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miércoles, 25 de marzo de 2026

La "Tetralogía" de Wagner por Thielemann y Tcherniakov


Con unos cuantos héroes vocales

En realidad, me decidí a hacerme con este Anillo del Nibelungo en blu-rays (Unitel, 4 discos) sobre todo por disfrutar de dos cantantes que, en lo que pude ver de una retransmisión anterior, me parecieron magníficos: Michael Volle (Wotan, Wanderer) y Andreas Schager (Siegfried). No es que no supiera que había varios otros cantantes excelentes, pero en aquellos papeles que cito son más bien escasos los verdaderamente grandes en las grabaciones de los últimos tiempos (y de los de antes…). Pero, por otro lado, me desanimaba la escena de Dmitri Tcherniakov, que, en los fragmentos que vi, me había parecido más bien delirante.

Una vez escuchada y vista, no puedo decir que me arrepienta de la compra; ni tampoco que esté demasiado satisfecho. Vamos por partes: la dirección de Christian Thielemann la encuentro en líneas generales muy centrada -sabe, indudablemente, muy bien lo que se trae entre manos-, pero he apreciado algunas desigualdades, no solo de un título a otro (mejor, en conjunto, los dos últimos que los dos primeros), sino también algunas excentricidades momentáneas a las que suele ser aficionado, entre las que señalaría el Interludio orquestal (el Amanecer) y el Viaje de Sigfrido por el Rin, ambos en el Prólogo de El ocaso de los dioses, así como el insípido arranque de "Starke Scheite"). En El oro del Rin sobre todo, echo en falta algo más de la bronca, áspera rudeza que envuelve el mundo en el que se desarrolla la acción (Solti, Barenboim). En el primer acto de La Walkiria, un poco rápido, el penetrante lirismo de muchos momentos no está lo suficientemente atendido. O, en El ocaso, “la atmósfera siniestra, una sensación de pesadumbre casi intolerable de una gran tragedia que se precipita hacia su fin inexorable” (Ernest Newman), tampoco está del todo conseguida. Comparada con la dirección musical de las últimas Tetralogías que en blu-ray más me han interesado -Barenboim en Bayreuth y en Milán- quizá lo que más las distingue es el acentuado dramatismo del argentino y su mayor apasionamiento, un fuego casi omnipresente. La Staatskapelle Berlin vuelve a ser una pura maravilla (Luis Gago la definió como “probablemente la mejor orquesta wagneriana del mundo”), y, en El ocaso, el Coro, aunque quizá un poco reducido, está fenomenal (mérito en buena parte de su director, Martin Wright).

De la escena no sé muy bien qué opinar globalmente: me parece cuajada de aciertos, de disparates y de soluciones cuya comprensión se me escapa. Entre aquellos, la cuidadísima actuación e interactuación de los personajes, casi siempre muy inteligente, aunque de vez en cuando chocante. Pero me resulta nada estimulante la elección de muchos espacios escénicos con los que cuesta entrar en situación, y la pobreza con que se han resuelto escenas de muy difícil realización: cuando Alberich se convierte en gran serpiente o en sapo, la muerte de Siegmund en el final del acto II de La Walkiria y la famosa Cabalgada (mejor que Cabalgata, como señalaba Ángel Mayo), el Fuego mágico, la lucha contra el dragón Fafner en Sigfrido, la escena final de El ocaso, donde no hay pira funeraria ni nada que se le asemeje. Cada vez que se habla o debe aparecer Grane, el corcel de Brunilda, el que presenten un ridículo peluche… ¡en fin! Las soluciones realistas para estas difíciles escenas han sido a menudo, en muchas versiones, patéticas, pero aquí lo que resultan es pobretonas. Como ejemplo de lo que puede hacerse con acierto, imaginación y sin arruinar las finanzas del teatro es lo ideado por Harry Kupfer (Bayreuth, Liceu de Barcelona).

El equipo de cantantes prácticamente no tiene fisuras: el nivel es casi todo el tiempo muy alto, con muy pocas excepciones y ni un solo fiasco serio (¡no es poco!). En El oro del Rin (con la escena más salvable de todas, para mi gusto) se impone Michael Volle como Wotan. Este bajo-barítono alemán (n. 1960) es un cantante de una pieza, curtido en oratorio, lied y ópera -no solo alemana: ahí está su magnífico Falstaff verdiano- en posesión de una voz robusta y de una técnica excepcional que le permite, por ejemplo, aguantar impertérrito estas agotadoras funciones, sin aparentar cansancio. Por si fuera poco, su encarnación del personaje es penetrante y actúa con plena convicción. Otro héroe de esta función es Johannes Martin Kränzle como Alberich, para mí modelo absoluto -vocal e interpretativamente- en este papel, que tantas sobreactuaciones nos hizo padecer en el pasado. Espléndidas tanto Claudia Mahnke (Fricka) como Annett Fritsch (Freia) y Anna Kissjudit (Erda), lo mismo que las tres hijas del Rin (Evelin Novak, Natalia Skrycka, Anna Lapkovskaja). Sólido Lauri Vasar (Donner), muy bella voz lírica la de Froh (Siyabonga Maqungo) y admirable Stephan Rügamer como Mime. De los dos gigantes sobresale el tremendo Fafner de Mika Kares (finlandés, en la estela de Talvela o Salminen) y algo menos el Fasolt de Peter Rose. Caso aparte es el de Rolando Villazón, con la voz algo destimbrada pero convincente de principio a fin como Loge. Quizá la terrible perversión y ridiculización del personaje a las que le somete el director de escena le perjudique, haciéndolo especialmente odioso.

La Walkiria, que en conjunto me ha parecido la jornada menos lograda, se resiente algo por un Siegmund no muy acertado: Robert Watson, de escasa proyección vocal y no siempre perfectamente afinado (¿sería una sustitución?); tampoco actúa muy bien, frente a casi todos sus colegas de toda esta Tetralogía. Vida Mikneviciute, Sieglinde, es por el contrario, extraordinaria -y no solo por su rutilante registro agudo-. Nada nuevo acerca de Volle, de Mahnke o de Kares. Hace su aparición Anja Kampe como Brunilda: una cantante de enorme altura, intérprete entregadísima. Quizá algo menos extraordinaria que en Kundry o en Isolda -parece haber perdido algo de su rutilante registro agudo-, que sin embargo aborda con la mayor energía e intensidad. Y excelente el grupo de walkirias, entre las que están Fritsch, Skrycka y Lapkovskaja.

En Sigfrido aparece al fin Andreas Schager, el mejor tenor dramático (o heldentenor) wagneriano de las últimas décadas, un cantante que une la musicalidad de un Siegfried Jerusalem a la seguridad, la firmeza y el brillo de… creo que hay que irse muy atrás para encontrar tal poderío: ¿hasta Lauritz Melchior quizá? Tanto en esta ópera como El ocaso hace ostentación de una potencia, una entrega y una resistencia asombrosas. Sensacional Rügamer como Mime, tal vez el más admirable desde hace mucho tiempo (no hace falta tener un timbre desagradable para hacerle justicia a este personaje). Un pelín corto el Fafner de Peter Rose, sobresaliente de nuevo Kissjudit y sensacional Kränzle. E irreprochable el Pájaro del bosque de Victoria Randem.

Prácticamente todos los cantantes-actores que intervienen en El ocaso de los dioses habían aparecido en las jornadas precedentes, con lo que hay poco que añadir. Son nuevos Mandy Fredrich como Gutrune, soprano algo más lírica de la cuenta (¿por qué no lo haría Mikneviciute, voz ideal para este papel?) y la veterana Violeta Urmana como Waltraute, algo gastada pero aún impresionante. En cuanto a las Nornas, fueron encarnadas con especial humor (caracterizadas como viejas decrépitas ridículas) y plena solvencia por Noa Beinart, Kristina Stanek y Anna Samuil.

Resumiendo: una más que solvente dirección musical al frente de una orquesta excepcional y con unos elencos que se hallan entre los mejores de los que queda constancia grabada o filmada, y una puesta en escena extraña, incomprensible o disparatada, muy poco inspiradora pero no carente de aciertos.

La filmación tuvo lugar en la Ópera Estatal Unter der Linden de Berlín en octubre de 2022, con tomas de imagen (el realizador es Andy Sommer) y de sonido (entre los técnicos, el conocido Sebastian Nattkemper) de la más alta calidad técnica. La edición contiene subtítulos en español, algo muy raro últimamente. Los blu-rays señalan al final el agradecimiento a Daniel Barenboim, impulsor de este proyecto y quien debiera haber dirigido este Anillo, de no habérselo impedido la enfermedad. Una lástima, sin duda. 


martes, 8 de abril de 2025

El formidable "Ocaso de los dioses" de los Proms 2013

 

Otra imponente sesión operística recuperada

 

Daniel Barenboim dirigió en los Proms londinenses de 2013 El anillo del nibelungo completo, en cuatro sesiones, naturalmente, y esta vez con la Staatskapelle Berlin y el Coro del Covent Garden.

El elenco de la última jornada (el 28 de julio) -la única de la que, de momento, tengo constancia- fue tan extraordinario como el que sigue:

Las Nornas: Margarita Nekrasova, Waltraud Meier, Anna Samuil

Brunilda: Nina Stemme

Sigfrido: Andreas Schager

Hagen: Mikhail Petrenko

Gunther: Gerd Grochowski

Gutrune: Anna Samuil

Waltraute: Waltraud Meier

Alberich: Johannes Martin Kränzle

Las Hijas del Rin: Aga Mikolaj, Maria Gortsevskaya, Anna Lapkovskaya

Con un sonido bastante apreciable, la interpretación (en versión de concierto, por supuesto) transcurrió en silencio expectante y culminó en cada acto con tremendo éxito, con abrumador entusiasmo. No fue para menos. La batuta dio de sí todo lo -muchísimo- esperado, y, de hallarse en condiciones de sonido comparables a los blu-rays de Bayreuth y La Scala, esta sería en mi opinión su versión del Ocaso más puntera, por varias razones de bastante peso: en primer lugar la actuación memorable de la que para algunos ha sido durante al menos esos años “la mejor orquesta wagneriana del mundo” (pese a que algún beckmesser de turno señale con la tiza en la pizarra un ostentoso fallo en una trompa y, después, en una trompeta). Formidable el Coro del primer coliseo londinense. Por lo que respecta a Barenboim, no deja de asombrar un instante su conocimiento, su control, su fuego, su sentido dramático y trágico… ¡absolutamente sensacional! Desde Solti no se había escuchado nada parecido.

Y en segundo y tercer lugar: la Brunilda soñada y el Sigfrido soñado. Una y otro tuvieron una velada memorable, de musicalidad, de entrega, de expresividad, de canto magistral… poseyendo ambos unas voces ideales para sus papeles. Quizá lo más asombroso fue que no mostraron cansancio, que no se reservaron lo más mínimo en ningún momento. Si la soprano sueca ya era para ese momento bien conocida (y yo ya había escrito que es mi Brunilda favorita de toda la era discográfica), el tenor austríaco fue entonces una sorpresa monumental: en una parte tan dura y agotadora (o más) que la de Brunilda, Schager deslumbró de principio a fin a los asistentes, a la crítica y, hoy, a quienes hemos podido escucharle en esa actuación. Hacía mucho tiempo que no se conocía una voz tan extraordinaria para Sigfrido, acompañada de todas las cualidades requeridas (el otro Sigfrido de aquellos años, Lance Ryan, no le llega a la suela del zapato).  

Mikhail Petrenko mostró una voz tronante… que había perdido (¿?) algo de color de bajo; aun así, mete miedo. Gerd Grochowsky siempre me ha gustado mucho; aquí la voz le sonó algo más tremolante que de costumbre. Johannes Martin Kränzle ha sido y es mi Alberich predilecto: magnífico y creíble intérprete sin recurrir a exageraciones trasnochadas. Más que bien (creo que un poquito mejor que en La Scala) Anna Samuil como Gutrune y terera Norna, y ya no en su mayor esplendor vocal pero sabiéndoselas todas la Meier como Waltraute y segunda Norna. Tanto las Nornas como las Hijas del Rin (estas las mismas que en Milán) fueron de auténtico lujo. ¡Esta versión no está publicada, mientras hay tantas otras tan innecesarias y fallidas…!

 

viernes, 2 de junio de 2023

Los cantantes de hace algún tiempo y de hoy

 

En la entrada anterior, Observador se pronunciaba sobre el estado actual de directores, instrumentistas y cantantes. Me gustaría, por mi parte, dar mi opinión sobre estos últimos en relación con etapas anteriores.  

En lo que se refiere a los cantantes, tengo la impresión de que Observador le otorga la mayor importancia a la calidad de la voz -y a su cantidad, o volumen- que al canto propiamente dicho (técnica, línea, legato, etc.) y que a la interpretación (expresión del carácter de los personajes, atención a lo que dice el texto, etc.).

De entrada, yo diría que Franco Corelli -dotado de una voz formidable, tan bella como brillante- que en principio puede parecer muy apasionado, lo que hacía era sobreactuar mucho, exagerando casi siempre un temperamento que a otros nos suena postizo. Mario del Monaco poseía una magnífica voz de gran potencia, pero no era ni muy buen cantante ni muy buen intérprete, en general. De Giuseppe di Stefano solo se pueden salvar los primeros años; pronto arruinó su voz y cantó francamente regular, y hasta mal. Creo que Franco Bonisolli (por lo poco que le he escuchado) no merece estar en esa lista. Y en cuanto a Luciano Pavarotti, más de lo mismo: timbre privilegiado, técnica deficiente, interpretaciones y estlos poco diferenciados. A Ettore Bastianini le ocurría algo similar a su tantas veces compañero discográfico Del Monaco.

Sin embargo, después de todos estos famosos hemos contado y contamos con otros cantantes muy completos en todos los aspectos: la más inteligente soprano-mezzo wagneriana desde que hay memoria, Waltraud Meier, la mejor Brunilda desde que hay discos, Nina Stemme (más creíble y expresiva que Kirsten Flagstad, de voz excelsa, y mejor cantante e intérprete que la poderosísima Birgit Nilsson), al mejor Tristán y Sigfrido desde hace décadas, Andreas Schager (tan buen cantante como Wolfgang Windgassen o Siegfried Jerusalem, pero más propiamente dramático o heroico). En cuanto a mezzos y contraltos wagnerianas, ¿las ha habido antes mejores que Hanna Schwarz, Anna Larsson o Ekaterina Gubanova? Y no son los únicos ejemplos…

¿Y los Wotan? Falk Struckmann o Michael Volle no poseen una voz tan extraordinaria como la de George London, pero en los demás aspectos tienen poco que envidiarle. Para Alberich, Telramund o Klingsor, me parece que Günter von Kannen y Johannes-Martin Kränzle son mejores cantantes y no sobreactúan como Gustav Neidlinger; lo mismo diría los Mimes y compañía de los últimos tiempos -Graham Clark, Peter Bronder, Wolfgang Ablinger-Sperrhacke, entre otros- son mucho más equilibrados que sus antecesores -salvo, quizá, Gerhard Stolze- como los bastante insufribles Paul Kuen, Erwin Wohlfahrt y compañía.

Por no hablar de los bajos: en la supuesta “edad de oro del canto wagneriano” había que soportar a Ludwig Weber o a Josef Greindl. Poco después hizo su aparición otro claramente superior, Gottlob Frick, al que siguieron magníficos continuadores como Martti Talvela, Kurt Moll, Matti Salminen, hasta llegar a René Pape.

En otros terrenos: ¿a quién tiene que envidiar hoy la mezzo dramática Anita Rachvelishvili, a qué anteriores cantantes rossinianos Juan Diego Flórez, Javier Camarena o Joyce DiDonato, etc.? No hay más que escuchar antes a los “insignes” Luigi Alva, Nicola Monti o Giulietta Simionato, hoy intragables en Rossini.  

Y en cuanto a sopranos líricas y lírico-ligeras, el plantel actual es soberbio: Lisette Oropesa, Nadine Sierra, Diana Damrau, Olga Peretyatko, Aida Garifullina o Pretty Yende. Menos o nada ligeras: Anna Netrebko, Anja Harteros, Ermonela Jaho, Sonja Yoncheva… No creo que en ningún otro momento haya habido un grupo de sopranos esta calidad. Para terminar, hay que mencionar a Jonas Kaufmann como quizá el único tenor alemán que ha conseguido ser también universalmente respetado en los repertorios francés e italiano.


lunes, 30 de mayo de 2022

Barenboim graba "Tristán e Isolda" por quinta vez

 

Genial desde el primer momento

Conozco a melómanos supuestamente wagnerianos -así se consideran a sí mismos- que no conocen, y hasta se ufanan un poco de ello, ninguno de los Tristanes grabados por Barenboim. Realmente no saben lo que se pierden, y no saben (¿o sí?) haber sido envenenados por revistas como Scherzo y diversos críticos, o estar dominados por prejuicios y manías que les obnubilan la mente. Pues bien, yo estoy convencido de que, aunque solo fuese por sus interpretaciones de esta ópera -la más grande de la historia de la música, según una mayoría de los críticos- Daniel Barenboim estaría entre los directores más extraordinarios de su época.

Ya en la filmación en Bayreuth de 1983 -con la impagable dirección escénica de Jean-Pierre Ponnelle, pura poesía visual, masacrada por DG en un DVD que se ve peor que el VHS y el laser disc en que anteriormente fue editada- se pudo comprobar que Barenboim era un intérprete literalmente genial de esta obra; él mismo confesó que su segunda y tercera grabaciones -para audio (DG) y vídeo (EuroArts, realizada por Ponnelle)- de las 32 Sonatas de Beethoven de 1984-85 se habían visto muy influidas por su inmersión en el inmortal drama musical wagneriano.

Una docena de años después del primer documento audiovisual de Bayreuth volvió a salir de este escenario una nueva producción, firmada ahora por el dramaturgo Heiner Müller -y que se ha convertido en mítica- que seguía a una toma solo de audio para el sello Teldec con la Filarmónica de Berlín y un reparto más que estelar en el que repetían los dos protagonistas; versión antológica que Enrique Pérez Adrián tuvo a bien desacreditar cuanto fue capaz.

La cuarta grabación -con imágenes- de Tristán e Isolda por Barenboim fue realizada en La Scala de Milán el año 2008, a cargo visualmente en esta ocasión del genial y añorado Patrice Chéreau, pero que cuenta con el segundo serio lunar en lo que a los repartos se refiere: si en 1983 era el tosco Kurwenal de Hermann Becht, en Milán fue el Tristán de Ian Storey, buen cantante de timbre nada grato.     

Diez años más tarde, en 2018, fue filmada en la Ópera Estatal de Berlín esta nueva versión del sello BelAir que ahora acaba de aparecer en DVD y Blu-ray. Diré ya que, técnicamente, es deslumbrante, sin duda la mejor hasta la fecha y que además -¡milagro que no se recuerda en los últimos años en una ópera en imágenes!- posee subtítulos en español.

 

¿Su mejor Tristán?

Para mí es globalmente el mejor Tristán de los cinco de Barenboim, con permiso del audio -técnicamente magnífico- de Teldec. Porque Barenboim, que -aparte sus grabaciones- lo ha dirigido mil veces, lejos de caer en la rutina, se ha implicado seguramente más que nunca en esta ocasión, llegando a alcanzar una temperatura emocional casi insoportable. El grado de conocimiento de la partitura hasta sus menores detalles es asombroso. Y diré más: ni siquiera la excepcional orquesta de Bayreuth ni la gloriosa Filarmónica de Berlín están tan fabulosamente bien como la Staatskapelle berlinesa de esta versión. Por si alguien cree que exagero, reproduzco aquí lo escrito por Luis Gago (El País, 13-2-2018) a propósito de estas funciones: “con una respuesta formidable de la Staatskapelle de Berlín, que Barenboim ha convertido, por cantidad y calidad, en la orquesta wagneriana actual por antonomasia: potente, cálida, flexible, dulce, avasalladora, capaz de tejer en todo momento el tapiz sonoro con que desea verse arropado e inspirado cualquier cantante”. “Basta para consagrarlo como uno de los mejores directores wagnerianos de la historia”, afirma a continuación.

 

Un excelente reparto, engrandecido

¿Qué hay del elenco? Andreas Schager es el tenor wagneriano soñado, uno de esos que se dan cada 30 o 40 años: canta muy bien -graduando la dinámica, desplegando un espléndido legato-, posee una materia prima genuina de tenor dramático (no lo eran plenamente, pese a sus grandes méritos, ni René Kollo ni Siegfried Jerusalem) y asombra su resistencia: nada de reservarse para los momentos de clímax o los más lucidos; lo da todo en todo momento, y sin mostrar agotamiento. Sería una pena que, tras su Max de El cazador furtivo o su Parsifal no dejase testimonio grabado de su Sigfrido*.

Anja Kampe, soprano dramática de una pieza, apenas me ha llevado a echar de menos a la inmensa Isolda de Waltraud Meier, pues posee una voz de mayor entidad y ha logrado encarnar al personaje con tal veracidad y riqueza de matices que, seguramente, ha aprendido bastante de ella. Kampe es una gran, muy gran cantante, que domina con enorme seguridad sus excepcionales medios.

Muy bueno el bajo danés Stephen Milling, si bien no llega al grado de matización expresiva de Salminen, o incluso de Pape (quien, curiosamente, no ha llegado a grabar el papel del rey Marke con Barenboim, su director fetiche). Ekaterina Gubanova es una maravillosa Brangäne: más lírica que dramática, canta que da gloria y no ha sido alcanzada por ninguna mezzo que yo recuerde en sus advertencias a los amantes del acto II. El menos relevante del reparto es el barítono Boaz Daniel, Kurwenal competente de sólida voz y no mucho más.

Como en las anteriores grabaciones de este director, los papeles menores están servidos lujosamente: Stephan Rügamer (Melot) y el joven tenor Linard Vrielink, de precioso timbre, como un joven marinero. No puede ser casual que todos y cada uno de los cantantes den tanto de sí -en lo que a las encarnaciones de sus personajes se refiere- de no haber sido por una exhaustiva preparación por parte de la batuta; no todos los grandes directores consiguen tales resultados de sus solistas, por prominentes que sean. Y este trabajo -a menudo pasado por alto- es fundamental en el campo de la ópera.

De la concepción escénica del irregular Dmitri Tcherniakov no puedo decir mucho, entre otras cosas porque disto de ser un experto y porque hay cosas que no he entendido. Pero sí me ha llamado la atención, siguiendo el texto, lo concienzudamente que ha dirigido a los actores, que reaccionan con plena lógica a lo que está ocurriendo o están expresando en cada momento. Algo más que un mero detalle me ha parecido un hallazgo oportuno: cuando, al final del acto I Tristán e Isolda toman el filtro que creen les va a llevar a la muerte, al comprobar que no mueren, sino que algo muy distinto empieza a despertárseles, prorrumpen en un ataque de risa. En esa escena y en el comienzo del acto II el amor les embriaga hasta infantilizarlos.

En resumen: Tristán es para el director Barenboim algo así como las 32 Sonatas de Beethoven para el pianista Barenboim.

 

*para otoño de este año 2022 se anuncia(ba) un Anillo de Barenboim con él. Esperemos que la salud del director se lo permita.

 

 

LOS CINCO REPARTOS

 

Tristan/Isolde/Marke/Brangäne/Kurwenal/Melot/Pastor/Timonel/Joven marinero

(tras las duraciones de los tres actos, se anotan entre paréntesis las del Preludio I)

 

1983        René Kollo/Johanna Meier/Matti Salminen/Hanna Schwarz/Hermann Becht/Robert Schunk/

Helmut Pampuch/Martin Egel

*DG        Daniel Barenboim/Coro & Orquesta del Festival de Bayreuth/*Jean-Pierre Ponnelle

                82’58+82’53+77’37 (11’02) 9/8

 

1995        Siegfried Jerusalem/Waltraud Meier/Matthias Hölle/Uta Priew/Falk Struckmann/Poul Elming/

Peter Maus/Sólyom-Nagy/Elming

*DG        Daniel Barenboim/Coro & Orquesta del Festival de Bayreuth/*Heiner Müller

81’30+75’40+74’47 (10’40) 9,5/9       

               

1995        Siegfried Jerusalem/Waltraud Meier/Matti Salminen/Marjana Lipovsek/Falk Struckmann/

Johan Botha/Peter Maus/Roman Trekel/Uwe Heilmann

Teldec     Daniel Barenboim/Coro de la Ópera Estatal/Orquesta Filarmónica de Berlín    

81’41+77’27+76’18 (10’28) 10/9

 

2008        Ian Storey/Waltraud Meier/Matti Salminen/Michelle DeYoung/Gerd Grochowski/Will Hartmann/

Ryland Davies/Ernesto Panariello/Alfredo Nigro

*Erato     Daniel Barenboim/Coro & Orquesta de La Scala, Milán/*Patrice Chéreau       

81’03+78’38+74’17 (10’23) 9,5/9

 

2022        Andreas Schager/Anja Kampe/Stephen Milling/Ekaterina Gubanova/Boaz Daniel/Stephan Rügamer/

Linard Vrielink/Adam Kutny                                                               

*BelAir   Daniel Barenboim/Coro de la Ópera Estatal & Staatskapelle Berlin/*Dmitri Tcherniakov

84’37+84’28+78,51 (10’25)  10/10

 

viernes, 4 de febrero de 2022

Breves y brevísimas: Weber, Schubert, Mussorgsky, Rimsky, Netopil, Barenboim, Karajan, Böhm

 

Nuevo Der Freischütz en blu-ray

El sello C Major acaba de lanzar al mercado un nuevo Cazador furtivo. Como los que tenía (en imágenes) hasta ahora no me convencían gran cosa, me he animado con este -que, lo diré ya- tampoco me ha gustado mucho, por culpa ante todo de una puesta en escena delirante, injustificada y estrafalaria de Christian Räth (lo siento, estoy cada vez más harto de las creatividades a los que muchos registas sin ideas sensatas se sienten, o se creen, obligados a causa de la estúpida moda que nos invade).

Se trata de una representación de junio del 2018 en la Ópera Estatal de Viena, con los excelentes conjuntos coral y -más aún- orquestal de dicho teatro. La batuta del checo Tomás Netopil (n. 1975) me ha convencido bastante en líneas generales, si bien algún que otro número de este singspiel romántico no me parece muy bien enfocado o resuelto, y ello tras una sobresaliente obertura, la página culminante de la ópera.

El reparto, algo desigual, no es inferior en conjunto a los más logrados entre los existentes hasta la fecha. De entrada, cuenta con los dos protagonistas más destacados de los últimos tiempos. Andreas Schager (reconvertido en Weber -¡qué original!- mediante un maquillador que parece su peor enemigo) presta a Max una voz plenamente dramática -es lo que pide claramente el personaje- que canta con sobresaliente técnica y una entrega plena: magnífico. Y en cuanto a Agathe, diría que la finlandesa Camilla Nylund, que no es ya muy joven (n. 1968), no ha hecho sin embargo más que mejorar hasta ahora: la voz, ancha y soberbiamente bien proyectada, es una hermosura, siendo admirables su legato y su seguridad y belleza al apianar. El resto del elenco no alcanza este nivel: regular, ay, el Caspar de un más bien tosco y poco ágil Alan Held; bien el Eremita de Albert Dohmen -ahora un bajo pleno- y la Ännchen de la ligera (con visos de lírica) Daniela Fally, y correctos Clemens Unterreiner (Kuno), Adrian Eröd (Ottokar) y Kilian (Gabriel Bermúdez). Seguimos sin un gran Cazador furtivo en imágenes. Y olvídense de subtítulos en castellano. 

 

Una noche (de San Juan) en el Monte Pelado: ¿Mussorgsky o Rimsky-Korsakov?

Cada vez que oigo esta obra en su versión original de Mussorgsky (en realidad sus versiones originales, porque hay varias y ni siquiera muy parecidas entre sí) llego a la conclusión de que me gusta más la revisión a fondo de la misma que realizó Rimsky-Korsakov: es la suya la admirable organización de un interesante material frente a un considerable caos.   

 

El Concierto de Año Nuevo de 2022: escucharlo sin verlo

Alguien ha enviado por correo al buzón de mi casa un sobre, sin remite, con el doble CD de este concierto (¡gracias a quien corresponda!), que ya había pedido yo en blu-ray, soporte éste que me ha llegado solo unos días más tarde. Antes de visionarlo he tenido, pues, la oportunidad de escucharlo sin verlo. Con un sonido por cierto magnífico, me ha quedado meridianamente claro que quienes han hablado de la apatía, aburrimiento, etc., de Barenboim están absolutamente equivocados: no hay ni rastro de eso, ni de rutina (aunque fuera rutina de altura); solo un director excepcional en la cúspide de su arte puede dirigir así. Queda en evidencia la mala baba de quien hizo esas afirmaciones, llegando (Justo Romero, que no es un ignorante) a afirmar que “no había dirigido Barenboim”.

Y una vez visto y escuchado el blu-ray -con una calidad de imagen y sonido rigurosamente sensacionales- lo he disfrutado mucho más que en directo, sabiendo ya que el director se hallaba muy dolido de su espalda. 

 

“Schubert es un milagro” (Sir Neville Cardus)

Creo que esta frase lapidaria define quizá mejor que ninguna otra que yo haya leído lo que es Franz Schubert.

 

Karajan y Karl Böhm

Un tal “R.” me envía este comentario:

“Hace tiempo leí, creo que fue en Scherzo y que lo escribía Enrique Pérez Adrián, que Karajan era el genio y que Böhm era el artesano. ¿Qué opina usted de esto?, me gustaría saberlo. Muchas gracias”. Creo que merece rebatirlo aquí. Yo también leí en su día con asombro esa afirmación, aunque no recuerdo dónde, ni quién la escribió.  

Sin necesidad de redactar un tratado, hagamos la siguiente prueba comparando el acierto global de uno y otro en varios de los compositores que constituyeron la base de su repertorio: en Mozart Böhm es superior, y lo mismo en Beethoven, en Schubert y en Brahms. En Wagner, en Bruckner y en Richard Strauss ambos quedarían en tablas. A favor de Karajan, sin embargo, su más amplio repertorio, por ejemplo Verdi y Puccini. Sin olvidar que Böhm sí abordó las óperas de Alban Berg.