido- Loco de Ulrich Ress…  

Roméo et Juliette en Viena: Garifullina, Flórez, Domingo y Flimm

De 2017 es un Romeo y Julieta de Gounod representado en la Ópera Estatal de Viena a cargo de dos grandes cantantes tan en su sitio como los lírico-ligeros Aida Garifullina y Juan Diego Flórez; en el resto del reparto, sin un solo papel determinante, que he encontrado desigual, sobresale el barítono madrileño Gabriel Bermúdez como Mercutio. La actualización a nuestro tiempo de la escena llevada a cabo por Jürgen Flimm creo que no aporta nada positivo. Tercer gran triunfador junto a los cantantes protagonistas: la batuta de Plácido Domingo. Excelente, aunque no les guste aceptarlo a muchos que yo me sé…

Les Contes d’Hoffmann en Bruselas con Petibon, Cutler, Bretz, Altinoglu y Warlikowski

La Monnaie de Bruselas ha ofrecido en 2019 un espectáculo al que prefiero dedicarle el menor espacio posible: la antes promisoria Patricia Petibon tiene ya la voz arruinada para Olimpia (no llega arriba, desafina…), sin haber obtenido consistencia para Antonia o Giulietta, y además hace el ganso sin ton ni son, en connivencia, supongo, con el pretencioso e infumable (creo que en todo lo que he visto) director escénico Krzysztof Warlikowski, quien ha tergiversado todo a su placer, con un gusto pésimo. Eric Cutler, tenor muy lírico, es un Hoffmann más bien irrelevante, y solo correcto Gábor Bretz, de sólida voz baritonal, encarnando a los malos. Algunos secundarios buenos (entre ellos Sir Willard White como Luther y Crespel) no levantan la función, en la que lo único salvable es la batuta: el parisino Alain Altinoglu (n. 1975).

Anita Rachvelishvili pulveriza a Pavarotti

No suelen interesarme los recitales de cantantes con repertorio muy popular, como este que tuvo lugar en la Waldbühne de Berlín el año 2018, con el título “Una noche italiana”, y que ha publicado Sony en blu-ray. Pero ha habido una razón menor y sin embargo poderosa que me ha llevado a hacerme con él: unos amigos me mostraron cómo la mezzo georgiana Anita Rachvelishvili (n. 1984), para mí una de las más extraordinarias cantantes de nuestros días, hacía una auténtica creación de una canción que hasta ahora apenas me había gustado: Caruso, de Lucio Dalla. Canción que yo conocía solo en la voz de Luciano Pavarotti y que había llegado a detestar. Pues bien, lo que hace con ella la magnífica mezzo, tan gran cantante como inteligente y penetrante intérprete, es darle la vuelta por completo, ennobleciéndola como nunca pude imaginar: la vociferante y gimiente versión del famosísimo tenor -muy incómodo además en la zona del paso- de Módena, de la que hizo vender miles y miles de copias, se ha transformado en un sentimiento íntimo absolutamente conmovedor. ¡De no dar crédito!

El blu-ray muestra en su portada solo al principal protagonista de la velada, Jonas Kaufmann, y, en una letra mucho más pequeña (¡qué mal gusto!), a la mezzosoprano. Es verdad que la parte del león quedó encomendada al tenor alemán, que cantó más del doble de piezas que ella, aguantando impertérrito una velada agotadora, casi siempre muy bien y siempre dándolo todo. Quizá lo que menos me convenció fue “Cielo e mar” de La Gioconda; en el dúo “Tu qui, Santuzza?” y en el aria “Mamma, quel vino è generoso” de Cavalleria rusticana estuvo espléndido, lo mismo que en la mayor parte de las canciones napolitanas y hasta ligeras del programa. Pero lo mejor fue para mí lo que cantó la marginada Rachvelishvili: una impresionante “Voi lo sapete, o mamma” de la referida ópera de Mascagni, más Caruso y otras canciones a solo y a dúo con Kaufmann. La Orquesta Sinfónica de Radio Berlín estuvo dirigida con desigual acierto por Jochen Rieder. Por cierto, me han parecido espléndidas las dos piezas orquestales de Nino Rota incluidas en el programa: La passerella di addio (de Ocho y medio) y La leyenda de la montaña de hielo.