lunes, 24 de octubre de 2011

Impresionante reparto de “La dama de picas” en el Liceu, dirigida por Boder y Deflo

El DVD y Blu-Ray que recientemente ha publicado el sello Opus Arte ofrece la que es, en mi opinión, la versión más recomendable de La dama de picas de Tchaikovsky, gracias sobre todo a un elenco absolutamente excepcional, a una buena dirección musical de Michael Boder y a una irreprochable escena tradicional de Gilbert Deflo. La perfección de la imagen (y, en medida algo menor, del sonido) en el Blu-Ray son también superiores a los de cualquier otra versión con imágenes.

Fue filmada el 30 de junio y el 1 de julio de 2010, y la realización de Piero d’Agostino es también espléndida. Se trata de una producción al pie de la letra, de esas que muchos añoran. Yo, en esta ocasión, la verdad, también he pensado viéndola que prefiero mil veces esta poco imaginativa puesta en escena antes que los experimentos absurdos del estilo de la hace poco comentada por mí de Lev Dodin (con Rozhdestvensky) en la Ópera de París. Por lo menos todo está en su sitio, la escenografía y el vestuario son preciosos (¡hasta la coreografía es aceptable!), espléndida la iluminación... Mejorable, sin embargo, la dirección de actores y el movimiento del coro, aunque no acusa fallos ostensibles. La solvencia y la belleza de la escena no me sorprenden, pues Deflo es el responsable de la maravillosa producción del Orfeo de Monteverdi del Liceu y el Real con Jordi Savall (en DVD de Opus Arte igualmente).

La dirección musical de Michael Boder no tiene nada de particular, quizá más fatalista que exaltada, pero es sensata y eficaz, obteniendo en general buena respuesta tanto de la orquesta (que no puede esconder ciertas debilidades aquí y allá, como conjunto y en algunos de sus solistas) como del coro.

Pero lo más logrado de la versión es, sin duda, el impresionante y adecuadísimo reparto vocal reunido para la ocasión. Cuando comentaba la referida versión de Rozhdestvensky lamentaba que Plácido no hubiese grabado el papel de Herman. Sigo lamentándolo, pero debo matizar lo que decía de que era “el único grandísimo Herman que he escuchado”: sí, tal vez sigue siendo el único grandísimo, pero el de la presente versión, Misha Didyk es francamente satisfactorio (lo que no podía decirse ni de Gugalov, ni de Atlantov, ni de Grigorian, Ochman, Marusin, Galuzin, ni de algún otro que haya grabado La dama de picas). ¡Es una suerte, al menos hay un Herman bueno hoy! Canta bien, interpreta más que bien y tiene una voz bastante agradable, esplendorosa en el agudo. No me acordaba de su nombre, pero me he dado cuenta de que es el que hace de Aleksey en El jugador de Prokofiev de Barenboim y Tcherniakov (DVD y Blu-Ray C Major), del que hace como un año escribí para Ritmo: “Misha Didyk ha sido una buena sorpresa; creo que, si no se frustra, seguiremos oyendo hablar de él (lo que no es poco decir, sobre todo tratándose de tenores), pues posee una voz de tenor lírico ancho –ideal para varios papeles rusos– que maneja con destreza, además de perfilar con gran penetración el interesantísimo personaje de Aleksey”. Absolutamente soberbia, en todos los aspectos, Emily Magee como Lisa. Muy bien los dos barítonos: Ludovic Tézier como Yeletsky y Lado Ataneli como Tomsky. Impresionante Ewa Podlés como la vieja Condesa (perfecta de voz, no como otras viejas glorias, carismáticas pero con la voz hecha más o menos unos zorros): francamente, nunca me había convencido tanto otra cantante en este personaje. Y, por si fuera poco, para los breves papeles de Polina y Milovzor se ha contado con el lujo vocal de la mezzo Elena Zaremba (quien, por cierto, podría haber dicho con un poco más de emoción el aria de aquélla), o de Stefania Toczyska, todavía en buena forma a sus 67 años, como la Institutriz.

viernes, 21 de octubre de 2011

Welser-Möst: Mendelssohn gris, Stravinsky exacto, Ravel hortera

El 20 de octubre dirigía en el Auditorio Nacional Franz Welser-Möst el primero de sus dos conciertos para esta temporada de Ibermúsica, ambos al frente de la Orquesta de Cleveland. Tras escuchar ayer a este director, austríaco (Linz, 1960), no puedo evitar pensar que, en el actual panorama de carencia tremenda de directores alemanes y austríacos (al contrario de lo que ocurría hasta no hace tanto), los nombres más destacados en Alemania y Austria –Christian Thielemann y Welser-Möst– están muy sobrevalorados (más el segundo que el primero, en todo caso): valoración que parte, indudablemente, de sus respectivos países, tan influyentes en el panorama musical y que cuentan con orquestas tan formidables. Welser es director titular de la Orquesta de Cleveland y musical de la Ópera Estatal de Viena. ¡Ahí es nada! Para mí resulta sencillamente inexplicable. El responsable del más flojo de los Conciertos de Año Nuevo en Viena del que tengo memoria (el de este año, 2011) es un director competente, solvente, claro está, pero gris y nada interesante como intérprete (realmente, casi no hay intérprete propiamente dicho). Y no hablo sólo de lo que le escuché ayer, sino de las 30 o 40 obras importantes, óperas incluidas, que le he escuchado en CD o en DVD.

Veamos: la Sinfonía “Escocesa” de Mendelssohn comprendo que es una obra a la que es muy difícil hacer justicia, por su belleza extraordinaria y su poesía, que a tantos directores importantes se les escapa. Pero esto no le exime de culpa: podía no haberla programado (por cierto ¡vaya dos programas tan incongruentes, no sólo el de ayer, sino también el que dirigirá hoy: Obertura Euryanthe de Weber, Doctor Atomic de Adams y Cuarta de Tchaikovsky!). Bueno, la “Escocesa” fue insulsa, sin altura poética en un solo momento, apresurada, ruidosa y vacía, de fraseo poco natural –forzado aquí y allá, ya en la introducción– y, para colmo, con un final (el Allegro maestoso assai) rimbombante, lo que le da la puntilla a esta auténtica joya sinfónica.

Agon de Stravinsky, un ballet de última época (1957) de casi 25 minutos, lo hizo estupendamente, con el concurso inestimable, claro, de una orquesta soberbia. Pero... me parece que hacer bien, al frente de semejante centuria, una obra tan sosa e insustancial no es gran mérito artístico. Aunque algunos se rasguen las vestiduras, no me callaré que Agon es, para mí, un ejercicio de composición en el que, quien tan magistralmente sabía autopromocionarse, muestra su habilidad (también como orquestador) y su ingenio juguetón, pero su ironía resulta tontorrona, totalmente inofensiva y descomprometida. Puede que bailada con la coreografía de Balanchine quede muy bien, pero sólo escuchándola cansa antes de llegar a los diez minutos. Pocas veces he oído aplaudir tan poco y con tanta desgana una obra en Ibermúsica.

El Bolero de Ravel fue uno de los peores que recuerdo (y no son pocos los malos o malísimos que he oído, lo aseguro): rápido, carente por completo de tensión, ajeno a toda sensualidad o gracia; el final fue chillón, vulgar, ramplón, hortera. Para colmo, los solistas del viento (que tan bien habían estado antes, sobre todo oboe, clarinete y fagot), salieron del paso con más grisura que gloria, hasta con más de un apuro (¡qué difícil es, lo admito!), y al pobre joven de la caja casi no se le oyó (a pesar de situarlo delante de las maderas), salvo en la última cuarta parte de la pieza: ¡vaya descubrimiento el de Welser: un Bolero casi sin caja! No supo graduar la intensidad y, como iba bajo, a los doce minutos o así, subió de golpe un fuerte escalón. ¡Fatal, herr Welser-Möst! No se merece usted esa orquesta, ni mucho menos. Que, como digo, estuvo soberbia en los dos primeros autores, pero muchísimo menos en Ravel.