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sábado, 13 de junio de 2020

Una opereta en Blu-ray y otras dos desde el Met


El país de la sonrisa en Blu-ray

Son pocas las operetas en lengua alemana -a excepción de El Murciélago de Johann Strauss hijo- que cuentan con versiones notables en imágenes. Tampoco las del gran continuador en los países germanos del "Rey del Vals", Franz Lehár (1870-1948), austríaco nacido en lo que hoy es Hungría y que es el último y mayor representante del género en el siglo XX. Con la octava de sus 38 operetas, La viuda alegre (1905), alcanzó un gran éxito y justo renombre. De los títulos que siguieron -estrenados en Viena o Berlín- se mantienen en repertorio en los países de su lengua otra decena, y entre ellos uno de los más destacados logros es sin duda Das Land des Lächelns (Berlín, 1929), que contiene una de las arias de tenor ("Von Apfelblüten einen Kranz") más bellas e inspiradas del género. (Por cierto, me parece que la habitual traducción El país de las sonrisas no es la más indicada). Esta versión filmada, del sello Accentus, es la segunda que conozco tras la floja y muy anticuada de Kollo, Pitsch-Sarata/Ebert (DG), pero resulta inevitable compararla también con las dos principales de audio, ambas del sello EMI: la de Gedda, Rothenberger, Renate Holm, Harry Friedauer/Mattes (1967) y la de Jerusalem, Donath, Brigitte Lindner y Martin Finke/Boskovsky (1982). El dificilísimo papel del Príncipe Sou-Chong -que requiere un legato magistral, línea de canto y regulación del sonido muy sofisticadas- fue inmortalizado por Nicolai Gedda y desde entonces es iluso pretender encontrar algún tenor a su altura. En cualquier caso, tanto el joven Jerusalem como el hoy en sazón Beczala -cuyo territorio originario y quizá más natural es precisamente el de la opereta- resultan espléndidos. Este último, con un hermoso timbre, una técnica muy depurada, elegancia en el fraseo y un conocimiento certero del estilo, es con seguridad la elección más acertada hoy día.

La gran sorpresa ha sido para mí la soprano lírica (con tintes de ligera) Julia Kleiter: preciosa voz, excelente canto y todo lo demás -actuación incluida- con el solo pero de algún sobreagudo un poco estridente; poco tiene que envidiar globalmente a sus dos grandes antecesoras citadas. Estupenda también la soprano ligera Rebeca Olvera como Mi, y correcto Spencer Lang como Gustl. Regular Davidson en su brevísima aparición como Tschang, y muy en su sitio Martin Zysset en el papel del cómico Jefe de los eunucos. Espléndido el Coro de la Ópera de Zúrich, soberbia la Orquesta Philharmonia Zürich y sensacional la batuta de Fabio Luisi, que, oh sorpresa, parece todo un especialista, aventajando incluso al indiscutido experto Boskovsky. Ese especial mundo lehariano, elegantísimo y decadente, resulta que parece irle como anillo al dedo al maestro italiano. Para terminar de redondear la faena, la escena de Andreas Homoki, que lidia con un argumento delirante, es ejemplar: estéticamente impecable, sensata, sin la menor extravagancia y logrando creíbles interpretaciones de los cantantes. Un producto, pues, muy difícil de superar hoy por hoy. Sonido e imagen a pedir de boca; solo se echan en falta los subtítulos en español. 

Pese a mi gran, enorme admiración por Puccini, La Rondine me gusta poco. Esta opereta, estrenada (muy apropiadamente) en el Casino de Montecarlo el año 1917, apenas posee una aria (“Ch’il bel sogno di Doretta”) preciosa, y poco más: funcionó la maestría del compositor, pero no movilizó en absoluto su genio, llegando a veces sus melodías a resultar no solo convencionales (pálida repetición de las suyas más inspiradas), sino también empalagosas. Ahora bien, la función de 2009 divulgada recientemente en abierto por el Met contó con una representación de lujo (como corresponde al ambiente de la trama), dirigida en lo visual con gran acierto por Nicolas Joël, con preciosa escenografía. La batuta del batutero (perdón por el término) Marco Armiliato tuvo suficiente competencia. Y contó con un punto muy fuerte en Angela Gheorghiu como Magda: uno de sus mejores logros en años, por esa etapa ya madura de su voz y su arte. De la referida aria hizo una verdadera creación, ni siquiera superada por la exquisita Kiri Te Kanawa en su grabación con Maazel; solo -que yo sepa- por Caballé en su mítico recital Puccini con Mackerras. Roberto Alagna es un tenor que nunca me ha entusiasmado: admiro su voz, pero su canto me suele parecer bastante pedestre; aquí, además, en su Ruggero ha desaparecido parte de su seguridad canora. El otro tenor, en el papel de Prunier, tampoco me ha gustado mucho: demasiado blanco el timbre de Marius Brenciu, forzado además en el agudo. Muy bien, en cambio, la Lisette de Lisette Oropesa, en aquel momento casi una ligera pura. Y resulta triste reencontrarse con Samuel Ramey (Rambaldo), quien a sus 67 años muestra una voz totalmente arruinada por un trémolo imposible. 

Más lograda globalmente ha sido La viuda alegre de Franz Lehár, la mayor opereta (1905) posterior a Johann Strauss hijo. Cantada aquí (2015) en traducción inglesa -lo que se puede entender al ser montada con abundantes partes habladas-, la suntuosa y preciosa escena de Susan Stroman es poco menos que insuperable (por cierto: experimentos escénicos con La Rondine o con La viuda alegre creo que son difícilmente tolerables), siendo uno de sus mayores aciertos la interpretación actoral de todos y cada uno de los intervinientes. La dirección musical de Sir Andrew Davis me ha parecido impecable, muy en estilo. El de Hanna Glawari es un papel ideal para Renée Fleming; creo que es una pena que no haya frecuentado más el género, en el que podría haber sido digna continuadora de la Schwarzkopf y la Rothenberger. Aunque su voz ha perdido algo de aquel plateado brillo de su etapa dorada, su arte y adecuación siguen intactos. El segundo papel principal, el de Danilo, ha sido menos brillante: el barítono lírico Nathan Gunn no está al nivel deseable. Muy bien Kelli O’Hara como Valencienne, bastante bien Alek Shrader como Camille, y espléndido, con la voz en estupendo estado a sus 71 años, Sir Thomas Allen en el papel del Barón Mirko. Pese al mediano Danilo, una verdadera delicia de función que pide a voces su publicación en DVD/Blu-ray. 



jueves, 26 de diciembre de 2019

Dos Verdis juveniles: "I Masnadieri" en La Scala y "Macbeth" en Viena


I Masnadieri en La Scala

Estrenadas ambas el mismo año, I Masnadieri (Londres, 22-VII-1847) no está, me parece -y lo digo en contra de una opinión muy extendida- entre los títulos menos interesantes de los "Años de galeras". Cuatro meses antes (14-III-1847) se había dado a conocer, en Florencia, Macbeth, indiscutiblemente la más lograda de las óperas de Verdi anteriores a Rigoletto. En realidad es que prácticamente todas las óperas primerizas de este compositor tienen algún elemento que las reviste de interés. En casi todos los casos, la sinceridad del compositor, que abiertamente se cree lo que escribe. La versión escalígera que en junio-julio de 2019 se presentó del melodrama basado en Die Räuber (Los bandidos) de Schiller (del que, sin duda, Verdi quedó por debajo en categoría artística) constituyó un logro sobresaliente, tanto por su reparto vocal como por la batuta y la escena. Esta corrió a cargo de David McVicar y, aunque pueda resultar controvertida, a mí me pareció acertada en su enfoque. Michele Mariotti es un músico sólido que sabe lo que se trae entre manos, aunque no sea el mejor Verdi juvenil que le he escuchado; quizá debió aplicar mayor contundencia, dureza y aspereza en algunas situaciones.

Lo mejor de la versión estuvo, en mi opinión, en la elección de los cantantes: la Amalia de Lisette Oropesa, quizá un poco más lírica de lo aconsejado, fue modélica de principio a fin en el canto, si bien en la caracterización no hace olvidar a Caballé en su famosa grabación junto a Bergonzi, Cappuccilli y Raimondi. Fabio Sartori, Carlo, no es, evidentemente, Bergonzi, pero es de lo mejorcito que hoy puede hallarse en tenores verdianos: muy en su lugar, sin alardes ni superficialidad, sirviendo a la música. Se dice que prácticamente no hay barítonos verdianos (cuando en realidad nunca ha habido muchos: ¿les parece lo que se dice un barítono verdiano Tito Gobbi, que grabó no sé cuántas óperas junto a la Callas?); pues bien, hoy, aparte de los ya bien consolidados que están en la mente de todos (Carlos Álvarez y Ludovic Tézier en primer lugar), hay un hombre relativamente joven, Massimo Cavalletti (n. 1978) que posee una de esas voces que muchos operófilos nostálgicos dicen que ya no existen. Robusta, timbrada, de color verdiano y de firme registro agudo. Ya ha actuado con directores como Mehta, Barenboim, Chailly, Luisi, Luisotti, Roberto Abbado o Pidò. Su Francesco en la presente función resulta más que esperanzadora: creo que estamos ante un cantante que puede dar mucho juego. Muy bien como Massimiliano Michele Pertusi, quien ya es un bajo-bajo, y notables los intérpretes de los papeles menores.

Macbeth en Viena

El último Macbeth de la Ópera Estatal de Viena (octubre de 2019) fue bastante más desigual. A decir verdad, lo único que me pareció de veras grande fue Plácido Domingo en el rol titular, y eso que llegó al final visiblemente cansado. Aun así, la fuerza, la matización y la veracidad de su caracterización entusiasmaron al público. No tuvo a su lado a una Lady Macbeth que me gustara: Tatiana Serjan posee una voz más bien ingrata y una técnica desigual: los agudos, pequeños y alcanzados de modo nada ortodoxo, parecen salir de otra garganta; la coloratura deja que desear. ¿Le haría gustado esta señora a Verdi? Lo digo por aquello que afirmó de que no quería una voz bella para encarnar a esa bruja (¡mucho más bruja que las del coro!) Imposible saberlo, pero aprovecho para decir que no estoy de acuerdo en ese punto con mi admiradísimo Verdi. ¿Son voces feas las de Bumbry o Verrett, intérpretes eminentes de Lady Macbeth?... Banco estuvo a cargo de un bajo-bajo de gran volumen, pero no precisamente muy dúctil: Ryan Speedo Green. Malcolm estuvo encomendado a un tenor que creía estar cantando verismo: Jinxu Xiahou. Muy bien, en cambio, el Macolm de Carlos Osuna (México, 1984). A ver… La dirección musical de Gianpaolo Bisanti me pareció muy desigual: a ratos correcta, a menudo demasiado acelerada, y aquí y allá bastante trivial. La escena, a cargo de Christian Räth, tampoco me gustó: fea (no sórdida, como sí debe ser) y con cosas de claro mal gusto.

viernes, 13 de diciembre de 2019

"Manon" en en el Met y "Turandot" en el Liceu


Manon de "Massenetti" con Lisette Oropesa

En octubre de este año ha subido al escenario del Met neoyorkino Manon de Massenet con una pareja de cantantes muy en alza: Lisette Oropesa y Michele Fabiano. La escena corrió a cargo de Laurent Pelly y la batuta la empuñó Maurizio Benini. Discrepo de las muy elogiosas críticas que he leído, salvando solo, y mucho, a la cantante que da título a la ópera, la cumbre teatral del compositor francés. Ella, desde luego, sí ha sido consciente de la nacionalidad (y el estilo) del autor de la música. No estoy tan seguro de que Fabiano y Benini lo hayan hecho. El tenor posee una voz demasiado robusta para Des Grieux, de cuyo volumen suele abusar. Salvo en el llamado “Sueño”, en el que contuvo el caudal. Tampoco es precisamente un cantante musical, refinado o de línea elegante (¡escúchense a Gedda y a Kraus!), recordándome algo a Roberto Alagna. Parece a menudo estar cantando una ópera italiana, probablemente verista. Eso mismo le ocurrió al otras veces atinado Maurizio Benini: su vehemencia y hasta rudeza sonaban demasiado a Ponchielli o a Leoncavallo. 

Pero Oropesa, con una voz de lírico-ligera muy bella, cuyo único defectillo es un vibrato un poco excesivo, supo todo el tiempo lo que se traía entre manos y dio cumplida respuesta a las partes más de coloratura, a las más líricas e incluso a las más trágicas del variopinto personaje. No acusó síntomas de cansancio en un papel muy largo, agotador. Estuvo admirable, sí, pero no me resisto a decir aquí que sigue sensiblemente por debajo de la más extraordinaria Manon: Beverly Sills, milagrosa en su grabación junto a Gedda, Souzay y la batuta, excelentísima en esa ocasión, de Julius Rudel: una grabación para la historia (que, me parece, muchos operófilos no conocen. Y no saben lo que se pierden. Un amigo que no era muy afecto a Massenet se enamoró perdidamente de Manon después de escuchar esa grabación).

Mejor voz que canto el del barítono Artur Rucinski (Lescaut), flojo el tenor Carlo Bosi (Guillot) y muy bien el bajo Kwangchul Youn (el Conde). En cuanto a la escena, he encontrado esta vez menos acertado a Laurent Pelly, que además no ha podido evitar la escasa convicción mostrada por los cantantes en su faceta de actores (a comparar con la filmación de Netrebko, Villazón y Barenboim con admirable escena de Vincent Paterson). 

Turandot con Theorin, Jorge de León, Jaho y Vinogradov 

El Liceu de Barcelona ha difundido por la cadena de televisión Arte su función de la ópera inacabada de Puccini del 15 de octubre. Una propuesta escénica, a cargo de Franc Aleu -seguro que carísima- tremendamente aparatosa, que me ha gustado visualmente muy poco: futurista, con muy cargante sobreabundancia de proyecciones (para que el respetable, con muchos políticos presentes, no fuera a aburrirse). Y con algunas ocurrencias que encuentro simplistas, como las gafas de ver una realidad virtual. 

Pero en lo musical ha contado con elementos muy destacados: la protagonista, Iréne Theorin, posee una voz plenamente dramática, con agudos restallantes (hasta rozar ocasionalmente la estridencia) y muy buena línea, si bien su pronunciación del italiano (no así la del alemán) deja que desear. Dudo, en cualquier caso, que hoy haya una Princesa de hielo tan capaz y destacada como ella. El tenor Jorge de León posee una voz robusta, un punto baritonal, con agudos poderosos (de los que abusa un poco), si bien no muy squillantes como parece pedir el papel de Calaf, pero su canto es algo rudo y su emisión un poco engolada: no me parece, a decir verdad, lo que se dice un gran cantante. Lo mejor del reparto fue, para mí, la maravillosa Liù de Ermonela Jaho, de intensísima emotividad, precioso timbre y canto ejemplar (desde Caballé -con Mehta- y Freni no he escuchado otra Liù que me haya gustado tanto). Espléndido el Timur del bajo Alexander Vinogradov, con una bella voz en su punto de madurez. Bien también Ping, Pang y Pong, el Mandarín y el Emperador de ¡Chris Merritt!

Creo que Josep Pons, batuta de indudable solvencia, no se entiende especialmente bien con Puccini, pero todo estuvo bien resuelto... si bien hizo destacar, casi todo el tiempo, en exceso la percusión por encima de los metales. Bastante bien la respuesta de la Orquesta del Liceu, y mejor aún la del Coro, muy bien completado esta vez por el Coro de Niños Vivaldi.