viernes, 3 de abril de 2026

Franz Schubert: Discografía (XVIII)

 

 

Reproduzco aquí la crítica que hice en “Ritmo” (agosto de 2012) sobre este apasionante álbum

 

LOS LIEDER DE SCHUBERT DESDE LA PREHISTORIA

 

SCHUBERT: 340 Lieder. Grabaciones de 1898-2012. Edith Clegg, Paul Knüpfer, Minnie Nast, Marie Götze, David Bispham, Franz Naval, Edyth Walker, Lilli Lehmann, Ernst Wacher, Harry Plunket Greene, Pauline Cramer, Leopold Demuth, Gustav Walter, Susan Strong, Lev Sibiriakov, Heinrich Hensel, Wilhelm Hesch, Leo Slezak, Elena Gerhardt, Sir George Henschel, Elise Elizza, Ottilie Metzger, Friedrich Brodersen, Frieda Hempel, Alexander Kipnis, John McCormack, Aaltje Noordewier-Reddingius, Richard Tauber, Meta Seniemayer, Vanni Marcoux, Ursula van Diemen, Harold Williams, Sigrid Onegin, Feodor Chaliapin, Hans Duhan, Lotte Lehmann, Julia Culp, Charles Panzera, Lotte Schöne, Friedrich Schorr, Dusolina Giannini, Georges Thill, Henri Etcheverry, Claude Pascal, Maria Olszewska, Elisabeth Schumann, Therese Behr-Schnabel, Karl Erb, Ria Ginster, Herbert Janssen, Susan Metcalfe-Casals, Marta Fuchs, Gerhard Hüsch, Frida Leider, Aksel Schiotz, Peter Pears, Margaret Ritchie, Julius Patzak, Irmgard Seefried, Hans Hotter, Flora Nielsen, Bernard Sönnerstedt, Endré Koréh, Dietrich Fischer-Dieskau, Kirsten Flagstad, Elisabeth Schwarzkopf, Christa Ludwig, Hermann Prey, Victoria de los Ángeles, Fritz Wunderlich, Dame Janet Baker, Elly Ameling, Margaret Price, Ian Partridge, Nicolai Gedda, Walter Berry, Gérard Souzay, Leontyne Price, Jon Vickers, Lucia Popp, Brigitte Fassbaender, Arleen Augér, Nancy Argenta, Thomas Allen, Christoph Prégardien, Simon Keenlyside, Ian Bostridge, Sally Matthews, Lawrence Brownlee, Kate Royal, Peter Schreier, Olaf Bär, Thomas Hampson, voces.

Edward Lichtenstein, Arthur Nikisch, Coenraad V. Bos, Gerald Moore, Felix Günther, Edwin Schneider, Mischa Spoliansky, Piero Coppola, Arpád Sándor, Herbert Dawson, Clemens Schmalstich, Ferdinand Foll, Fritz Lindemann, Robert Jäger, Michael Raucheisen, George Reeves, Leo Rosenek, Artur Schnabel, Bruno Seidler-Winkler, Hanns Udo Müller, Karl Hudez, Benjamin Britten, Hermann von Nordberg, Karl Engel, Edwin Fischer, Geoffrey Parsons, Rolf Reinhardt, Jörg Demus, James Lockhart, Irwin Gage, Jennifer Partridge, Erik Werba, Dalton Baldwin, David Garvey, Wolfgang Sawallisch, Lambert Orkis, Melvyn Tan, Roger Vignoles, Michael Gees, Malcolm Martineau, Julius Drake, Leif Ove Andsnes, Martin Katz, Antonio Pappano, Steven Zehr, piano.

Anton van der Horst, órgano. Reginald Kell, Gervase de Peyer, clarinete. Timothy Brown, trompa.

Orquestas y Coros. Dirs.: Bruno Seidler-Winkler, Frieder Weissmann, Sir Eugene Goossens, Manfred Gurlitt, Piero Coppola, Leo Blech, Wolfgang Baumgart.

1898-2012 EMI          1236’  2-10/3-9

 

Esta publicación es tremendamente esclarecedora y, por ello, interesante, pues recoge varias de las más antiguas grabaciones de lieder de Schubert conservadas: exactamente, desde 1898 hasta 2012. No es un panorama completo, claro, pero nos permite hacernos una idea de la evolución de los modos de interpretación de estas páginas tantas veces excelsas, muchas de las cuales se repiten no pocas veces (la que más, Erlkönig). Un hecho curioso: en las tres primeras décadas nunca o casi nunca se consignaba el nombre del pianista, lo que es muy significativo de la escasa o nula importancia que se le concedía; mientras tanto, son bastantes las ocasiones en que se traducía el texto original a la lengua del cantante (con resultados desastrosos) y en que se ofrecían versiones orquestales (casi siempre terribles, con una excepción: Erlkönig por Berlioz), lo que se debía de considerar de mucha más entidad.

Desde la óptica actual, los primeros cantantes –algunos muy importantes– estaban tremendamente despistados en el estilo (Minnie Nast cantando Heidenröslein, 1902; Abschied y Der Leiermann por Harry Plunket Greene, 1904 y 1934; Susan Strong en Die junge Nonne, 1907; Lev Sibiriakov en Der Wanderer o Der Leiermann, 1906 y 1910; Heinrich Hensel en Frühlingsglaube, 1910; Leo Slezak en Ständchen, 1907; Elise Elizza en Der Müller und der Bach, 1911; Frieda Hempel en Wohin? y Ungeduld, 1922-23; John MacCormack en Du bist die Ruh y Die Liebe hat gelogen, 1924 y 27; Aaltje Noordewier-Reddlingius en Im Abendrot y Verklärung, 1929; incluso la magnífica voz de bajo de Alexander Kipnis en Erlkönig, 1936, etc.). Estos u otros cantaban muchas veces, técnicamente hablando, de forma hoy inadmisible: Marie Götze (Litanei, 1901), Lilli Lehmann (¡!) en Du bist die Ruh (1907), Ernst Wachter (Der Wanderer, 1902), Wilhelm Hesch (Der Kreuzzug, 1905), etc. Los pianistas, casi siempre anónimos, eran de pesadilla, lo mismo que las orquestaciones, como ya he dicho. En estos primeros discos del álbum tenemos numerosas oportunidades para escandalizarnos, a la vez que también –lo confieso– para reírnos a carcajadas.

Sin embargo, no todo era para echar a correr: en 1911 la mezzo Elena Gerhardt ya cantaba e interpretaba con sensatez An die Musik y Du bist die Ruh, con Arthur Nikisch (¡!) al piano. En 1939 le secundaba al teclado un temprano y aún no muy hecho Gerald Moore, que llegaría a ser pronto un insigne pianista de lied, sin duda el más grande de los especialistas. Hoy se nos abren las carnes al escuchar, todavía en 1927, a un Richard Tauber en tres lieder de Winterreise: lacrimógeno, operístico, ridículo. Tres años más tarde impresiona la contralto Sigrid Onegin (Das Lied im Grünen) anticipándose a Kathleen Ferrier. Y en cuanto al inmenso Feodor Chaliapin, Der Doppelgänger le suena (y no sólo por el ruso) a Boris y provoca nuestra sonrisa cuando lloriquea Der Tod und das Mädchen (1930), con grave final eructado. Lotte Lehmann y Elisabeth Schumann ponen, allá por los años 20 y 30, algo de sensatez en el panorama, pese a la grotesca orquesta de Geheimes. Lo mismo que el reputado Friedrich Schorr (Am Meer) en 1929. En los años 30 el conocido barítono Charles Panzera (Der Doppelgänger) y el reputado tenor Karl Erb (Am See) continúan con los lloriqueos y muchas de las sopranos líricas o ligeras (desde Lotte Schöne o Ria Ginster a Victoria de los Ángeles y Arleen Augér) no se librarían en décadas de la cursilería o, al menos, de lo relamido.

Pero pronto nos encontramos con verdaderos hitos: a finales de los años 40 Elisabeth Schwarzkopf (con Gerald Moore y otros), de sensibilidad exquisita, en 1949 la línea de canto y nobleza de expresión admirables de Hans Hotter (con Moore), en 1950 el arte consumado de una voz poco grata (Peter Pears) con un pianista excepcional (Benjamin Britten)... y poco después, en 1951, las aportaciones gloriosas, cantadas e interpretadas de modo jamás igualado, de un joven barítono berlinés de 26 años llamado Dietrich Fischer-Dieskau (también con Moore). La historia del lied nunca volvería a ser igual tras este artista que no sería alcanzado por ninguna otra voz masculina. Pero esta edad de oro en la interpretación del lied no se detiene en estos cuatro cantantes, sino que se prolonga en el bellísimo timbre y la noble línea de Kirsten Flagstad (en 1952, así mismo con Moore), en la temperamental Christa Ludwig, en la tan personal expresividad de Hermann Prey (ambos con Moore), en la privilegiada voz de Fritz Wunderlich...

Ocho lieder más del mítico recital de Schwarzkopf con el genial Edwin Fischer (1952: ¡qué Auf dem Wasser zu singen o Die junge Nonne!, por citar sólo dos), otros 16 con Fischer-Dieskau y el también grande Karl Engel en 1959... Además de éste, entran en acción otros admirables pianistas especializados en el género –Jörg Demus, Erik Werba, Geoffrey Parsons, Irwin Gage– y encontramos breves apariciones de otros grandes cantantes, mejores o peores conocedores del género: Julius Patzak, Irmgard Seefried, Elly Ameling, Nicolai Gedda, Walter Berry, Leontyne y Margaret Price, Brigitte Fassbaender, etc.

Capítulo aparte merecen dos enormes cantantes e intérpretes de lied: Janet Baker (9 títulos memorables, con Moore, 1968-71: una de las cumbres del álbum) y Gérard Souzay (sólo en Der Lindenbaum, 1976), con un magnífico Dalton Baldwin.

Pero la edad dorada llega hasta esos años 70; después, al menos en el catálogo de EMI, los intérpretes de ese nivel escasean o simplemente no existen: en los 80, Lucia Popp, Jon Vickers o Arleen Augér no se elevan hasta esas alturas. La primera no supera cierta monotonía, la última (acompañada por Lambert Orkis tocando un cacharro al que el libretillo llama fortepiano) vuelve a caer en la ñoñería. Por no hablar de unos para mí insufribles Nancy Argenta y Ian Bostridge –incorpórea, plagada de sonidos fijos ella, refinadísimo hasta lo relamido él–. Se salvan los barítonos Thomas Allen y Simon Keenlyside, incluso ocasionalmente el tenor Christoph Prégardien. Y, sobre todo, Peter Schreier, que aborda en 1980 una Bella molinera excelsamente cantada, pese a las desabridas sonoridades del fortepiano de Steven Zehr, que desmerece al lado del gran tenor sajón. De 1989 es la grabación que el barítono Olaf Bär ofrece del Canto de cisne y otros tres lieder, muy bien cantados pero un tanto melifluos y huérfanos de drama. El álbum se cierra con un magistral Viaje de invierno a cargo, en 1997, de Thomas Hampson que, decidido seguidor de Dieskau, queda no muy por debajo del berlinés, junto a un en exceso contenido Wolfgang Sawallisch. En un CD ofrecido como bonus, Hampson conversa con el musicólogo Jon Tolansky sobre varios lieder del genial autor de la Sinfonía Inacabada. Los textos cantados pueden encontrarse en el CD 16º.

No querría terminar sin preguntarle a los partidarios a todo trance de las interpretaciones historicistas: para saber cómo se cantaría y se tocaría en la época de Schubert ¿nos fijamos en estas grabaciones de hace más de cien años (más próximas, pues, en el tiempo a Schubert que a nosotros), las imitamos, seguros de que se aproximaban más a las fuentes que las de hoy?

5 comentarios:

  1. Volvemos, como se ve, a la cuestión del “historicismo” y sus implicaciones, en este caso para el asunto de las canciones de Schubert. Creo francamente que en años posteriores y otros sellos sí ha habido interpretaciones mejores de las canciones de Schubert con fortepiano, incluidos los tres grandes ciclos. Ahí están, por ejemplo, el propio Prégardien con Staier como acompañante en Viaje de invierno.
    En cuanto a las traducciones de canciones, a título ilustrativo debo añadir que, en años recientes, el sello Signum inició una serie de grabaciones de los tres grandes ciclos de canciones de Schubert traducidos al inglés. La bella molinera con Nicky Spence y Christopher Glyn, Viaje de invierno con Roderick Williams y el mismo pianista… Tuvieron cierto éxito de crítica en su momento, y después probaron ya con Dichterliebe de Schumann, pero ahí se parece que la traducción estaba más “traída por los pelos” en lo musical y no convenció ni siquiera al crítico de Gramophne.
    Y ya que hoy es Viernes Santo, esto me hace recordar otra grabación ilustre, que bien puede servir para recordar los cincuenta años de la muerte de Benjamin Britten: su versión de la Pasión según San Juan de Bach, con texto traducido al inglés. Grandísimo reparto, (encabezado por Peter Pears, claro), y dirección de altísimo nivel de Britten, en línea richteriana. Lástima que no hiciera también la otra, y en cierta medida, también que no fuera en alemán; al final, cantar estas obras en traducción siempre te sitúa al margen en la discografía…




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    1. Tengo fuerte alergia a las traducciones. Solo aceptó las versiones aceptadas por el autor (así Elías de Mendelssohn en alemán o inglés, o las óperas que conocemos en dos lenguas distintas aprobadas por el compositor). Pero me dan grima Las bodas de Fígaro o Payasos ("Der Bajazzo") en alemán o las óperas de Wagner en inglés. Es una costumbre que, menos mal, está cada vez más arrumbada. Antes era bastante frecuente (los Wagner dados a conocer en Barcelona estaban cantadas en catalán...)

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  2. En 1907 Lilli Lehmann tenía 59 años, así que estamos escuchando a una soprano al final de su carrera. Sobre el supuesto despiste en cuanto a estilo de esos primeros cantantes, dudo mucho que estuviesen despistados. Lo más probable es que eso que hacían se pareciese más a lo que conoció Schubert que lo que escuchamos hoy día. Entre ellos y nosotros ha sucedido Fischer-Dieskau, que alteró completamente el enfoque a la hora de interpretar el lied, dando la misma importancia a la melodía, a la inflexión y al texto (lo mismo que hizo Callas en la cuerda operística de soprano o, en cuanto a tímbrica, lo que hizo Caruso en la de tenor: en su época los barítonos tenían el mismo color que él). Un aficionado actual no espera un enfoque operístico del lied, un barítono que suene como un tenor, una soprano que se limite a producir sonido o lloros y gimoteos para transmitir una emoción, todo ello perfectamente admisible hace cien años.

    Es, simplemente, una forma diferente de hacer las cosas. Lo que en su día hacían (hay vídeos) Nijinsky o Isadora Duncan, que eran la cima de su arte, hoy nos parece ridículo. Y lo más probable es que muchas de las pautas interpretativas que hoy damos por sentadas dentro de cien años parezcan caducas.

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  3. https://phte.upf.edu/dhte/catalan/pena-joaquim/

    Joaquim Pena. Musicólogo y traductor. Wagneriano ante todo. Opinaba que para comprender bien una obra musical había que poder cantarla en su lengua propia, en su caso el catalán.

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