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miércoles, 25 de marzo de 2026

La "Tetralogía" de Wagner por Thielemann y Tcherniakov


Con unos cuantos héroes vocales

En realidad, me decidí a hacerme con este Anillo del Nibelungo en blu-rays (Unitel, 4 discos) sobre todo por disfrutar de dos cantantes que, en lo que pude ver de una retransmisión anterior, me parecieron magníficos: Michael Volle (Wotan, Wanderer) y Andreas Schager (Siegfried). No es que no supiera que había varios otros cantantes excelentes, pero en aquellos papeles que cito son más bien escasos los verdaderamente grandes en las grabaciones de los últimos tiempos (y de los de antes…). Pero, por otro lado, me desanimaba la escena de Dmitri Tcherniakov, que, en los fragmentos que vi, me había parecido más bien delirante.

Una vez escuchada y vista, no puedo decir que me arrepienta de la compra; ni tampoco que esté demasiado satisfecho. Vamos por partes: la dirección de Christian Thielemann la encuentro en líneas generales muy centrada -sabe, indudablemente, muy bien lo que se trae entre manos-, pero he apreciado algunas desigualdades, no solo de un título a otro (mejor, en conjunto, los dos últimos que los dos primeros), sino también algunas excentricidades momentáneas a las que suele ser aficionado, entre las que señalaría el Interludio orquestal (el Amanecer) y el Viaje de Sigfrido por el Rin, ambos en el Prólogo de El ocaso de los dioses, así como el insípido arranque de "Starke Scheite"). En El oro del Rin sobre todo, echo en falta algo más de la bronca, áspera rudeza que envuelve el mundo en el que se desarrolla la acción (Solti, Barenboim). En el primer acto de La Walkiria, un poco rápido, el penetrante lirismo de muchos momentos no está lo suficientemente atendido. O, en El ocaso, “la atmósfera siniestra, una sensación de pesadumbre casi intolerable de una gran tragedia que se precipita hacia su fin inexorable” (Ernest Newman), tampoco está del todo conseguida. Comparada con la dirección musical de las últimas Tetralogías que en blu-ray más me han interesado -Barenboim en Bayreuth y en Milán- quizá lo que más las distingue es el acentuado dramatismo del argentino y su mayor apasionamiento, un fuego casi omnipresente. La Staatskapelle Berlin vuelve a ser una pura maravilla (Luis Gago la definió como “probablemente la mejor orquesta wagneriana del mundo”), y, en El ocaso, el Coro, aunque quizá un poco reducido, está fenomenal (mérito en buena parte de su director, Martin Wright).

De la escena no sé muy bien qué opinar globalmente: me parece cuajada de aciertos, de disparates y de soluciones cuya comprensión se me escapa. Entre aquellos, la cuidadísima actuación e interactuación de los personajes, casi siempre muy inteligente, aunque de vez en cuando chocante. Pero me resulta nada estimulante la elección de muchos espacios escénicos con los que cuesta entrar en situación, y la pobreza con que se han resuelto escenas de muy difícil realización: cuando Alberich se convierte en gran serpiente o en sapo, la muerte de Siegmund en el final del acto II de La Walkiria y la famosa Cabalgada (mejor que Cabalgata, como señalaba Ángel Mayo), el Fuego mágico, la lucha contra el dragón Fafner en Sigfrido, la escena final de El ocaso, donde no hay pira funeraria ni nada que se le asemeje. Cada vez que se habla o debe aparecer Grane, el corcel de Brunilda, el que presenten un ridículo peluche… ¡en fin! Las soluciones realistas para estas difíciles escenas han sido a menudo, en muchas versiones, patéticas, pero aquí lo que resultan es pobretonas. Como ejemplo de lo que puede hacerse con acierto, imaginación y sin arruinar las finanzas del teatro es lo ideado por Harry Kupfer (Bayreuth, Liceu de Barcelona).

El equipo de cantantes prácticamente no tiene fisuras: el nivel es casi todo el tiempo muy alto, con muy pocas excepciones y ni un solo fiasco serio (¡no es poco!). En El oro del Rin (con la escena más salvable de todas, para mi gusto) se impone Michael Volle como Wotan. Este bajo-barítono alemán (n. 1960) es un cantante de una pieza, curtido en oratorio, lied y ópera -no solo alemana: ahí está su magnífico Falstaff verdiano- en posesión de una voz robusta y de una técnica excepcional que le permite, por ejemplo, aguantar impertérrito estas agotadoras funciones, sin aparentar cansancio. Por si fuera poco, su encarnación del personaje es penetrante y actúa con plena convicción. Otro héroe de esta función es Johannes Martin Kränzle como Alberich, para mí modelo absoluto -vocal e interpretativamente- en este papel, que tantas sobreactuaciones nos hizo padecer en el pasado. Espléndidas tanto Claudia Mahnke (Fricka) como Annett Fritsch (Freia) y Anna Kissjudit (Erda), lo mismo que las tres hijas del Rin (Evelin Novak, Natalia Skrycka, Anna Lapkovskaja). Sólido Lauri Vasar (Donner), muy bella voz lírica la de Froh (Siyabonga Maqungo) y admirable Stephan Rügamer como Mime. De los dos gigantes sobresale el tremendo Fafner de Mika Kares (finlandés, en la estela de Talvela o Salminen) y algo menos el Fasolt de Peter Rose. Caso aparte es el de Rolando Villazón, con la voz algo destimbrada pero convincente de principio a fin como Loge. Quizá la terrible perversión y ridiculización del personaje a las que le somete el director de escena le perjudique, haciéndolo especialmente odioso.

La Walkiria, que en conjunto me ha parecido la jornada menos lograda, se resiente algo por un Siegmund no muy acertado: Robert Watson, de escasa proyección vocal y no siempre perfectamente afinado (¿sería una sustitución?); tampoco actúa muy bien, frente a casi todos sus colegas de toda esta Tetralogía. Vida Mikneviciute, Sieglinde, es por el contrario, extraordinaria -y no solo por su rutilante registro agudo-. Nada nuevo acerca de Volle, de Mahnke o de Kares. Hace su aparición Anja Kampe como Brunilda: una cantante de enorme altura, intérprete entregadísima. Quizá algo menos extraordinaria que en Kundry o en Isolda -parece haber perdido algo de su rutilante registro agudo-, que sin embargo aborda con la mayor energía e intensidad. Y excelente el grupo de walkirias, entre las que están Fritsch, Skrycka y Lapkovskaja.

En Sigfrido aparece al fin Andreas Schager, el mejor tenor dramático (o heldentenor) wagneriano de las últimas décadas, un cantante que une la musicalidad de un Siegfried Jerusalem a la seguridad, la firmeza y el brillo de… creo que hay que irse muy atrás para encontrar tal poderío: ¿hasta Lauritz Melchior quizá? Tanto en esta ópera como El ocaso hace ostentación de una potencia, una entrega y una resistencia asombrosas. Sensacional Rügamer como Mime, tal vez el más admirable desde hace mucho tiempo (no hace falta tener un timbre desagradable para hacerle justicia a este personaje). Un pelín corto el Fafner de Peter Rose, sobresaliente de nuevo Kissjudit y sensacional Kränzle. E irreprochable el Pájaro del bosque de Victoria Randem.

Prácticamente todos los cantantes-actores que intervienen en El ocaso de los dioses habían aparecido en las jornadas precedentes, con lo que hay poco que añadir. Son nuevos Mandy Fredrich como Gutrune, soprano algo más lírica de la cuenta (¿por qué no lo haría Mikneviciute, voz ideal para este papel?) y la veterana Violeta Urmana como Waltraute, algo gastada pero aún impresionante. En cuanto a las Nornas, fueron encarnadas con especial humor (caracterizadas como viejas decrépitas ridículas) y plena solvencia por Noa Beinart, Kristina Stanek y Anna Samuil.

Resumiendo: una más que solvente dirección musical al frente de una orquesta excepcional y con unos elencos que se hallan entre los mejores de los que queda constancia grabada o filmada, y una puesta en escena extraña, incomprensible o disparatada, muy poco inspiradora pero no carente de aciertos.

La filmación tuvo lugar en la Ópera Estatal Unter der Linden de Berlín en octubre de 2022, con tomas de imagen (el realizador es Andy Sommer) y de sonido (entre los técnicos, el conocido Sebastian Nattkemper) de la más alta calidad técnica. La edición contiene subtítulos en español, algo muy raro últimamente. Los blu-rays señalan al final el agradecimiento a Daniel Barenboim, impulsor de este proyecto y quien debiera haber dirigido este Anillo, de no habérselo impedido la enfermedad. Una lástima, sin duda. 


viernes, 2 de junio de 2023

Los cantantes de hace algún tiempo y de hoy

 

En la entrada anterior, Observador se pronunciaba sobre el estado actual de directores, instrumentistas y cantantes. Me gustaría, por mi parte, dar mi opinión sobre estos últimos en relación con etapas anteriores.  

En lo que se refiere a los cantantes, tengo la impresión de que Observador le otorga la mayor importancia a la calidad de la voz -y a su cantidad, o volumen- que al canto propiamente dicho (técnica, línea, legato, etc.) y que a la interpretación (expresión del carácter de los personajes, atención a lo que dice el texto, etc.).

De entrada, yo diría que Franco Corelli -dotado de una voz formidable, tan bella como brillante- que en principio puede parecer muy apasionado, lo que hacía era sobreactuar mucho, exagerando casi siempre un temperamento que a otros nos suena postizo. Mario del Monaco poseía una magnífica voz de gran potencia, pero no era ni muy buen cantante ni muy buen intérprete, en general. De Giuseppe di Stefano solo se pueden salvar los primeros años; pronto arruinó su voz y cantó francamente regular, y hasta mal. Creo que Franco Bonisolli (por lo poco que le he escuchado) no merece estar en esa lista. Y en cuanto a Luciano Pavarotti, más de lo mismo: timbre privilegiado, técnica deficiente, interpretaciones y estlos poco diferenciados. A Ettore Bastianini le ocurría algo similar a su tantas veces compañero discográfico Del Monaco.

Sin embargo, después de todos estos famosos hemos contado y contamos con otros cantantes muy completos en todos los aspectos: la más inteligente soprano-mezzo wagneriana desde que hay memoria, Waltraud Meier, la mejor Brunilda desde que hay discos, Nina Stemme (más creíble y expresiva que Kirsten Flagstad, de voz excelsa, y mejor cantante e intérprete que la poderosísima Birgit Nilsson), al mejor Tristán y Sigfrido desde hace décadas, Andreas Schager (tan buen cantante como Wolfgang Windgassen o Siegfried Jerusalem, pero más propiamente dramático o heroico). En cuanto a mezzos y contraltos wagnerianas, ¿las ha habido antes mejores que Hanna Schwarz, Anna Larsson o Ekaterina Gubanova? Y no son los únicos ejemplos…

¿Y los Wotan? Falk Struckmann o Michael Volle no poseen una voz tan extraordinaria como la de George London, pero en los demás aspectos tienen poco que envidiarle. Para Alberich, Telramund o Klingsor, me parece que Günter von Kannen y Johannes-Martin Kränzle son mejores cantantes y no sobreactúan como Gustav Neidlinger; lo mismo diría los Mimes y compañía de los últimos tiempos -Graham Clark, Peter Bronder, Wolfgang Ablinger-Sperrhacke, entre otros- son mucho más equilibrados que sus antecesores -salvo, quizá, Gerhard Stolze- como los bastante insufribles Paul Kuen, Erwin Wohlfahrt y compañía.

Por no hablar de los bajos: en la supuesta “edad de oro del canto wagneriano” había que soportar a Ludwig Weber o a Josef Greindl. Poco después hizo su aparición otro claramente superior, Gottlob Frick, al que siguieron magníficos continuadores como Martti Talvela, Kurt Moll, Matti Salminen, hasta llegar a René Pape.

En otros terrenos: ¿a quién tiene que envidiar hoy la mezzo dramática Anita Rachvelishvili, a qué anteriores cantantes rossinianos Juan Diego Flórez, Javier Camarena o Joyce DiDonato, etc.? No hay más que escuchar antes a los “insignes” Luigi Alva, Nicola Monti o Giulietta Simionato, hoy intragables en Rossini.  

Y en cuanto a sopranos líricas y lírico-ligeras, el plantel actual es soberbio: Lisette Oropesa, Nadine Sierra, Diana Damrau, Olga Peretyatko, Aida Garifullina o Pretty Yende. Menos o nada ligeras: Anna Netrebko, Anja Harteros, Ermonela Jaho, Sonja Yoncheva… No creo que en ningún otro momento haya habido un grupo de sopranos esta calidad. Para terminar, hay que mencionar a Jonas Kaufmann como quizá el único tenor alemán que ha conseguido ser también universalmente respetado en los repertorios francés e italiano.


jueves, 3 de noviembre de 2022

"El oro del Rin" de 2022 en Berlín que debería haber dirigido Barenboim

 

Nueva producción de Tcherniakov

La nueva producción de El anillo del nibelungo de Wagner que la Ópera Estatal de Berlín iba a presentar este otoño bajo la batuta de Daniel Barenboim ha recaído finalmente, por culpa de la enfermedad de su director titular, sobre Christian Thielemann (dos funciones) y Thomas Guggeis (nacido en 1993 y ya nombrado director de la Ópera de Frankfurt, una función). La cadena de televisión franco-alemana Arte ha empezado a transmitirla: de momento, ya puede verse y escucharse el prólogo, o primera jornada, de la Tetralogía.

La dirección escénica corre a cargo del tan controvertido Dmitri Tcherniakov -quien, para mí, tiene en su haber grandes aciertos y grandes fiascos-. Este Oro está, en mi opinión, mucho más cerca de lo segundo que de lo primero. Pues contiene extravagancias y absurdos en abundancia. La primera escena, en el Rin con las tres Hijas del río y Alberich siendo burlado por ellas, transcurre en un hospital: el enano nibelungo está siendo sometido a pruebas médicas, como un electroencefalograma y está rodeado de tubos, suero incluido, y las Hijas del Rin son tres enfermeras ociosas y distraídas. Cuando Alberich reniega del amor, en vez de robar el oro, lo que hace es arrancar los tubos y los aparatos y huir con ellos. Cuando aparecen los dos gigantes reclamando a Wotan el pago por la erección del Walhalla, tiene lugar una reunión en una gran mesa de empresa a la que asisten, además de los tres citados, Fricka, Froh, Donner y la aterrorizada Freia: esta idea de la mesa de reuniones empresarial en la que se negocia no me parece mal, sobre todo por la actuación de todos los personajes, con reacciones muy verosímiles a cuanto acontece y oyen (por ejemplo, cómo Fasolt trata de seducir mediante miradas a Freia). Esto es un mérito que no se le puede regatear a Tcherniakov. Pero la escena en el Nibelheim vuelve a ser muy decepcionante: una especie de oficina poblada de mesas donde trabajan los nibelungos esclavizados por Alberich. Pero cuando Loge pide a este que se transforme en una gran sepiente, allí no ocurre nada; solo que los nibelungos se asustan al aparentar ver el prodigio. Y cuando le piden que se transmute en un sapo para atraparlo, tampoco hay transformación alguna, sino solo que -a una llamada telefónica de Wotan- aparecen dos loqueros y se llevan a Alberich esposado. En fin, a qué seguir…

El elenco

El elenco vocal es sobresaliente: son casi todos ellos, más que voces atronadoras, cantantes-intérpretes inteligentes. Michael Volle es, creo, el Wotan más convincente desde René Pape (quien, según parece, no pasó de encarnarlo en El oro del Rin, no animándose -o atreviéndose- con Walkyria o Sigfrido). No hay, para mi gusto, ni un solo error grave entre los 14 cantantes del reparto. Ni siquiera Rolando Villazón como Loge, quien al parecer ha sido muy cuestionado por algunos. Es cierto que se pasa un poco sobreactuando, pero tengo la impresión de que son instrucciones de Tcherniakov, quien hace de Loge un tipejo particularmente impresentable, fullero, grotesco, trilero y no sé qué más: o sea, sumamente antipático -a diferencia de lo que ocurre en otras escenificaciones-, pero que parece bastante consistente. El tenor mexicano ha perdido el poco squillo que le quedaba, pero no canta nada mal. En todo caso, me gustó mucho más Stephan Rügamer con Barenboim en La Scala 2010: toda una revelación en ese complicado papel; este tenor alemán hace aquí de Mime, también muy bien. Me han gustado mucho la mezzo Claudia Mahnke como Fricka y la soprano lírica Annett Fritsch como Freia. Estupenda sorpresa la de la joven contralto Anna Kissjudit (Budapest, 1996) como Erda.

Siyabonga Maqungo (Froh) posee una preciosa voz de tenor lírico, muy bien manejada, mientras Lauri Vasar es barítono demasiado lírico y algo endeble para Donner: quizá es el menos satisfactorio de los 14 (su trueno, escénicamente hablando, es más bien ridículo: él y Froh, con su arco iris, son en la escena final prestidigitadores de tres al cuarto). Excelente encarnación de Alberich a cargo de Johannes Martin Kränzle, quien -me parece- ha perdido algo de volumen y robustez vocal desde su Alberich de La Scala en 2010. Más que buenos los dos gigantes, bajos ambos de timbres bastante diversos, lo cual ayuda bastante a distinguirlos: Mika Kares como Fasolt y Peter Rose como Fafner. Muy ajustadas también las Hijas del Rin (Evelin Novak, Natalia Skrycka y Anna Lapkovskaya), quienes, en todo caso, no alcanzan el altísimo nivel de las de La Scala 2010 (Aga Mikolaj, Maria Gortsevskaya y Marina Prudenskaya). 

La dirección musical

Enorme éxito personal de Christian Thielemann (quien, por cierto, no debía de estar muy ocupado cuando pudo aceptar dirigir estas ocho funciones), que yo atribuyo sobre todo a que es alemán (¡el único director alemán destacado y muy conocido surgido en más de dos décadas! ¿Qué pasa allí? Compárese con varias etapas anteriores…), mientras que Barenboim no es alemán, por mucho que lo parezca (y, por si fuera poco, es judío. Por cierto, se atribuye a Thielemann el tremendo dicho de “¡Cómo va a ser un judío el mejor intérprete de Wagner!”). Thielemann, que fue hace años asistente de Barenboim en Bayreuth, dirigió más que bien, claro, pues conoce muy bien a Wagner, pero a mí me suena a algo anticuado: de tempi algo pausados, para algunos recuerda un tanto al genial Hans Knappertsbusch, pero carece claramente de su grandeza y trascendencia; más bien me trae a la mente a ciertos kapellmeister de hace algún tiempo. Tal vez algunas carencias puedan deberse a que no pudo ensayar lo suficiente, no lo sé. Pero el enlace del Preludio con la entrada de las náyades está mal resuelto, y la Entrada de los dioses en el Walhalla también, entre otros momentos algo decepcionantes. Y no sé si consigue esa unidad en la continuidad de una ópera como esta.

Como explica Bryan Magee en su interesantísimo ensayo “Aspectos de Wagner” (Acantilado, 2013): “Muchos directores cuyas interpretaciones de la obra de algún otro compositor son insuperables no dan la talla en Wagner, porque las unidades orgánicas se les escapan; lo mejor que saben ofrecernos es una sucesión de episodios hermosos”. “En música, la impresión que tenemos del tempo tiene poco que ver con la medida física del tiempo y mucho con la vida interior de la interpretación [...] Wagner advirtió que lo que en mayor medida infunde vida a una buena interpretación no es ni siquiera el tempo principal, sino la introducción de innumerables y minúsculas modificaciones del tempo, imposibles de indicar mediante palabras o cifras, y que debían nacer de la intuición del intérprete”. “El mejor Wagner no es el Wagner con mejor sonido. Su música necesita sonar menos hermosa de lo que puede llegar a sonar”. “Impedir que las interpretaciones [de las enormes formas wagnerianas] decaigan o aburran plantea unas exigencias enormes al director. Lo primero que requiere de él es un control absolutamente extraordinario de la estructura. No sólo debe tener un dominio firme de esos enormes conjuntos –la totalidad de cada obra y de cada acto–, sino también del detalle, para relacionarlo con el conjunto sin sacrificar nada de él y mostrarlo como algo interesante, expresivo, hermoso en sí mismo y, al mismo tiempo, como parte orgánica de la estructura. Cuando eso ocurre, el conjunto surge ante nosotros en todo momento, mientras la música parece desplegarse de manera inevitable, como si no pudiera ser de otra manera”. Pues eso mismo: en mi opinión no suele estar Thielemann entre los directores más lúcidos de la historia interpretativa wagneriana: Furtwängler, Knappertsbusch, Solti o Barenboim.

Otra cosa importante: la Staatskapelle Berlin le suena bien, por supuesto, pero claramente menos bien que a Barenboim (no hay más que comparar este Oro con el último Tristán del argentino en el DVD/Blu-ray BelAir).

A partir del 19 de noviembre podrá verse en Arte todo este Anillo.

martes, 15 de junio de 2021

Una opereta descarada y una ópera ¿cómica? genial


Orfeo en los infiernos: brillante, inteligente gamberrada desde Salzburgo

Esta opereta es la tercera de las compuestas por Jacques Offenbach en 1858 y la número 30 de su enome catálogo de obras escénicas ligeras (operetas y óperas cómicas), que asciende a casi un centenar. Hoy es una de las más populares de su legado, pero fue un sonado fracaso en su estreno. ¿La razón principal? Que el periódico conservador Le Figaro la masacró en su crítica, por ser su argumento (de Hector Crémieux y Ludovic Halévy) una feroz parodia del sublime mito de Orfeo. A su reposición 15 años después obtuvo, sin embargo, un éxito tremendo que se ha mantenido hasta hoy, a lo que no es ajeno el hecho de pertenecerle una de las páginas musicales más famosas de todos los tiempos en cualquier tipo de música: el Cancan. Una pieza orquestal trepidante, enloquecida, procaz e iconoclasta que a nadie le es desconocida.

Orphée aux Enfers no es una gran obra musical; por ello existen pocas grabaciones de audio (entre ellas destaca la de EMI dirigida por Michel Plasson). Pero una buena representación puede hacerla muy divertida y estimulante: así fue el caso del DVD Arthaus en La Monnaie de Bruselas: versión musical discreta, pero interesante propuesta escénica de Herbert Wernicke. O la del mismo sello videográfico en la Ópera de Lyon con régie de Laurent Pelly. Es decir, que esta opereta ha interesado a pocos directores musicales importantes, pero sí a algunos directores escénicos que lo son.

El DVD y Blu-ray que ahora lanza Unitel recoge una representación de 2019 en la Haus für Mozart de Salzburgo, que tiene mayor interés aún que las dos citadas. Cuenta con un equipo notable de cantantes -las partes vocales no presentan grandes dificultades-, entre los que prácticamente solo hay uno bien conocido -una: la vocalmente declinante Anne Sofie von Otter como La Opinión Pública-, pero todos los cuales son estupendos actores. La dirección musical, que no requiere especiales talentos, está más que correctamente llevada por Enrique Mazzola, al frente del Vocal Consort Berlin y de nada menos que la Orquesta Filarmónica de Viena, que se halla a sus anchas, esplendorosa. Mazzola, italiano de origen español, ha sido nombrado el pasado año director musical de la Ópera Lírica de Chicago.

Pero vayamos al grano: lo que hace de esta versión (yo me he hecho con el Blu-ray, SIN subtítulos en español, como viene siendo norma últimamente) una verdadera gozada es la puesta en escena, de Barry Koski, que pone en juego permanente una gamberrada aguda y electrizante. Las coreografías de Otto Pichler son para troncharse de risa. Lo que no es que siente bien a Orfeo en los infiernos, sino que es lo que realmente puede salvarla como espectáculo. 

Está cantada en el original francés, pero los diálogos hablados están pasados a alemán (ninguna aberración: Offenbach había nacido en Colonia, en 1819, muriendo ¡cómo no! en París en 1880); era poco menos que obligado hacerlo, pues de lo contrario el público germanoparlante habría quedado in albis. Los subtítulos franceses lo solucionan. Pero lo mejor, lo mejor de esta función ha sido en mi opinión la actuación de Max Hopp, que tiene a su cargo las partes habladas de todos sus personajes, imitando todas las voces y, por si fuera poco, multitud de ruidos escénicos: ¡un auténtico tour de force llevado a cabo con una gracia y una inteligencia asombrosas! Con toda la razón, fue entusiásticamente aplaudido. La nitidez del sonido y la imagen del Blu-ray son de primerísimo orden.

 

El mejor Falstaff de Verdi en imágenes, publicado en Blu-ray

Esto escribí aquí el 25 de junio de 2020:

Creo que no conozco una sola grabación de Falstaff -ni en audio ni en vídeo- con un elenco vocal tan redondo como este de la Ópera Estatal de Berlín de marzo de 2018, retransmitido hace poco en abierto por la institución. Así que chapeau! a quienes han logrado reunir semejante cast, sin tener que recurrir a un solo nombre estelar, mundialmente famoso, esos que por sí solos llenan un teatro. Incluso en las grabaciones más prestigiosas hay algún que otro bache, del que esta versión se ha librado.

Veamos: el protagonista, el barítono-bajo Michael Volle, es uno de los mejores cantantes de nuestro tiempo. Con una voz magnífica y una técnica canora muy depurada, supera en mi opinión al gran Falstaff de los últimos años, Ambrogio Maestri. No es tan obeso como el italiano, pero no creo que eso sea un problema en escena; ni siquiera le han aumentado la barriga con un relleno. Además demuestra aquí ser un actor realmente extraordinario. La soprano Barbara Frittoli, que últimamente se prodiga menos, se halla perfecta forma en un papel -no especialmente exigente en lo vocal, el de Alice Ford- que borda en todos los sentidos. (Por cierto, a sus 51 años luce en traje de baño un cuerpo estupendamente bien conservado). Mi gran sorpresa en el reparto ha sido el barítono mexicano Alfredo Daza, al que he encontrado en un estado espléndido para un papel, el de Ford, muy comprometido. Su registro agudo es, particularmente, de gran firmeza y seguridad.

Sensacional, quizá insuperada, Daniela Barcellona: inolvidable su encarnación de Mrs. Quickly, de la que -alejada de su habitual repertorio belcantista- hace toda una creación. A pedir de boca también la veterana mezzo Katharina Kammerloher como Meg Page. En cuanto al tenor lírico, de precioso timbre, Francesco Demuro, creo que le puede esperar una carrera importante: soberbio Fenton. Pero quizá más admirable aún está Nadine Serra como Nannetta, que no hace añorar ni siquiera a la joven Freni (con Solti en 1964); su intervención en el cuadro final de la ópera disfrazada de Reina de las hadas es de quedarse con la boca abierta. Incluso los papeles más cortos están muy bien servidos: el Dr. Cajus de Jürgen Sacher, el Bardolfo del siempre fiable, ya no tan joven Stephan Rügamer y el Pistola del joven bajo Jan Martiník.

En cuanto a la labor de Barenboim, se constata una vez más que este hombre es muy raro que últimamente no haga algo realmente excepcional. Con una visión vibrante, efervescente (Bernstein) y también punzante y con momentos de amargo regusto (Giulini), redondea uno más de sus extraordinarios Verdi, autor que algunos le regatean (o, más probable, desconocen y les lleva a desconfiar). Los complicadísimos concertantes están bien clarificados y gobernados con aplastante seguridad. Fantástica la Staatskapelle y no menos, en esta ocasión, el Coro, sabiamente gobernado por el norteamericano Martin Wright.

Por si fueran pocos aciertos de esta función, la escena de Mario Martone, trasladada a la actualidad (Shakespeare casi siempre lo permite, si se hace bien), a los bajos fondos en el caso de Falstaff y sus secuaces y a la alta sociedad en el de la familia Ford y allegados, no resulta forzada en absoluto, sino totalmente coherente. No es posible que todos los cantantes sean tan buenos actores (bueno, un poco menos Demuro): seguro que en buena parte es mérito del régisseur. Filmada y con sonido grabado por todo lo alto, por los mejores elementos actuales, es una pena y una desgracia que no sea publicada en DVD y Blu-ray. ¡Bueno, pues se ha cumplido mi deseo, en un Blu-ray del sello C Major de una calidad técnica excepcional!