Ian Bostridge: admito que este tenor inglés canta muy bien, con una técnica depurada, y que es capaz a menudo de interpretar con notable penetración. Pero me resulta, casi siempre, redicho, relamido, incluso cursilón. Tampoco me gusta su voz, muy blanca. Pero esto quiere decir poco: hay grandísimos cantantes cuyo timbre apenas me seduce; es el caso de su compatriota Peter Pears, al que considero un artista verdaderamente grande.
Arvo Pärt:
en Radio Clásica -y me temo que no solo ahí- programan cada vez con más
frecuencia a este compositor (Estonia, 1935). Sin embargo, les va a costar dios
y ayuda convencerme de que es uno de los más importantes de su tiempo. Al igual
que el londinense John Tavener (1944), ambos son o han sido compositores
minimalistas o repetitivos, ninguno de los cuales (que yo conozca) me parecen
grandes creadores. Y ambos tienen un tufillo misticoide que encuentro facilón y
falso. Son tramposos y a su manera, efectistas, y por lo que estoy viendo
gustan a quienes no entienden y dan la espalda a músicos como Ligeti,
Lutoslawski o Boulez.
La “alegre” Sinfonía “del Nuevo Mundo”
En el programa de Radio Clásica “Música a la carta”
hay últimamente una especie de sección en la que se pide a los oyentes que
propongan para su emisión músicas alegres, en vista de -o para contrarrestar-
lo sombrío del panorama actual internacional. Hace unos días un (una, creo)
oyente propuso el cuarto movimiento de la última Sinfonía de Dvorák.
¡Curiosa elección! ¿Están seguros quien hizo la petición y quien dirige el
programa de que es una música alegre*? Por cierto, hubo un error y se emitió el
segundo movimiento, y Amaya Prieto pidió perdón: “otro día emitiremos el
movimiento final” [que es el alegre, se entiende]…
*Hay
algunas grabaciones en las que podría serlo, aunque no está muy claro. Sí está
bien claro que NO es alegre en interpretaciones magistrales como las de
Fricsay, Klemperer, Böhm, Celibidache o la muy reciente de Lahav Shani en
Digital Concert Hall.