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viernes, 7 de noviembre de 2025

Algunas opiniones de las que en mis comienzos tuve que desconfiar

 

No todos los que me enseñaban me parecía que tuviesen razón 

En el ámbito de mi afición a la música, he tenido que lidiar con opiniones que me llegaban desde diversos libros y personas mucho más conocedoras que yo, pero que a menudo me resistía a aceptar.

Mis primeras escuchas fueron en Radio Jaén, que, cuando yo era un adolescente, tenía un programa semanal de música clásica (¡!) gracias al cual conocí mucho repertorio. Quien presentaba ese programa citaba los títulos de las obras que íbamos a escuchar y sus intérpretes, sin más comentarios. Pero había una llamativa excepción: cuando dirigía Toscanini, añadía una coletilla: “dirigido por el gran Arturo Toscanini”, o “el insigne maestro Toscanini”, y otras de esa índole. Pero hete aquí que yo, que ya había oído hablar maravillas de Furtwängler y tenía algunos LPs suyos, empecé a indignarme con lo del gran y el insigne director italiano. “¡Pero si esta Sinfonía “Heroica” o esta Sinfonía “Pastoral” me gustan mucho menos que las de Furtwängler!”, me decía a mí mismo. O sea, que muy pronto empecé a desconfiar.

Recuerdo también que me presentaron por entonces a un pariente lejano del que había oído decir que “sabía mucho de música clásica”. Pero hete aquí que en el encuentro con él trató de convencerme de que, mientras más grande fuera la orquesta para la que componían, eran músicos mucho mejores. Así que me espetó que Ravel era superior a Beethoven, que Mahler era mejor que Bach, etc. Aquello me pareció tan burdo que me alejé de esa persona, no sin antes decirle indignado que “entonces, cualquier Cuarteto de Mozart o de Beethoven (ya conocía algunos) valían menos que Los planetas de Gustav Holst”. ¡Lo siento, no me colaba!

Pocos años después, ya en Madrid, me encontré con algunas personas de las que aprendí mucho. Pero de las que no acepté todo. Así, una en particular afirmaba que Bach era enormemente superior a Haendel, que Mozart era infinitamente más importante que Haydn, que Schumann superaba con mucho a Schubert, que Chopin no era nada del otro jueves, que Brahms le daba sopas con honda a Bruckner y a Wagner, etc. Por lo (generalmente no mucho) que conocía de todos esos compositores, esas ideas no cuadraban con mis impresiones. Sí, me volví -por suerte- un escéptico. No me podía fiar de quienes sabían más que yo por el mero hecho de ello.

Otra persona que también era un erudito musical trató de convencerme de que Vladimir Horowitz era el más grande pianista del que existían grabaciones. Y no, no coló. Otro veneraba a Jascha Heifetz, del que yo tenía un par de discos que no me gustaban un pelo. Otro más afirmaba que el mayor intérprete de Bach al piano era Glenn Gould. Tampoco podía darle la razón, pues ya había descubierto a Rosalyn Tureck.

Es cierto que quizá me fiaba de mis gustos personales más de lo debido, pero al menos esta actitud algo soberbia permitió que me forjase unos gustos personales, en música y en interpretación musical.

También leí que el gran intérprete al piano de Beethoven era Wilhelm Backhaus, pero yo compré un disco suyo que me gustó poco, y mucho, en cambio, Claudio Arrau. Otro crítico al que conocí detestaba a Richard Strauss, cuyos Don Juan, Till y Zaratustra a mí me entusiasmaban… Otra persona más trataba de convencerme de que Stravinsky era tan grande como el que más de los grandes maestros; pero a mí me decía, me transmitía mucho más Béla Bartók (su Música para cuerda, percusión y celesta por Van Beinum fue para mí una tremenda revelación). Esa persona también desdeñaba a Tchaikovsky y a Dvorák, a Grieg (autor de un “cursilón” y “empalagoso” Concierto para piano, afirmaba, pero su grabación por Arrau y Dohnányi me fascinó desde el primer momento), a Sibelius (muy sobrevalorado, decía, aunque no tanto como Rachmaninov), a Albéniz, Granados y Falla… en fin, que comprendí con claridad que no podía fiarme de todo lo que leía u oía, por muy notables que fueran quienes expresaban esas opiniones.

Y aquí estoy, con gustos que a menudo no cuadran con los más extendidos. Por suerte, algunos de esos tópicos, abundantes hace unas décadas, han sido desterrados. 


viernes, 23 de octubre de 2020

Nuevo disco de Midori y algunas anécdotas

 Beethoven tímido y pequeñito de Midori

El sello Warner acaba de publicar un disco con el Concierto y las dos Romanzas para violín y orquesta de Beethoven, por Midori con el Festival Strings de Lucerna y su director artístico, Daniel Dodds. De entrada: no sabía que ese grupo orquestal siguiera existiendo, pues las grabaciones suyas que recuerdo se remontan a décadas atrás. En este disco, como me temía, es demasiado pequeño. Por cierto, estas obras requieren más instrumentos que las cuerdas (¿habrán pedido refuerzos?). La dirección de Dodds es casi correcta, pero tímida e insípida. No deja de tener gracia: tras escuchar el disco, he ido a Wikipedia y allí su biografía oficial  empieza diciendo: “Daniel Dodds es una fuerza musical inspiradora. Su entusiasmo y su irresistible energía en el escenario transmiten joie de vivre a sus compañeros músicos y a los públicos”. Pues bien: a mí me parecido justo lo contrario (¿dime de lo que presumes…?). Pero lo que me ha resultado un jarro de agua fría ha sido mi antes admiradísima Midori. Tras una larga etapa en la que casi no se conocía de su actividad le he escuchado hace pocos años unas Sonatas y Partitas para violín solo de Bach (Onyx 2015) que no me han gustado. No diría tanto de este Beethoven, porque es musical y sensato, pero todo es retraído, pequeñito (también el sonido), hiperintimista y sí, en consonancia con la batuta, tímido. Y las Romanzas, algo frívolas y casi banales, me han gustado aún menos. Lástima. 

 

Cosas de Vladimir Horowitz

El famosísimo pianista Horowitz -en mi opinión mucho más virtuoso que artista- era conocido, entre otras cosas, por su avaricia y tacañería. El aún joven pero ya conocido Byron Janis le pidió que le diese lecciones, y Horowitz aceptó, pero solo si se las pagaba a razón de 100 dólares la hora (¡100 dólares de los años 50!). Janis aceptó, y las estuvo recibiendo intermitentemente a lo largo de tres años. Quizá en venganza por esos abusivos honorarios, Janis se ligó a su mujer, Wanda Toscanini. En 1978, el presidente Jimmy Carter invitó a Horowitz a tocar en la Casa Blanca. Cuando Carter se enteró de que Horowitz había exigido, y cobrado, a sus espaldas, 193.000 dólares por los derechos de retransmisión radiofónica de esa actuación, montó en cólera hasta el punto de declararlo persona non grata

 

Gershwin sobre Schubert

Poco antes de su muerte, en 1937, George Gershwin recibió de un amigo suyo las partituras de unos cuantos lieder de Franz Schubert. Tras examinarlos, Gershwin exclamó, consternado: “¡Daría todo lo que poseo por ser capaz de haber compuesto una sola de estas canciones!”

 

Celibidache en pleno campo

Una vez, hace mucho tiempo, en que el genial Sergiu Celibidache dirigió en un país del este de Europa, se le ocurrió pedir a las autoridades que montasen una plataforma para la orquesta, pues quería hacer música en el campo para que los aldeanos, que nunca habrían escuchado música clásica en directo, pudieran hacerlo libremente y gratis. Durante la actuación se fue acercando gente para asistir a tan sorprendente e inesperado espectáculo. Uno de los campesinos que se aproximó, tras escuchar un rato, dijo en voz alta: “¡Qué desperdicio! ¡Tantos músicos tocando para que baile solo ese hombre!”