Comentarios
impresentables
Lamento no publicar algunos comentarios que me llegan al blog; lo siento, pero sus autores -anónimos casi siempre- dicen cosas tan simplonas -y a menudo con tan mala redacción- que llego a sentir a veces algo así como vergüenza ajena. Algunos son para felicitarme o darme la razón, otros para lo contrario: el anonimato sirve muy bien para zarandear. Yo, la verdad, esperaría un nivel más alto, que es el que a priori imaginaría para lectores de un blog especializado ¡en música clásica!
Pero no; hay lectores que lo que quieren es o bien enredar o bien pontificar (cuando no lo uno y lo otro). Por ejemplo (no es reciente, sino de hace tiempo; así, probablemente, no ofendo a quien me lo envió. Dudo que siga consultando este blog): “metes veinti tantas versiones de esta obra, todas les pones notas muy altas, pero no está la mejor de todas, que es la de Fulanito con la Orquesta Menganita” (no quiero humillar a ese director y a “su” orquesta. Pero es una versión antigua, olvidada y totalmente inencontrable, de la que no creo que pueda esperarse nada muy allá). No hace falta decir que esa seguridad infalible en el gusto propio dice poco a favor de quien hace ese tipo de afirmaciones.
En otros blogs, sin embargo, no parecen descartarse comentarios de un nivel ciertamente impresentable; pongo solo un par de ejemplos leídos hace algún tiempo: a propósito de una foto en la que están juntas Joan Sutherland, Renata Tebaldi, Elisabeth Schwarzkopf y Lisa della Casa, se preguntaba el comentarista: “¿Cuál era la mejor? Carrascosa lo tendría claro: ¡Barenboim, claro!”. Y yo digo al autor de tan gracioso y ocurrente comentario, y a quien le ha permitido que pueda ser leído: ¡¡qué nivelazo para denigrarme!!
Otro ejemplo: “Quien no
guste del canto de Pavarotti pasa a ser un sospechoso. De qué, no lo sé, pero
de algo grave, sin duda” (he corregido la redacción, torpe en el original). A
la persona autora de este comentario le voy a poner un solo ejemplo de
“sospechoso de algo sin duda grave”, que no es precisamente a quien apunta,
sino ¡Sir Georg Solti! Que trató a Pavarotti, le dirigió y grabó con él algunas
veces (y hasta consiguió extraer de él mucho más de lo habitual). Pero de su última
grabación con él, Otello, “no quería ni oír hablar”. Esto lo sé de
primerísima mano. Vamos, dicho por el propio Solti (en Londres, octubre de
1992, por más señas).
Erre que erre
Yo fui, modestamente, de
los primeros críticos musicales (si es que puedo considerarme así) que en
España se percataron de que Daniel Barenboim era, aún muy joven, un músico
fuera de serie. Mi “revelación” fue con su Sonata “Patética” de
Beethoven para EMI de su primer ciclo (tenía 23 años cuando la grabó) y con la Sonata
K 330 de Mozart para Westminster (tenía 22). Y pronto lo escribí. Eso me
acarreó desdeñosos comentarios y hasta reprimendas de otros críticos más
veteranos, quienes me tomaron sin disimularlo por un fanático del de Buenos
Aires. A quien yo entonces no conocía, y no tenía razón alguna para que me cayera bien o
mal. No fui el único que advirtió en él un talento formidable, y ya no como
pianista, sino también ¡como director!: José Luis Pérez de Arteaga escribió a
raíz de la publicación de su disco con la Música para cuerda, percusión y
celesta y el Divertimento de Bartók (grabados cuando contaba 26 años)
que -no recuerdo las palabras exactas- “estaba llamado a ser el sucesor de
Karajan”.
Muy poco después se supo que, tras grabar con él (a los 23 años) el Concierto No. 25, K 503 de Mozart, el más grande director vivo de entonces, Otto Klemperer, declaró haber encontrado, por fin, al pianista con el que grabar los cinco Conciertos (más la Fantasía coral) de Beethoven.
A los críticos que me habían menospreciado por mi admiración hacia Barenboim esto parece que no les sentó nada bien, y vaya si yo se lo noté: un pardillo como yo se había dado cuenta de la excepcionalidad de Barenboim ¡antes que ellos! No me lo iban a perdonar. Son, ellos y varios de sus discípulos, algunos de los que nunca han reconocido las inmensas capacidades del pianista (y, para colmo, del director). No hace falta insistir: datos objetivos como su nombramiento en París para suceder a Karajan y a Solti, y más adelante a este último en Chicago les sentaron como el culo (perdón por la expresión). ¡Erre que erre!, han pasado junto a ellos multitud de discos (y conciertos) memorables, y no han querido dar su brazo a torcer. Eso justificaría lo que alguien ha señalado: que yo he hecho más daño a Barenboim que nadie en España. Pero, seamos serios, ¿quién es, quiénes son los que se lo han hecho?... ¿Yo, o ellos por reacción, por llevar la contraria?
Casualmente, leyendo el magnífico prólogo de Sebastián Juan Arbó a una edición de Le Père Goriot de Balzac, me he encontrado con unas interesantísimas citas, que voy a reproducir aquí: dado que ciertos críticos literarios elogiaban sin medida algunas piezas de su época, en Conversaciones con Eckermann, Goethe le decía a su amigo: “Son obras muy buenas, revelan talentos notables, autores que han sabido aprender y hacer propios el arte y el buen gusto, pero les falta una cosa: el vigor. Tome nota de esta palabra, y guárdela en su mente”. Y seguía el autor de Faust: “Entre los críticos de arte y literatura de nuestro tiempo existen seres tan infelices como para negarse a confesar esta verdad y considerar la presencia de una poderosa personalidad en una obra de poesía o de arte como un hecho sin importancia. Y es que para sentir esta poderosa personalidad y para saber honrarla, es preciso que uno mismo sea importante”. O se niegan a confesarla o es que simplemente son incapaces de percibirla, puntualiza Arbó. “Las doctrinas falsas [que esos críticos difunden] -continúa Goethe- van siguiendo entretanto su camino, provocan su efecto y van creciendo como cizaña entre los trigos”.
Vamos, que esta situación
no ha cambiado mucho desde hace dos siglos: críticos musicales musicalmente
sordos, incapaces de apreciar lo extraordinario, mientras ponen por los cuernos
de la luna auténticas ridiculeces y estupideces carentes plenamente de
personalidad, de verdadero arte. Pero, eso sí, puede que muy atentas a la letra.
O históricamente muy bien informadas...